En un momento dado de sus vidas, sintieron la llamada
amorosa de Jesucristo y optaron por un camino vocacional que los llevó al
sacerdocio y, más tarde, al episcopado. Son hombres de Iglesia que, con toda
seguridad, la aman y desean su bien por encima de todo. De hecho, cada uno de
ellos ha sido hombre de Iglesia durante la mayor parte de su vida, sirviéndola
de todo corazón, lo mejor que ha podido. Además, son todos personas de
brillante inteligencia y están muy bien preparados.
Ahora forman parte de una familia de hermanos llamados por
Dios, a través del Santo Padre, a prestar un servicio profundamente eclesial,
quizá uno de los más eclesiales que un cristiano pueda ofrecer. Sólo Dios sabe
cómo se sienten interiormente en estos momentos, en que están a punto de
iniciar el Cónclave.
No creo, como a veces lo presentan las películas o los
medios de comunicación, que el Cónclave sea un thriller, marcado por una
despiadada lucha de poder entre seres ambiciosos e inhumanos. Por supuesto que
las diferencias existen y que esas diferencias pueden generar tensiones, pero
no creo que sean causa de guerras internas, conspiraciones o conjuras. El Cónclave
no es “grilla vaticana”, como frecuentemente se oye decir, sino una reunión de
fe en la que el Espíritu Santo es protagonista. Creo que, en ocasiones, lo
que nuestra imaginación nos presenta, y que discutimos interminablemente, se
parece más a una ficción que a la realidad.
Si la realidad fuera tan fatal como a veces se pinta, los
cardenales nunca lograrían ponerse de acuerdo y caerían en votaciones
interminables. Si así fuera, los Papas electos no habrían sido los grandes
hombres, santos, que ha tenido nuestra generación. Cada uno con seguidores y detractores, pero todos han sido enormes seres humanos que,
siguiendo la orientación de sus vidas, e imprimiendo su original impronta, no
han querido otra cosa sino el bien de la Iglesia por amor a Jesucristo.
Por mi parte, quiero atender la petición que los cardenales
nos han hecho: oremos por ellos. No tienen una tarea fácil. Pero que nuestra
oración sea confiada, serena, iluminada por la esperanza, no basada en la
calamidad o el fatalismo. Los cardenales harán bien su trabajo. Amemos ya al
nuevo Papa que nuestros hermanos cardenales, movidos por el Espíritu Santo,
elegirán para nosotros en los próximos días. Será el que Dios quiere.
