Rafael Cardenal Merry de Val (1865 - 1930), Secretario de Estado de San Pío X
Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo.
Del deseo de salirme siempre con la mía, líbrame, Señor.
Del deseo de ser estimado, líbrame, Señor.
Del deseo de ser amado, líbrame, Señor.
Del deseo de ser ensalzado, líbrame, Señor.
Del deseo de ser honrado, líbrame, Señor.
Del deseo de ser alabado, líbrame, Señor.
Del deseo de ser preferido a los demás, líbrame, Señor.
Del deseo de ser consultado, líbrame, Señor.
Del deseo de ser aprobado, líbrame, Señor.
Del deseo de ser entendido, líbrame, Señor.
Del deseo de ser visitado, líbrame, Señor.
Del miedo a ser humillado, líbrame, Señor.
Del miedo a ser despreciado, líbrame, Señor.
Del miedo a ser rechazado, líbrame, Señor.
Del miedo a ser calumniado, líbrame, Señor.
Del miedo a ser olvidado, líbrame, Señor.
Del miedo a ser ridiculizado, líbrame, Señor.
Del miedo a caer en sospechas, líbrame, Señor.
Del miedo a ser corregido, líbrame, Señor.
Del miedo a ser abandonado, líbrame, Señor.
Dame, Señor, la gracia de desear que otros sean más amados que yo.
Dame, Señor, la gracia de desear que otros puedan crecer y yo disminuir.
Dame, Señor, la gracia de desear que otros puedan ser escogido y yo rechazado.
Dame, Señor, la gracia de desear que otros puedan ser alabados y yo ignorado.
Dame, Señor, la gracia de desear que otros puedan ser preferidos a mí en todo.
Dame, Señor, la gracia de desear que otros alcancen la santidad más que yo, y de que yo puede ser tan santo como debo serlo.
De ser desconocido y pobre, quiero alegrarme, Señor.
De ser privado de naturales perfecciones de cuerpo y mente, quiero alegrarme, Señor.
De que la gente no piense en mí, quiero alegrarme, Señor.
De que se me asignen a tareas humildes, quiero alegrarme, Señor.
De que ni siquiera me tomen en cuenta, quiero alegrarme, Señor.
De que nadie pregunte mi opinión, quiero alegrarme, Señor.
De que se me deje en los últimos lugares, quiero alegrarme, Señor.
De que nunca me feliciten, quiero alegrarme, Señor.
De que me echen la culpa a tiempo y destiempo, quiero alegrarme, Señor.
Bienaventurados los que sufren persecución a causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos
jueves, 25 de mayo de 2017
jueves, 4 de mayo de 2017
A UN PEREGRINO
La señora Rosario Núñez, vecina de Carrión de los Condes y autora de este poema, me lo recitó de memoria en la Iglesia de Nuestra Señora del Camino, cuando precisamente hacía el Camino de Santiago en 2011 y me detuve en la Iglesia para esperar la Misa. Me causó gran emoción y quiero compartirlo con todos ustedes.
Vean este video, si gustan, de mi primer Camino, en 2008: https://youtu.be/cfeNFQSgHXc
Peregrino y caminante,
que a Santaigo vas contento,
sin asustarte la lluvia
ni frío, calor o cierzo,
quisiera yo preguntarte
qué dicen tus pensamientos.
Seguro que al cielo miras
y pides frescura al viento
y cuando llueve, quizás
piensas que dentro, más dentro,
el agua que dan las nubes
a tu alma da refresco.
¿Qué buscas en el camino
o qué llevas ofreciendo?
Puede ser que ofrezcas gozos,
puede ser que ofrezcas duelos,
puede ser que profundices
en tantos, tantos misterios
que la vida nos esconde
y saberlos más queremos.
¡Tantas cosas pueden ser
tantas, seguro, irán siendo!
Te dirán mucho los campos,
te dirán mucho los sueños
y también quizás
las estrellas del Sendero,
porque ellas antes que tú
a Santiago ya le vieron.
¡Y cántas veces, seguro,
hablando con el Maestro!
Nuestra Virgen del Camino
contigo irá por supuesto,
para dar fuerza a tu fe,
para siempre darte aliento.
Lo que buscas no lo sé,
lo que encuentras casi cierto.
Encontrarás mucha paz,
te llenarás de contento
y el Señor sabrá premiar
tus sudores y tu esfuerzo.
