domingo, 2 de diciembre de 2018

MI APOLOGÍA A AMLO


Yo creo que no es cuestión de “formas”, sino de “fondo”. El estilo con que se ha desenvuelto López Obrador desde hace cuarenta años de carrera política y que ha proyectado a lo largo de estas pocas horas que lleva como presidente de la república, según mi punto de vista, son fruto de un modo de vida que ha arraigado como una manera suya de ser.
¿Alguien llevó la cuenta de cuántos kilómetros recorrió durante más de doce años de campaña a la presidencia? ¿Cuántos de esos kilómetros fueron en brechas, cuántos en carreteritas de un carril de ida y otro de vuelta, seguramente llenas de baches, cuántas en carreteras libres, cuántas en autopistas de pago? ¿A dónde llegó en bestia o en piragua o en avioneta?
Es probable que muchas más veces de las que imaginamos, López Obrador se detuvo a la orilla de la carretera a comer unas gorditas, o en un Oxxo a comprar por lo menos un vikingo o unas conchitas; no faltaron las ocasiones en las que fue al baño en gasolineras, o que se entretuvo en la vulcanizadora del pueblo a esperar que le arreglaran la llanta de la camioneta, o con el mecánico, porque el motor se estaba calentando. Con cuánta gente compartiría el asiento en los aviones, con eso de que Viva Aerobús te acomoda como ellos quieren, aún en VIP; ni qué decir de las horas en las salas de espera de aeropuertos, aunque ya hubiera pasado el check in y el check point.
Cuánta gente local lo acompañaría en los recorridos, subidos en la camioneta, indicándole al chofer por dónde irse: “por esa no, porque está muy maltratada y obscura, mejor vete por la que sigue”. Seguramente dormiría en hoteles de primera, pero también en hoteles de cadena y en hoteles locales de la más diversa calidad, al no haber más; pero también en casas, que sus partidarios le ofrecerían encantados de la vida, en donde se encontró con las familias, con vecinos, con amigos a quienes los anfitriones podrían presumir. “Bueno, ya no te molestamos, te dejamos descansar, ahí en el baño hay todo, se batalla con el escusado, nomás levántale la tapa para jalarle, si necesitas algo háblanos, con toda confianza… buenas noches, descansa”.
Durante más de doce años cuántas cosas le habrán pedido, cuántos consejos le habrán dado, cuántos análisis políticos y económicos habrá recibido, cuántas quejas, cuántas críticas, cuántos chismes, cuántos exabruptos, cuántas propuestas, cuántas bendiciones y cuántas maldiciones. Niños, adolescentes, jóvenes, adultos, ancianos; hombres, mujeres; pobres, clasemedieros, ricos, obreros, empresarios, empleados, desempleados; indígenas, mestizos, güeritos; católicos, protestantes, judíos, ateos; sinceros, arribistas, oportunistas, generosos, díscolos; grupos organizados y desorganizados.
Fueron doce años en los que se dejó tocar por la gente y donde escuchó a la gente.
En su mensaje del Zócalo, casi al último, habiendo leído y comentado sus cien promesas, López Obrador quiso dejar claro que el contacto con la gente le ha calado hasta la médula de su conciencia y que no está dispuesto a prescindir de ese contacto durante su gobierno, incluso a costa de su seguridad. Declaró que a final de cuentas es esa comunicación con el pueblo de donde quiere partir para emprender el estilo con el que va a gobernar. Cito lo que dijo, no todo lo tenía escrito, en cursivas está el discurso que aparece en la página del Gobierno de México, lo demás fue espontáneo:
No dejemos de encontrarnos. Ahora, quienes me quieren, que son muchos, como ustedes, que son mi familia, muchos, muchos, me recomiendan que me cuide y estoy haciendo caso a esas recomendaciones, pero no quiero dejarme atrapar, no quiero que me rodeen y que ya no pueda tener comunicación directa con el pueblo. Estoy resolviendo este asunto. Mantengamos siempre, esa es mi apuesta, la comunicación. No habrá divorcio, repito, entre pueblo y gobierno. Yo les digo de corazón, de manera sincera, les necesito; conozco la historia, cuando gobernantes revolucionarios se desprenden, cuando gobernantes revolucionarios, cometen el error de separarse del pueblo, no les va bien; gente buena, que se ha ido quedando sola por no tener la comunicación con el pueblo. Yo les necesito, porque como decía el presidente Juárez: “con el pueblo todo, sin el pueblo nada”; con humildad les digo, tengan confianza, y estoy seguro que no me van a dejar solo, y les digo: no me dejen solo porque sin ustedes no valgo nada, o casi nada, yo ya no me pertenezco, yo soy de ustedes, soy del pueblo de México; además, sin ustedes, y esto con todo respeto, hablando en el terreno político, sin ustedes, los conservadores me avasallarían fácilmente, pero con ustedes me van a hacer lo que el viento a Juárez. Yo les pido apoyo, porque reitero el compromiso de no fallarles, primero muerto que traicionarles”.
No sólo Ortega y Chávez, ni sólo los revolucionarios, tampoco exclusivamente los políticos: todo líder que se aleja del pueblo se va quedando solo y va gobernando solo, respondiendo ya no al pueblo, a quien se debe, sino a sí mismo y a los intereses propios y de su clan. López Obrador casi nos suplica que no lo dejemos solo, nos grita que nos necesita. Yo sí creo que arrodillarse frente a un indígena fue un gesto sincero, yo sí creo que haber viajado en el camioncito del aeropuerto para subirse al avión, ya como presidente de la república, sí responde a esa necesidad imperiosa de no alejarse de la realidad real (sic) y de la gente real, yo sí creo que va a seguir así y que eso le dará un estilo de gobierno que ya necesitábamos, menos virreinal y más democrático.
Según mi punto de vista, este es el plus de López Obrador, no las macroteorías de la geopolítica aprendidas en Cambridge y estampadas en una tesis doctoral, sino el contacto con la gente real, a quien oyó y por quien se dejó tocar, un plus que no tenían ni Anaya ni Meade, y que le da a López Obrador un posicionamiento sólido para gobernar con los pies sobre la tierra. Dios quiera que todo lo que vivió en estos doce años no se le olvide en dos o tres, sino que lo mantenga en seis.
Hay temas de los que no alcanzo a entender muchas cosas, vamos a ver, apenas vamos empezando; no sólo quiero ofrecer a López Obrador el beneficio de la duda, sino mi confianza y esperanza en que vaya respondiendo de la mejor manera; si de esas cien promesas, cumple ochenta, me doy más que servido.
A mí López Obrador me ha hecho pensar mucho: la extensión de mi liderazgo es reducida, estrecha, en nada comparable con la del presidente de la república, sin embargo, veo también que tengo que ejercer mi liderazgo en contacto con el pueblo al que sirvo y al que me debo, escuchar y dejarme tocar; yo también quisiera decir: “primero muerto que traicionarles”. Ojalá que esto vaya cundiendo y haga pensar y actuar a gobernadores y alcaldes, pero también a patrones, líderes sindicales, maestros, pastores y, por qué no, padres de familia, y que el estilo de López Obrador se vaya de alguna manera haciendo el estilo de México, al menos en lo que este tema se refiere.

