lunes, 11 de noviembre de 2019

REFLEXIONES EN TORNO A MI ASISTENCIA AL CONGRESO LATINOAMERICANO DE PRE-VENCIÓN AL ABUSO DEL MENOR, DEL 6 AL 8 DE NOVIEMBRE DE 2019, EN LA UNIVERSI-DAD PONTIFICIA DE MÉXICO



Pudiera parecer que ya se ha hablado demasiado del problema del abuso sexual a menores por parte de miembros del clero; todos sabemos, además, que las consecuencias han sido catastróficas; Sin embargo, no es posible negar que también hemos avanzado, poco, pero realmente. En este contexto, quisiera compartir, con quien se acerque a este texto, que he ido entendiendo que la prevención del abuso a menores debe seguir ocupando un puesto central en la reflexión y en la vida de las comunidades eclesiales, y que tenemos que acercarnos al tema desde un contexto lo más amplio posible.
Ciertamente, en estos últimos años, como una respuesta concreta al terrible tema del abuso, múltiples diócesis, institutos de vida consagrada, conferencias episcopales e instituciones educativas, se han dado a la tarea de estudiar este complejo problema y han elaborado directrices, líneas guías y protocolos, unos más detallados que otros y puestos en práctica en distintos niveles y grados; sin embargo, la prevención no puede reducirse al diseño de este tipo de herramientas, por más alta calidad que éstas tengan y por más que se implementen y supervisen rigurosamente, tampoco podemos quedarnos en el estudio estricto y científico del tema.
La prevención ha de vivirse de manera eclesial, comunitaria, sinodal, pero, nuevamente, no basta tener nocionalmente claro un buen modelo de Iglesia. Durante más de 50 años hemos estado reflexionando en torno a una Iglesia que es Cuerpo de Cristo, que es Pueblo, que es Sacramento, que es Rebaño; una Iglesia en la que todos somos hermanos, en la que no hay mayor dignidad que la del bautismo y no hay mayor privilegio que el del amor y en donde el más privilegiado es el más débil. No ha sido suficiente. No basta estudiar científicamente un buen modelo de Iglesia, una eclesiología impecable, es necesario vivir la Iglesia según ese modelo, de modo que deje de ser sólo teología y se convierta en vida vivida, en pan nuestro de cada día.
La Iglesia piramidal, la potestad de régimen mal entendida, el clericalismo, pretender vivir al margen o por encima de la ley, la vida diocesana regida a base de decretos, la lejanía entre pastores y laicos, los malos tratos en las oficinas parroquiales y curiales, el burocratismo, las liturgias coreográficas, pero nulamente significativas, los planes pastorales almacenados en los libreros, la mediocridad hecha opción de vida, la difusa participación de la mujer, la exclusión de personas… son signos que están hoy presentes y que fortalecemos día con día, tanto pastores como laicos, todo lo cual inevitablemente, inevitablemente, conduce al abuso, en sus múltiples expresiones, incluyendo, por supuesto, el abuso de poder y el abuso sexual.
He tenido el honor de participar en el Congreso latinoamericano de prevención al abuso del menor, que organizó el Centro de investigación y formación interdisciplinar para la protección del menor (CEPROME) de la Universidad Pontificia de México, que se llevó a cabo del 6 al 8 de noviembre de este año 2019 (https://ceprome.com/congreso). Los ponentes fueron los máximos representantes en el tema a nivel mundial, personas eruditas y con gran profundidad de pensamiento, pero, sobre todo, con un honesto y sensible compromiso por enfrentar de la manera más evangélica y genuinamente eclesial este monstruoso cáncer: Rogelio, Hans, Juan Carlos, Daniel, Mario, Luis Manuel, Amedeo, Charles, Blase Joseph. Además de los contendidos de sus exposiciones, el testimonio de sus vidas fue ya, sin duda, un sólido magisterio. Gracias.