Y al abrazar al Apóstol
seguro que sonriendo,
le contarás del Camino
y él te contará del cielo.
Y si pones atención
y si tú escuchas presto
te enseñará lo mejor,
te enseñará lo perfecto.
Te tomará de su mano,
para llevarte al Maestro.
Rosario Núñez
Carrión de los Condes, 1992
Vean este video, si gustan, de mi primer Camino, en 2008: https://youtu.be/cfeNFQSgHXc
Peregrino y caminante,
que a Santaigo vas contento,
sin asustarte la lluvia
ni frío, calor o cierzo,
quisiera yo preguntarte
qué dicen tus pensamientos.
Seguro que al cielo miras
y pides frescura al viento
y cuando llueve, quizás
piensas que dentro, más dentro,
el agua que dan las nubes
a tu alma da refresco.
¿Qué buscas en el camino
o qué llevas ofreciendo?
Puede ser que ofrezcas gozos,
puede ser que ofrezcas duelos,
puede ser que profundices
en tantos, tantos misterios
que la vida nos esconde
y saberlos más queremos.
¡Tantas cosas pueden ser
tantas, seguro, irán siendo!
Te dirán mucho los campos,
te dirán mucho los sueños
y también quizás
las estrellas del Sendero,
porque ellas antes que tú
a Santiago ya le vieron.
¡Y cántas veces, seguro,
hablando con el Maestro!
Nuestra Virgen del Camino
contigo irá por supuesto,
para dar fuerza a tu fe,
para siempre darte aliento.
Lo que buscas no lo sé,
lo que encuentras casi cierto.
Encontrarás mucha paz,
te llenarás de contento
y el Señor sabrá premiar
tus sudores y tu esfuerzo.
Y al abrazar al Apóstol
seguro que sonriendo,
le contarás del Camino
y él te contará del cielo.
Y si pones atención
y si tú escuchas presto
te enseñará lo mejor,
te enseñará lo perfecto.
Te tomará de su mano,
para llevarte al Maestro.
Rosario Núñez
Carrión de los Condes, 1992
domingo, 9 de abril de 2017
DOMINGO DE RAMOS 2017
Ellos, como nosotros, celebraban el Domingo de Ramos; como nosotros, escuchaban el relato de la Pasión, cuando inesperadamente en sus Iglesias, que eran como la nuestra, estallaron sendas bombas. La pasión de Jesús se hizo entonces la pasión de los fieles de las Iglesias Coptas de San Jorge y San Marcos en Egipto. El mismo odio sinsentido del que fue víctima Jesús, se trasformó en irracional odio terrorista que atentó contra inocentes. La sangre de Jesús se ha mezclado con la sangre de nuestros hermanos coptos, haciendo desgarradoramente actual tanto el Evangelio como la fiesta de hoy. ¡Hosanna al Hijo de David!
sábado, 7 de enero de 2017
TIERRA SANTA Y ROMA 2017
Vamos a la casa del Señor.
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales Jerusalén!”
(Salmo 122)
Cuántas veces hemos cantado en nuestras celebraciones litúrgicas este Salmo, sin duda nuestro canto de entrada más popular. El Pueblo de Dios lo cantó todas las veces que en caravana llegaba a la Ciudad Santa, a la Ciudad de Paz. Cada vez que llegaban a sus “umbrales”, el corazón de las tribus de Israel latía de emoción y las lágrimas llenaban sus ojos. No sólo el pueblo de Israel, también musulmanes y por supuesto nosotros los cristianos reconocemos la ciudad de Jerusalén como Ciudad Santa y a ella peregrinamos. Antiguo y Nuevo Testamento dan testimonio que dentro y fuera de sus muros la presencia de Dios es presencia de Salvación.
También llamamos “Santa” a toda la tierra que Jesús pisó y en la que desarrolló su ministerio, en la que llamó a sus discípulos, proclamó su mensaje, realizó sus milagros, se acercó a los pobres y enfermos. Con mayor razón llamamos “Santa” a la tierra en que Jesús entregó su vida por nosotros en la cruz, resucitó y ascendió a su Padre, por nuestra salvación.