jueves, 25 de mayo de 2017

LETANIAS DE LA HUMILDAD

Rafael Cardenal Merry de Val (1865 - 1930), Secretario de Estado de San Pío X

Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo.

Del deseo de salirme siempre con la mía, líbrame, Señor.
Del deseo de ser estimado, líbrame, Señor.
Del deseo de ser amado, líbrame, Señor.
Del deseo de ser ensalzado, líbrame, Señor.
Del deseo de ser honrado, líbrame, Señor.
Del deseo de ser alabado, líbrame, Señor.
Del deseo de ser preferido a los demás, líbrame, Señor.
Del deseo de ser consultado, líbrame, Señor.
Del deseo de ser aprobado, líbrame, Señor.
Del deseo de ser entendido, líbrame, Señor.
Del deseo de ser visitado, líbrame, Señor.

Del miedo a ser humillado, líbrame, Señor.
Del miedo a ser despreciado, líbrame, Señor.
Del miedo a ser rechazado, líbrame, Señor.
Del miedo a ser calumniado, líbrame, Señor.
Del miedo a ser olvidado, líbrame, Señor.
Del miedo a ser ridiculizado, líbrame, Señor.
Del miedo a caer en sospechas, líbrame, Señor.
Del miedo a ser corregido, líbrame, Señor.
Del miedo a ser abandonado, líbrame, Señor.

