sábado, 3 de mayo de 2025

CÓNCLAVE


Como católico bautizado, profeso mi fe en la Iglesia, que es apostólica. Asimismo, creo que quienes elegirán al próximo Papa son hombres de fe, buenos, con buenas intenciones. Cada uno tiene su historia; son hijos de una familia y de un pueblo, han tenido logros y fracasos, gozos y decepciones, cruces y resurrecciones. Sólo Dios conoce sus caminos. En sus historias también han estado presentes pecados, errores y fracasos, sin duda. Poseen personalidades particulares, con sus propios sentimientos y afectos y modos peculiares de relacionarse con los demás. Los caracterizan sus necesidades, actitudes y valores, sus expectativas y sueños, como a todo ser humano.

En un momento dado de sus vidas, sintieron la llamada amorosa de Jesucristo y optaron por un camino vocacional que los llevó al sacerdocio y, más tarde, al episcopado. Son hombres de Iglesia que, con toda seguridad, la aman y desean su bien por encima de todo. De hecho, cada uno de ellos ha sido hombre de Iglesia durante la mayor parte de su vida, sirviéndola de todo corazón, lo mejor que ha podido. Además, son todos personas de brillante inteligencia y están muy bien preparados.

Ahora forman parte de una familia de hermanos llamados por Dios, a través del Santo Padre, a prestar un servicio profundamente eclesial, quizá uno de los más eclesiales que un cristiano pueda ofrecer. Sólo Dios sabe cómo se sienten interiormente en estos momentos, en que están a punto de iniciar el Cónclave.

No creo, como a veces lo presentan las películas o los medios de comunicación, que el Cónclave sea un thriller, marcado por una despiadada lucha de poder entre seres ambiciosos e inhumanos. Por supuesto que las diferencias existen y que esas diferencias pueden generar tensiones, pero no creo que sean causa de guerras internas, conspiraciones o conjuras. El Cónclave no es “grilla vaticana”, como frecuentemente se oye decir, sino una reunión de fe en la que el Espíritu Santo es protagonista. Creo que, en ocasiones, lo que nuestra imaginación nos presenta, y que discutimos interminablemente, se parece más a una ficción que a la realidad.

Si la realidad fuera tan fatal como a veces se pinta, los cardenales nunca lograrían ponerse de acuerdo y caerían en votaciones interminables. Si así fuera, los Papas electos no habrían sido los grandes hombres, santos, que ha tenido nuestra generación. Cada uno con seguidores y detractores, pero todos han sido enormes seres humanos que, siguiendo la orientación de sus vidas, e imprimiendo su original impronta, no han querido otra cosa sino el bien de la Iglesia por amor a Jesucristo.

Por mi parte, quiero atender la petición que los cardenales nos han hecho: oremos por ellos. No tienen una tarea fácil. Pero que nuestra oración sea confiada, serena, iluminada por la esperanza, no basada en la calamidad o el fatalismo. Los cardenales harán bien su trabajo. Amemos ya al nuevo Papa que nuestros hermanos cardenales, movidos por el Espíritu Santo, elegirán para nosotros en los próximos días. Será el que Dios quiere.