Peregrinar a Tierra Santa representa para nosotros una valiosa oportunidad de recorrer con nuestros pies los lugares ligados con nuestra salvación, de orar en los sitios en los que Jesús mostró su amor y misericordia por nosotros, de tener una experiencia de fe compartida en comunidad en una Tierra que no deja de ser símbolo de la paz y la justicia a las que espiramos y queremos construir
Dios quiera que nos animemos a peregrinar juntos a Tierra Santa y a Roma en octubre de 2017 y que juntos podamos cantar entrando a Jerusalén “Qué alegría cuando me dijeron…”, seguramente nuestro corazón latirá fuerte y nuestros ojos se llenarán de lágrimas.
viernes, 11 de noviembre de 2016
EL CHINO Y YO
Parafraseando a Serrat, mi santa madre diría: "cuídate mucho, Pepito, de las malas compañías". Madre, de ésas no he tenido. No las conozco. En el Camino me han alcanzado y he emparejado sólo a buenos peregrinos, ninguno patológico. Todos, todos, han dejado joyas preciosas en mi alma; me constituyen al noventa por ciento. Los enriquezco y me enriquecen. ¡Ay del solo! ¡Pobre del solo! ¡Compadezco de corazón al solo! Mis amigos son luces y colores. Hay claveles y toros, delicadas telas de encaje y montañas robustas, figuras manieristas de Lladró y mares indomables.
El Chino y yo somos dos hombres que han vivido juntos por tres años, con evidentes diferencias: de edad, de ámbitos de responsabilidad, de personalidad y de costumbres; de horarios, de gustos, de alimentación, de sentido del pudor y del humor; de espiritualidad, de manías y de obsesiones, de modas al vestir y de decibeles al reír; distintas velocidades, distintas visiones, distintas perspectivas y distintos puntos de vista, también pastorales; de la cantidad de cabellera, ni hablar.
Pero somos también idénticos. Compartimos en igual grado el mismo sacramento que nos hace hermanos. Amamos por sobre todas las cosas al mismo Padre, manifestado en Jesucristo, al que los dos seguimos alegres como discípulos y como hermanos. Con Jesucristo, el Chino y yo somos cabeza y pastor en la Iglesia. Ambos nos sentimos igualmente herederos de un bellísimo Pueblo Santo, a quien amamos de modo idéntico y a quien servimos con indescriptible gozo. Y, miren, a decir verdad, estamos igual de locos.
Ahora el Chino se va de la Parroquia y de la casa parroquial, ¡me da tanto gusto!, no porque se vaya, claro, sino porque está viendo cristalizado el sueño de todo muchacho que entra al Seminario y de todo sacerdote desde el día de su ordenación: ser pastor de su propia comunidad. Adivino su alegría, pero también sus dudas y sus incertidumbres; ser por primera vez párroco es atractivo, pero no fácil, ha acariciado este sueño por mucho tiempo y, cuando por fin se va a realizar, sobreviene una especie de parálisis, de shock, de pavor. Cuánto cuesta dejar a las personas a las que se ama y por las que se ha entregado el sacerdote por un tiempo, se le parte a uno el corazón.
Estoy seguro que el Chino será un excelente pastor, porque descubro que cuenta con las dos principales condiciones para serlo: ama a Dios y ama al Pueblo de Dios, así de sencillo; los límites humanos que pueda haber se compensan totalmente. El servicio pastoral como párroco será continuación de su servicio pastoral como vicario, aunque cambie el ámbito de sus responsabilidades.
El Chino ha sido mi hermano, mi amigo y mi hijo; he aprendido mucho de él, muchas joyas, luces y colores ha dejado en mi corazón, lo voy a extrañar muchísimo, como sé que también sucederá a tantísimas personas y familias de Río Bravo, cuántos testimonios seguramente habrá escondidos en los corazones de la comunidad. Sé que él también aprendió mucho; a todos los miembros de la comunidad parroquial, a sus movimientos, grupos y pastorales, niños, jóvenes y adultos, nos queda la inmensa satisfacción de haber enseñado al Chino a ser Párroco; el estilo de su servicio pastoral en este futuro tan próximo, aunque él no lo diga, tendrá la huella de nuestra Parroquia de Nuestra Señora de San Juan.
Chino, compañero peregrino de esta etapa de la vida… ¡Buen Camino!
miércoles, 12 de octubre de 2016
REFLEXIONES SOBRE "PRINCIPIO Y FUNDAMENTO"
Este texto lo escribí en 1998, cuando hice los Ejercicios Espirituales de San Ignacio en Manresa, el lugar donde San Ignacio justamente los escribió.