Dame, Señor, la gracia de desear que otros sean más amados que yo.
Dame, Señor, la gracia de desear que otros puedan crecer y yo disminuir.
Dame, Señor, la gracia de desear que otros puedan ser escogido y yo rechazado.
Dame, Señor, la gracia de desear que otros puedan ser alabados y yo ignorado.
Dame, Señor, la gracia de desear que otros puedan ser preferidos a mí en todo.
Dame, Señor, la gracia de desear que otros alcancen la santidad más que yo, y de que yo puede ser tan santo como debo serlo.

De ser desconocido y pobre, quiero alegrarme, Señor.
De ser privado de naturales perfecciones de cuerpo y mente, quiero alegrarme, Señor.
De que la gente no piense en mí, quiero alegrarme, Señor.
De que se me asignen a tareas humildes, quiero alegrarme, Señor.
De que ni siquiera me tomen en cuenta, quiero alegrarme, Señor.
De que nadie pregunte mi opinión, quiero alegrarme, Señor.
De que se me deje en los últimos lugares, quiero alegrarme, Señor.
De que nunca me feliciten, quiero alegrarme, Señor.
De que me echen la culpa a tiempo y destiempo, quiero alegrarme, Señor.

Bienaventurados los que sufren persecución a causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos



jueves, 4 de mayo de 2017

A UN PEREGRINO

La señora Rosario Núñez, vecina de Carrión de los Condes y autora de este poema, me lo recitó de memoria en la Iglesia de Nuestra Señora del Camino, cuando precisamente hacía el Camino de Santiago en 2011 y me detuve en la Iglesia para esperar la Misa. Me causó gran emoción y quiero compartirlo con todos ustedes.

Vean este video, si gustan, de mi primer Camino, en 2008: https://youtu.be/cfeNFQSgHXc

Peregrino y caminante,
que a Santaigo vas contento,
sin asustarte la lluvia
ni frío, calor o cierzo,
quisiera yo preguntarte
qué dicen tus pensamientos.

Seguro que al cielo miras
y pides frescura al viento
y cuando llueve, quizás
piensas que dentro, más dentro,
el agua que dan las nubes
a tu alma da refresco.

¿Qué buscas en el camino
o qué llevas ofreciendo?

Puede ser que ofrezcas gozos,
puede ser que ofrezcas duelos,
puede ser que profundices
en tantos, tantos misterios
que la vida nos esconde
y saberlos más queremos.

¡Tantas cosas pueden ser
tantas, seguro, irán siendo!

Te dirán mucho los campos,
te dirán mucho los sueños
y también quizás
las estrellas del Sendero,
porque ellas antes que tú
a Santiago ya le vieron.

¡Y cántas veces, seguro,
hablando con el Maestro!

Nuestra Virgen del Camino
contigo irá por supuesto,
para dar fuerza a tu fe,
para siempre darte aliento.

Lo que buscas no lo sé,
lo que encuentras casi cierto.

Encontrarás mucha paz,
te llenarás de contento
y el Señor sabrá premiar
tus sudores y tu esfuerzo.

Y al abrazar al Apóstol
seguro que sonriendo,
le contarás del Camino
y él te contará del cielo.

Y si pones atención
y si tú escuchas presto
te enseñará lo mejor,
te enseñará lo perfecto.

Te tomará de su mano,
para llevarte al Maestro.

Rosario Núñez
Carrión de los Condes, 1992

domingo, 9 de abril de 2017

DOMINGO DE RAMOS 2017

Ellos, como nosotros, celebraban el Domingo de Ramos; como nosotros, escuchaban el relato de la Pasión, cuando inesperadamente en sus Iglesias, que eran como la nuestra, estallaron sendas bombas. La pasión de Jesús se hizo entonces la pasión de los fieles de las Iglesias Coptas de San Jorge y San Marcos en Egipto. El mismo odio sinsentido del que fue víctima Jesús, se trasformó en irracional odio terrorista que atentó contra inocentes. La sangre de Jesús se ha mezclado con la sangre de nuestros hermanos coptos, haciendo desgarradoramente actual tanto el Evangelio como la fiesta de hoy. ¡Hosanna al Hijo de David!

sábado, 7 de enero de 2017

TIERRA SANTA Y ROMA 2017


¡Qué alegría cuando me dijeron:
Vamos a la casa del Señor.
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales Jerusalén!”
(Salmo 122)

Cuántas veces hemos cantado en nuestras celebraciones litúrgicas este Salmo, sin duda nuestro canto de entrada más popular. El Pueblo de Dios lo cantó todas las veces que en caravana llegaba a la Ciudad Santa, a la Ciudad de Paz. Cada vez que llegaban a sus “umbrales”, el corazón de las tribus de Israel latía de emoción y las lágrimas llenaban sus ojos. No sólo el pueblo de Israel, también musulmanes y por supuesto nosotros los cristianos reconocemos la ciudad de Jerusalén como Ciudad Santa y a ella peregrinamos. Antiguo y Nuevo Testamento dan testimonio que dentro y fuera de sus muros la presencia de Dios es presencia de Salvación.