Tal vez esté mal en decirlo, porque el abuso siempre ha de ser tratado con respeto y seriedad; sin embargo, quiero atreverme a decir que el Congreso fue una fiesta, sí, una fiesta. Cada uno de los cuatrocientos sesenta participantes, provenientes de tantos países, tenemos el deseo genuino de hacer algo, de comprometernos de alguna manera, de poner nuestro granito de arena (semilla de mostaza), aunque no sepamos bien cómo, aunque a veces nos asalten las dudas, tengamos titubeos y lloremos en silencio. Ver rostros de hombres y mujeres, de jóvenes y no tan jóvenes, ver alzacuellos y hábitos, jeans, legins, faldas y pantalones, zapatos bien boleaditos, tenis y tacones… todos anotando, todos tomando fotos a las diapositivas, todos charlando de lo mismo fue un verdadero placer, una verdadera fiesta. Honro a todos los que participaron en la logística, desde los que ponían el café y las galletas Surtido Rico, hasta los encargados de las inscripciones y del sonido, de la conducción (damas geniales), de los micrófonos para nuestras preguntas necias ¡Qué alegría ver los restaurantes de los alrededores, llenos de apóstoles de la prevención!
Me conmovió José Luis, el Arzobispo de San Salvador, tan genuino, esforzándose de veras por ser sincero, sentadito como todos y, junto con él, obispos que recibían pedradas, que reían con algunos comentarios, que anotaban y se distraían a veces con el Whats y con el Face, obedeciendo dóciles lo que se les indicaba para la jornada de oración, conmovidos, interesados, como todos. Eso me llena de esperanza, obispos que sean como todos nosotros.
¿Qué me llevo?
1.     La convicción cada vez más arraigada e introyectada de creer en una Iglesia y de construir una Iglesia que sea una madre que ve por todos sus hijos y cuida de todos sus hijos, de manera especial a sus miembros más pequeños y vulnerables; una comunidad de hermanos y hermanas en la que crezca la conciencia de su vocación de crear espacios y relaciones en los que prevalezca el buen trato, el cual refleje de manera concreta y delicada el mandamiento del amor. Una Iglesia cada vez menos preocupada de su prestigio, de su imagen y cada vez más comprometida en responder a su vocación irrenunciable de predicar a Jesucristo y establecer su Reino. Una comunidad en la que exista el compromiso explícito de luchar entre todos contra todo tipo de abuso: la verdad no se impone, la autoridad no es autoritarismo, las consultas no son información de decisiones tomadas, las relaciones entre nosotros y con los demás han de ser por lo menos educadas, cordiales y respetuosas. La prevención o es sinodal o no es.
2.     Lograr el equilibro no es fácil. Existen distintos planos desde donde hemos de enfrentar el problema del abuso, teniendo cuidado de no absolutizar o, al menos, polarizar algún aspecto en específico y relativizar o excluir otros. Son varios los pilares que es necesario integrar, sin dogmatizar ninguno de ellos y sin prescindir de ninguno de ellos:
a)     La teología. No podemos entender el abuso de cualquier manera, sino como cristianos y con la mente, los ojos y el corazón de los cristianos. La reflexión debe partir de lo que Dios mismo nos ha revelado en su Hijo muerto en la Cruz y resucitado. Jesucristo es la víctima a la que pueden unirse todas las víctimas; sus heridas abiertas son las heridas de todos los que, como Jesús, llevan heridas también siempre abiertas; los verdugos de Jesús fueron los líderes de su propio pueblo, igual que nuestros ministros perpetradores, nuevos sumos sacerdotes. La teología, así, debe derivar en eclesiología y en mística.
b)    La psicología. Los estudios científicos en torno al abuso son innumerables y aportan herramientas imprescindibles. Aunque la psicología no es una ciencia exacta y el misterio del ser humano trasciende todo esquema, la ciencia nos ha permitido acercarnos con mayor objetividad a lo que pasa en la mente, en el corazón, en la historia y en los dolores y desconciertos de víctimas y victimarios. El ser humano es un inmenso misterio, pero sin la psicología andaríamos totalmente a ciegas y sin herramienta alguna.