"El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden. Por lo qual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados." [EE 23]
Hay dos posibilidades, o que yo responda al fin para el que
soy creado, es decir, alabar, hacer reverencia a Dios nuestro Señor y mediante
esto salvarme, o vivir para alabarme, hacerme reverencia y servirme como Señor
de mí mismo y mediante esto perder mi alma.
Hay otra doble posibilidad: que use o me quite de las otras cosas que hay sobre la haz de la
tierra tanto cuanto me ayuden o impidan alcanzar el fin para el que soy
hecho; o que, por el contrario, use de las
otras cosas para el fin o los fines que yo mismo me he fijado, en cuyo caso,
las otras cosas, más que medios de
trascendencia, son utilizadas con fines egocéntricos y medios de mi propia perdición.
Mi constitución antropológica y teológica no tiene su fin en
sí misma, sino en Dios. No responder a esta constitución, fin, representaría
una real frustración constitutiva, antropológica y teológica de mi ser. Sería
yo un proyecto abortado, frustrado.
Sin embargo la autotrascendencia del amor teocéntrico (o
consecución del fin para el que soy criado), lejos de ser un mecanismo
automático y necesario, como podría ser el instinto de conservación o la
supervivencia de las especies, posee una mediación indispensable para que se
verifique: la libertad del hombre. Sin libertad el hombre no se trasciende.
Ahora bien, esta libertad se encuentra condicionada por
innumerables factores, tanto fisio-biológicos (la nuestra es una naturaleza
imperfecta), como psicológicos (nuestro desarrollo se ha visto dañado de modo
que nuestra personalidad se encuentra herida), como teológicos (el pecado
original, la concupiscencia y los pecados personales). Los tres aspectos están
íntimamente relacionados y se alimentan
recíprocamente.
Lo que es opuesto a la consecución del fin para el que soy
creado se llamaría soberbia, que se ha dado de un modo puro y típico en el
pecado de los ángeles. Mi soberbia nunca es total, pero sí real. El pecado de
los ángeles me ayuda a entender la naturaleza de los grados y alcances de mi
soberbia y sus consecuencias. Todo pecado es contra el primer mandamiento,
fundamentalmente. Los ángeles rechazaron amar a Dios: “non serviam”; Adán y Eva
rechazaron amar a Dios, buscaron ser dioses sin Dios, fiándose de sí y de las
cosas.
He
nacido y soy heredero de una sociedad en donde abunda el pecado, he sido
víctima de sucesos pecaminosos concretos a lo largo de mi vida, poseo yo mismo
una tendencia al pecado, manifestada en desórdenes y tendencias descontroladas,
a las que acudo con un mayor o menor grado de libertad. No sólo hago pecados,
sino que estoy sumergido en lo que bien puede llamarse “fuerza de pecado”, la cual
hace nacer en mi corazón, más allá de mi inteligencia y voluntad, un impulso que
me lleva a una dirección diametralmente opuesta a Dios. Existe siempre patente
en mí la posibilidad de mi propia frustración y perdición antropológica y
teológica. De hecho, es tal el influjo del pecado que, si por mí fuera,
irremediablemente estaría conducido a mi perdición antropológica y teológica.
Sólo la cruz de Cristo es capaz de quebrantar esta fuerza y
reorientar, reordenar e impulsar todos los aspectos y dimensiones de mi vida
hacia el fin para el que soy creado, y
con esto salvar mi ánima.
Porque la cruz de Cristo también es fuerza, y es fuerza eficaz
para mí y para mi libertad. Cristo ha cargado mis pecados y los ha clavado en
la cruz. Ha cancelado la deuda que merecía mi condición pecaminosa y ha
arrancado mi vida de la condena eterna, de la frustración eterna. Me ha
salvado.
Son dos fuerzas en juego. De hecho he experimentado ambas.
Puedo saber qué es salvación y qué es perdición, si bien todavía no a un nivel
de eternidad. He experimentado realmente la alabanza, la acción de gracias y el
servicio que pueden tributarse a Dios nuestro Señor, he usado las cosas tanto
cuanto me ayuden a la consecución de mi fin, he sido indiferente ante las cosas
y he percibido que eso me salva: me humaniza, me dignifica. Sin embargo también
sé qué es la perdición, de hecho he participado de ella, cuando me he montado
en mi soberbia y me he apartado de Dios como mi fin, cuando me he puesto mi yo
como centro de mi mismo. Entonces mi horizonte cognoscitivo se estrecha, porque
no sólo contemplo únicamente mi yo, sino que contemplo sólo una o dos parte de
mi yo, parcializándome; en la medida que más he avanzado en el proceso de mi
egocentración esas partes o sectores de mi yo se ensanchan cada vez más ante mi
visión, reduciéndola de hecho; lo parcial se hace cada vez más totalizante, absoluto,
excluyente de cualquier otra realidad. Las otras
cosas son relativizadas, valen si y sólo si contribuyen a la gratificación
de mi yo desintegrado. Se desencadena una amnesia paulatina e irremediable, un
círculo vicioso. Esto es camino de perdición
Me introduzco en una dinámica involutiva e involucionaria que
terminaría acabando conmigo. La soberbia necesariamente acaba en soledad
absoluta y ceguera absoluta.