También llamamos “Santa” a toda la tierra que Jesús pisó y en la que desarrolló su ministerio, en la que llamó a sus discípulos, proclamó su mensaje, realizó sus milagros, se acercó a los pobres y enfermos. Con mayor razón llamamos “Santa” a la tierra en que Jesús entregó su vida por nosotros en la cruz, resucitó y ascendió a su Padre, por nuestra salvación.

Peregrinar a Tierra Santa representa para nosotros una valiosa oportunidad de recorrer con nuestros pies los lugares ligados con nuestra salvación, de orar en los sitios en los que Jesús mostró su amor y misericordia por nosotros, de tener una experiencia de fe compartida en comunidad en una Tierra que no deja de ser símbolo de la paz y la justicia a las que espiramos y queremos construir

Dios quiera que nos animemos a peregrinar juntos a Tierra Santa y a Roma en octubre de 2017 y que juntos podamos cantar entrando a Jerusalén “Qué alegría cuando me dijeron…”, seguramente nuestro corazón latirá fuerte y nuestros ojos se llenarán de lágrimas.

viernes, 11 de noviembre de 2016

EL CHINO Y YO

Parafraseando a Serrat, mi santa madre diría: "cuídate mucho, Pepito, de las malas compañías". Madre, de ésas no he tenido. No las conozco. En el Camino me han alcanzado y he emparejado sólo a buenos peregrinos, ninguno patológico. Todos, todos, han dejado joyas preciosas en mi alma; me constituyen al noventa por ciento. Los enriquezco y me enriquecen. ¡Ay del solo! ¡Pobre del solo! ¡Compadezco de corazón al solo! Mis amigos son luces y colores. Hay claveles y toros, delicadas telas de encaje y montañas robustas, figuras manieristas de Lladró y mares indomables.

El Chino y yo somos dos hombres que han vivido juntos por tres años, con evidentes diferencias: de edad, de ámbitos de responsabilidad, de personalidad y de costumbres; de horarios, de gustos, de alimentación, de sentido del pudor y del humor; de espiritualidad, de manías y de obsesiones, de modas al vestir y de decibeles al reír; distintas velocidades, distintas visiones, distintas perspectivas y distintos puntos de vista, también pastorales; de la cantidad de cabellera, ni hablar.

Pero somos también idénticos. Compartimos en igual grado el mismo sacramento que nos hace hermanos. Amamos por sobre todas las cosas al mismo Padre, manifestado en Jesucristo, al que los dos seguimos alegres como discípulos y como hermanos. Con Jesucristo, el Chino y yo somos cabeza y pastor en la Iglesia. Ambos nos sentimos igualmente herederos de un bellísimo Pueblo Santo, a quien amamos de modo idéntico y a quien servimos con indescriptible gozo. Y, miren, a decir verdad, estamos igual de locos.

Ahora el Chino se va de la Parroquia y de la casa parroquial, ¡me da tanto gusto!, no porque se vaya, claro, sino porque está viendo cristalizado el sueño de todo muchacho que entra al Seminario y de todo sacerdote desde el día de su ordenación: ser pastor de su propia comunidad. Adivino su alegría, pero también sus dudas y sus incertidumbres; ser por primera vez párroco es atractivo, pero no fácil, ha acariciado este sueño por mucho tiempo y, cuando por fin se va a realizar, sobreviene una especie de parálisis, de shock, de pavor. Cuánto cuesta dejar a las personas a las que se ama y por las que se ha entregado el sacerdote por un tiempo, se le parte a uno el corazón.

Estoy seguro que el Chino será un excelente pastor, porque descubro que cuenta con las dos principales condiciones para serlo: ama a Dios y ama al Pueblo de Dios, así de sencillo; los límites humanos que pueda haber se compensan totalmente. El servicio pastoral como párroco será continuación de su servicio pastoral como vicario, aunque cambie el ámbito de sus responsabilidades.