c)     El derecho. Verdad y justicia son metas, horizontes, anhelos, que deben partir de la caridad. El abuso es siempre injusto y se basa en el engaño, en la mentira, es sometimiento de un poderoso sobre un inerme. La codificación de leyes y los procesos legales, incluyendo los penales, tienen como objetivo justamente servir a la verdad y ver por los débiles. Cuando la comunidad cristiana se concibe a sí misma como instancia que hace cumplir la ley y que se somete a la ley, civil y canónica, se compromete frontalmente contra el abuso, desde una plataforma firme y luminosa.
d)    La pastoral. La vida cotidiana de las comunidades eclesiales es el ámbito natural y necesario de donde debe partir toda reflexión, toda ciencia, toda ley, toda experiencia, pero también a donde todo debe desembocar. Las conferencias episcopales, los institutos de vida consagrada, las diócesis, las parroquias, los movimientos, asociaciones y pastorales, en fin, todas las instancias eclesiales, nos vemos obligados a hacer vida cotidiana la prevención como un estilo de vida y la intervención como un acto de justicia y caridad, inductiva y deductivamente. Nos debemos organizar, nos debemos poner de acuerdo, debemos verificar que las cosas no se queden en teoría, debemos tener una pastoral organizada y eficaz en la que sobresalga una opción decidida por la prevención. La mentalidad y la acción de toda la Iglesia, y de cada uno de sus miembros debe confluir en una misma dirección: el bien de todos, especialmente de los más débiles.
3.     Escuchar a las así llamadas víctimas, no como objetos de compasión, no como instrumentos de análisis, no como banderas exhibicionistas de autoafirmación o autojustificación, sino escuchando en ellas y en ellos la voz que Dios nos está dirigiendo y que es el único factor eficaz de verdadera y profunda transformación y conversión personal y eclesial. Quien no ha escuchado a las víctimas y no ha llorado con ellas, no podrá entender nunca y nada del abuso. Me inclino con veneración y expreso mi profundo respeto y admiración ante el testimonio de los sobrevivientes. Son ellos y ellas quienes están marcando la verdadera diferencia.
La prevención es una realidad que está a final de cuentas empezando, es una página nueva en la historia de la Iglesia, aunque esté arraigada en el mismo Evangelio; estamos iniciando una etapa, que ciertamente no nos llevará seguramente a la erradicación permanente del problema, pero que nos está conduciendo a poner en el centro a las víctimas y a contribuir a la construcción de nuevos ambientes, en los que finalmente la Iglesia pueda ser un hogar seguro para todos, siempre y cuando seamos todos quienes nos comprometamos: nadie está al margen o fuera de la responsabilidad.
¿Qué me llevo? Esperanza.

miércoles, 10 de julio de 2019

Toy Story 4 (apto sólo para quién ya la vio hasta el final)


Este es el segundo review que hago de una película, el primero fue de Roma, el cual pueden leer en este mismo blog. Aquella fue una experiencia interesante pues, a diferencia de otros textos, provocó ciertas polémicas (aunque no tantas como el de Mi apología a AMLO). No me defendí ni justifiqué, ahora digo que sólo he tratado de manifestar un punto de vista tan subjetivo como lo es mi subjetividad. Trato de poner por escrito reacciones interiores, emociones personales, modos de pensar, historias vividas, perspectivas… todo subjetivo, ni un solo dogma de fe.
¿Te has tratado de poner en los zapatos de un juguete (en este caso en las botas)? ¿qué tipo de relación es la que puede establecer un muñeco con “su” niño? Imagínate (ya estoy en las botas de Woody): "mi esencia como juguete, la misión de mi vida, es justamente ser el juguete de un niño y por ello, ser parte imprescindible, no sólo de sus recuerdos, sino de su mismo desarrollo como persona; soy una extensión de su conciencia y de su cuerpo, soy una proyección de sus fantasías, las cuales forman parte de su realidad objetiva, a través de mí se desarrolla en parte el modo como se irá relacionando con los demás; la tarea más importante que un niño tiene en la vida es jugar, no tanto hacer la tarea. Por eso, ser juguete no es cualquier cosa, es algo que un juguete se lo debe tomar muy en serio".