El corazón es un órgano obcecado. Es inmanencia, soberbia
egocéntrica. “Me basto a mí mismo”. Orgullo estúpido.
Desaparece la rica variedad de sentimientos, también este
campo se estrecha; se busca satisfacer sólo un sentimiento. Se atrofia la
percepción de la rica realidad que me rodea, se percibe todo bajo un filtro,
nuestra percepción selecciona sólo desde y para el yo. Se desencadena una
compulsión siempre insaciable que llega a provocar náusea, pero que no
desaparece, sino que crece y se hace adictiva, esclavizante.
Se va estrechando también la conciencia, que no percibe ningún
valor; se estrecha la inteligencia, puesta al servicio de sí mismo; cada vez
más, el rico mundo de los valores y sus posibilidades se esfuma y deja de ser
atractivo, bien y mal se confunden, se toman uno por otro.
Ejemplo, David. Empezó con un simple deseo “natural”,
despertado ante la visión de una bella mujer desnuda, cuyo cuerpo húmedo haría
crecer paulatinamente la sensualidad del rey. Los acontecimientos se fueron
desarrollando de modo que, como un drogadicto, se llegó a deshumanizar,
estrechando cada vez más su sensibilidad, su inteligencia, su percepción, sus
decisiones, paulatina, pero irremediablemente, hasta que llegó Natán.
Esto lo he experimentado cuando peco, lo he experimentado de
modo dosificado, no eterno, pero de cualquier modo real. Si no me he visto
perdido en esta dinámica de muerte, ha sido por la cruz de Cristo, que me ha
ofrecido una fuerza contraria y eficaz, puesta al servicio de mi libertad, y
por la que he sido capaz de optar por el bien. Bendigo a Dios porque me ha
librado de la perdición en fuerza de su cruz y me hace capaz de orientar mi
vida hacia mi fin, armonizando todos mis afectos y ensanchando el panorama
sentimental, perceptual y objetual.
Sin
embargo, la fuerza del pecado no desaparece y siempre me veré tentado o caeré en
él, soy pecador, incluso más allá de mi propia inteligencia, voluntad y
libertad. Dios me fascina, aunque a veces no tanto, el pecado me fascina, a
veces más de la cuenta. Dios me humaniza, el pecado me pierde.
No se trata de desculpabilizarse a través del engañoso intento
voluntarístico de abolir la conciencia de culpa, o de hacer un frío análisis
moralista para la enmienda de los pecados cometidos, ni tampoco la regeneración
terapéutica de una personalidad dañada en su desarrollo, a través de una
técnica psicológica dada. Es gracia de Dios, porque tiene que ver con el
pecado, la conversión es don de Dios, sólo la experiencia íntima de su amor
puede ofrecer al ser humano un corazón nuevo. Hay que pedirlo.
miércoles, 21 de septiembre de 2016
CARTA A MIS HERMANOS ALEJO NABOR Y JOSE ALFREDO
Hermanos, no los conocí, sólo me enteré de algunas cuantas
cosas que los medios nos han transmitido, me quedo sobre todo con que eran
ustedes párroco y vicario en Poza Rica; no sé de su historia, ni de su
carácter, ni de su estilo de hacer pastoral; desconozco también el tipo de
relación que sostenían, a veces entre compañeros sacerdotes nos llevamos bien, pero
otras veces no tanto. Prácticamente nada sé. Pero eso mismo me da pie a conjeturar
muchas cosas, puedo imaginar por ejemplo que había mucha gente que los quería,
algunos quizá preferían estar más en la misa de uno que del otro, igual en la
confesión, pero puedo intuir también que ambos tenían sus seguidores y uno que
otro detractor. Puedo suponer que cada uno, en su estilo, con sus énfasis, con
su personalidad, hicieron el bien a mucha gente, tanto en lo privado como a
través de su predicación, de su ministerio y de su testimonio.