El Chino ha sido mi hermano, mi amigo y mi hijo; he aprendido mucho de él, muchas joyas, luces y colores ha dejado en mi corazón, lo voy a extrañar muchísimo, como sé que también sucederá a tantísimas personas y familias de Río Bravo, cuántos testimonios seguramente habrá escondidos en los corazones de la comunidad. Sé que él también aprendió mucho; a todos los miembros de la comunidad parroquial, a sus movimientos, grupos y pastorales, niños, jóvenes y adultos, nos queda la inmensa satisfacción de haber enseñado al Chino a ser Párroco; el estilo de su servicio pastoral en este futuro tan próximo, aunque él no lo diga, tendrá la huella de nuestra Parroquia de Nuestra Señora de San Juan.

Chino, compañero peregrino de esta etapa de la vida… ¡Buen Camino!

miércoles, 12 de octubre de 2016

REFLEXIONES SOBRE "PRINCIPIO Y FUNDAMENTO"

Este texto lo escribí en 1998, cuando hice los Ejercicios Espirituales de San Ignacio en Manresa, el lugar donde San Ignacio justamente los escribió.
"El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden. Por lo qual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados." [EE 23]
Hay dos posibilidades, o que yo responda al fin para el que soy creado, es decir, alabar, hacer reverencia a Dios nuestro Señor y mediante esto salvarme, o vivir para alabarme, hacerme reverencia y servirme como Señor de mí mismo y mediante esto perder mi alma.

Hay otra doble posibilidad: que use o me quite de las otras cosas que hay sobre la haz de la tierra tanto cuanto me ayuden o impidan alcanzar el fin para el que soy hecho; o que, por el contrario, use de las otras cosas para el fin o los fines que yo mismo me he fijado, en cuyo caso, las otras cosas, más que medios de trascendencia, son utilizadas con fines egocéntricos y medios de mi propia perdición.

Mi constitución antropológica y teológica no tiene su fin en sí misma, sino en Dios. No responder a esta constitución, fin, representaría una real frustración constitutiva, antropológica y teológica de mi ser. Sería yo un proyecto abortado, frustrado.

Sin embargo la autotrascendencia del amor teocéntrico (o consecución del fin para el que soy criado), lejos de ser un mecanismo automático y necesario, como podría ser el instinto de conservación o la supervivencia de las especies, posee una mediación indispensable para que se verifique: la libertad del hombre. Sin libertad el hombre no se trasciende.

Ahora bien, esta libertad se encuentra condicionada por innumerables factores, tanto fisio-biológicos (la nuestra es una naturaleza imperfecta), como psicológicos (nuestro desarrollo se ha visto dañado de modo que nuestra personalidad se encuentra herida), como teológicos (el pecado original, la concupiscencia y los pecados personales). Los tres aspectos están íntimamente relacionados y se alimentan  recíprocamente.

Lo que es opuesto a la consecución del fin para el que soy creado se llamaría soberbia, que se ha dado de un modo puro y típico en el pecado de los ángeles. Mi soberbia nunca es total, pero sí real. El pecado de los ángeles me ayuda a entender la naturaleza de los grados y alcances de mi soberbia y sus consecuencias. Todo pecado es contra el primer mandamiento, fundamentalmente. Los ángeles rechazaron amar a Dios: “non serviam”; Adán y Eva rechazaron amar a Dios, buscaron ser dioses sin Dios, fiándose de sí y de las cosas.

He nacido y soy heredero de una sociedad en donde abunda el pecado, he sido víctima de sucesos pecaminosos concretos a lo largo de mi vida, poseo yo mismo una tendencia al pecado, manifestada en desórdenes y tendencias descontroladas, a las que acudo con un mayor o menor grado de libertad. No sólo hago pecados, sino que estoy sumergido en lo que bien puede llamarse “fuerza de pecado”, la cual hace nacer en mi corazón, más allá de mi inteligencia y voluntad, un impulso que me lleva a una dirección diametralmente opuesta a Dios. Existe siempre patente en mí la posibilidad de mi propia frustración y perdición antropológica y teológica. De hecho, es tal el influjo del pecado que, si por mí fuera, irremediablemente estaría conducido a mi perdición antropológica y teológica.

Sólo la cruz de Cristo es capaz de quebrantar esta fuerza y reorientar, reordenar e impulsar todos los aspectos y dimensiones de mi vida hacia el fin para el que soy creado, y con esto salvar mi ánima.

Porque la cruz de Cristo también es fuerza, y es fuerza eficaz para mí y para mi libertad. Cristo ha cargado mis pecados y los ha clavado en la cruz. Ha cancelado la deuda que merecía mi condición pecaminosa y ha arrancado mi vida de la condena eterna, de la frustración eterna. Me ha salvado.

Son dos fuerzas en juego. De hecho he experimentado ambas. Puedo saber qué es salvación y qué es perdición, si bien todavía no a un nivel de eternidad. He experimentado realmente la alabanza, la acción de gracias y el servicio que pueden tributarse a Dios nuestro Señor, he usado las cosas tanto cuanto me ayuden a la consecución de mi fin, he sido indiferente ante las cosas y he percibido que eso me salva: me humaniza, me dignifica. Sin embargo también sé qué es la perdición, de hecho he participado de ella, cuando me he montado en mi soberbia y me he apartado de Dios como mi fin, cuando me he puesto mi yo como centro de mi mismo. Entonces mi horizonte cognoscitivo se estrecha, porque no sólo contemplo únicamente mi yo, sino que contemplo sólo una o dos parte de mi yo, parcializándome; en la medida que más he avanzado en el proceso de mi egocentración esas partes o sectores de mi yo se ensanchan cada vez más ante mi visión, reduciéndola de hecho; lo parcial se hace cada vez más totalizante, absoluto, excluyente de cualquier otra realidad. Las otras cosas son relativizadas, valen si y sólo si contribuyen a la gratificación de mi yo desintegrado. Se desencadena una amnesia paulatina e irremediable, un círculo vicioso. Esto es camino de perdición

Me introduzco en una dinámica involutiva e involucionaria que terminaría acabando conmigo. La soberbia necesariamente acaba en soledad absoluta y ceguera absoluta.

El corazón es un órgano obcecado. Es inmanencia, soberbia egocéntrica. “Me basto a mí mismo”. Orgullo estúpido.

Desaparece la rica variedad de sentimientos, también este campo se estrecha; se busca satisfacer sólo un sentimiento. Se atrofia la percepción de la rica realidad que me rodea, se percibe todo bajo un filtro, nuestra percepción selecciona sólo desde y para el yo. Se desencadena una compulsión siempre insaciable que llega a provocar náusea, pero que no desaparece, sino que crece y se hace adictiva, esclavizante.

Se va estrechando también la conciencia, que no percibe ningún valor; se estrecha la inteligencia, puesta al servicio de sí mismo; cada vez más, el rico mundo de los valores y sus posibilidades se esfuma y deja de ser atractivo, bien y mal se confunden, se toman uno por otro.

Ejemplo, David. Empezó con un simple deseo “natural”, despertado ante la visión de una bella mujer desnuda, cuyo cuerpo húmedo haría crecer paulatinamente la sensualidad del rey. Los acontecimientos se fueron desarrollando de modo que, como un drogadicto, se llegó a deshumanizar, estrechando cada vez más su sensibilidad, su inteligencia, su percepción, sus decisiones, paulatina, pero irremediablemente, hasta que llegó Natán.

Esto lo he experimentado cuando peco, lo he experimentado de modo dosificado, no eterno, pero de cualquier modo real. Si no me he visto perdido en esta dinámica de muerte, ha sido por la cruz de Cristo, que me ha ofrecido una fuerza contraria y eficaz, puesta al servicio de mi libertad, y por la que he sido capaz de optar por el bien. Bendigo a Dios porque me ha librado de la perdición en fuerza de su cruz y me hace capaz de orientar mi vida hacia mi fin, armonizando todos mis afectos y ensanchando el panorama sentimental, perceptual y objetual.

Sin embargo, la fuerza del pecado no desaparece y siempre me veré tentado o caeré en él, soy pecador, incluso más allá de mi propia inteligencia, voluntad y libertad. Dios me fascina, aunque a veces no tanto, el pecado me fascina, a veces más de la cuenta. Dios me humaniza, el pecado me pierde.



No se trata de desculpabilizarse a través del engañoso intento voluntarístico de abolir la conciencia de culpa, o de hacer un frío análisis moralista para la enmienda de los pecados cometidos, ni tampoco la regeneración terapéutica de una personalidad dañada en su desarrollo, a través de una técnica psicológica dada. Es gracia de Dios, porque tiene que ver con el pecado, la conversión es don de Dios, sólo la experiencia íntima de su amor puede ofrecer al ser humano un corazón nuevo. Hay que pedirlo.