Me gustaría creer que cuando los invitaban a los dos juntos a
cenar a alguna casa, sus fieles ya sabían que a uno le gustaba el picante y al
otro no, que uno se tomaba su cervecita y el otro un tequila, que uno se
sentaba a ver el futbol y el otro contaba buenos chistes y anécdotas, que a uno
le entraba más temprano el sueño y que el otro era más desvelado. Sin saber,
cuánta alegría dejaron en los corazones de las familias que llegaron ustedes a
visitar.
No nada más el párroco, también el vicario se preocuparía
cuando no llegaba su compañero en la noche, no faltaría seguramente el discreto
mensajito: “¿dónde andas?” “¿ya mero llegas?" y se tranquilizaba cuando oía el portón
y el carro.
Cuántas veces se sentarían ustedes a platicar espontáneamente
de la parroquia, de los grupos, de los feligreses; cuántas veces se distribuyeron
las misas, las capillas, los grupos. Planearon el año pastoral, la visita del
Obispo, la fiesta patronal; los veo yéndose juntos a las reuniones de decanato
y a las diocesanas, o quedándose uno para lo que se ofreciera y el otro
cumpliendo otro tipo de compromisos u obligaciones.
Ya sé, cada uno de ustedes tenía sus quejas sobre el otro,
también tenían que soportarse difíciles aspectos de personalidad y maneras de
pensar y de actuar; no es nada raro que entre compañeros sacerdotes nos
carguemos unos a otros cruces pesadas, hasta nos acostumbramos, no sin lloros y
sin lamentos. Los sacerdotes no somos angelitos y tenemos nuestra lista de pecados,
leves y graves, cuánto llega esto a
afectar nuestra relación y nuestra acción pastoral. Quiero creer que aunque
hubiera alguna dosis de todo eso, fueran ustedes sobre todo hermanos,
compañeros y amigos, y que muy frecuentemente se rieran juntos a carcajadas y
se echaran algo de bullying.
Pero los mataron. Los mataron juntos.
Nunca vamos a saber qué pasó, si estaban tomando o no, si es
verdad o mentira que conocían a sus verdugos y discutieron, a final de cuentas
eso resulta irrelevante, grotescos suenan esos cinco mil pesos. Han sido
ustedes dos víctimas más, junto con las decenas de miles que a lo largo de ya muchos años han regado por entero nuestra tierra mexicana con su sangre; se han
unido ustedes así al pueblo al que servían, su sangre se ha mezclado con la
sangre de muchos mexicanos anónimos; quiero decirles, hermanos, que ha sido éste
el mayor gesto de solidaridad y entrega que han tenido con los más pobres.
Además, murieron juntos; eran hermanos por el sacramento del orden y por el
ministerio que compartían, su fraternidad quedó sellada, como alianza
indeleble, por la sangre de ambos que corrió junta en esa maldita curva del diablo.
Evito ver fotos de las víctimas de la violencia, esta vez no
pude impedir notar que uno de ustedes fue atado con una estola verde, propia de
este tiempo litúrgico. Esa estola fue usada para bendecir, para bautizar, para
confesar, para ungir enfermos, para concelebrar y para presidir la Eucaristía;
las estolas en nuestras sacristías las usan indistintamente párroco y vicario,
esa estola fue usada por ambos, con esa estola puesta dijeron ustedes muchas
veces en su comunidad de Fátima: “tomen, coman, esto es mi cuerpo… tomen beban,
este es el cáliz de mi sangre” y con esa estola fueron atados sus cuerpos, del
que fue derramada su sangre.
No quiero imaginar el dolor de sus feligreses, de su familia,
de sus amigos. Su presbiterio y su Obispo seguramente sienten un gran hueco en
el estómago y han estado piense y piense en todo esto con profunda tristeza y
hasta rabia. Yo, personalmente, Alejo Nabor y José Alfredo, he pensado mucho en
mi vicario y en mí y en la bella vocación de servir a nuestro pueblo, hasta lo
último y juntos, fraternalmente unidos. El martes pregunté en clase a los
seminaristas del menor si estaban dispuestos a compartir la vocación sacerdotal,
que implica riesgos de este tamaño, uno me dijo, “con mayor razón”, creo que yo
también.
Su hermano, José Luis.
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