Woody no puede olvidar a Andy, no es para menos, con él cumplió fielmente su misión y pudo ver frutos, es un buen muchacho, con un buen corazón; ahora trata sinceramente de ser lo mismo para Bonnie; sin embargo, para ella, Woody ya no es el centro, lo deja frecuentemente encerrado en el armario, prefiere jugar con los otros juguetes y, por más que Woody trata de racionalizar y tomar iniciativas que rayan en lo excesivo, lo que se está poniendo en juego es su misma identidad de juguete. Nunca es fácil equilibrar los apegos y las rupturas.
Para acabarla, es el mismo Woody quien provoca, por así decirlo, la aparición de un nuevo personaje, sí, el polémico Forky, construido por Bonnie en el kínder, el cual se convierte en el centro del universo de Bonnie, pasa a ser el número uno y casi casi único en su corazón.
Nuevamente en las botas de Woody: "Puedo encontrar razones objetivas que justifican el menosprecio que Forky tiene por sí mismo y su empecinamiento por regresar a la basura, de donde vino; entiendo las razones que Forky tiene para experimentar su alto nivel de baja estima y su incapacidad de sostener relaciones; reconozco perfectamente los motivos por los que Forky posee esa arraigada dificultad por darse cuenta de que ya no es un híbrido “spork”, sino todo un juguete. Lo que no puedo entender es por qué Bonnie lo prefiera a él y por qué un ser tan inferior a mí se convierta en mi peor rival".
Justamente por eso, y nuevamente en mis zapatos, admiro el talante de Woody que, a pesar de todo, se echa a cuestas la misión de cuidar, defender, educar, acompañar y salvar a Forky, y de hacerlo crecer en su altísima dignidad de persona, digo, de juguete. No fue fácil, corrió muchos riesgos y aventuras (lo que colateralmente nos divirtió a la mayoría), se desesperó, titubeó, se arriesgó, salió de sus casillas, pero cumplió su misión: lo rescató, en el más alto y profundo sentido de la palabra, y lo condujo a que adoptara su real esencia: ser de Bonnie y para Bonnie.
A veces necesitamos ser el Woody de un Forky. Descubro que, desde mi vocación humana, pero también pastoral, estoy llamado a ocuparme de los demás, a hacerme cargo especialmente de los más débiles, aunque eso implique hacer a un lado las simpatías o antipatías que pueda sentir, el autoconcepto de mi persona y misión, la historia muchas veces dolorosa de mis apegos y rupturas e, incluso, entregarme generoso a duros sacrificios, como desprenderme de algo tan valioso para mí como mi propia caja de voz. No importa, vale la pena ir al rescate de tantos Forkies que me rodean y que, aunque a veces no quiera verlos o me nazca menospreciar, me necesitan. A ningún ser humano puedo ver como rival o como inferior a mí.
A veces necesitamos ser el Forky de un Woody. Pero también, no puedo negar que #todossomosforky. No sé por qué la mayoría de los seres humanos, entre los que me incluyo, tenemos tan arraigada una baja estima que nos hace pensar que somos basura y que constantemente nos empuja, como fuerza incontrolable, a la basura, lugar a donde a final de cuentas creemos pertenecer. No entiendo tampoco por qué nos cuesta tanto darnos cuenta de nuestra dignidad y misión, tendemos a minusvalorarnos, a pensar que no podemos ser importantes para alguien, sólo porque no estamos siquiera seguros si somos cuchara o tenedor (yo, personalmente, no creo que se refiera a cuestiones de género). Es por eso que nos debemos dejar ayudar, que alguien vea por nosotros, nos guíe, nos defienda, camine con nosotros esos kilómetros de carretera y nos cargue cuando no podamos más; está bien, a veces nos tiene que regañar y a veces se desespera, pero ahí está; Dios a mí me ha mandado muchos Woodies que me tienden la mano y que han sabido cómo hacerme sentir un juguete digno, aunque tenga pies de cucharita de madera para nieve.
Podemos seguirle: entender y admirar a Gabby Gabby, y saber que su aparente demencia y perversidad tienen en el fondo una terrible soledad y un defecto de fábrica, pero que fue capaz de dar el paso decisivo por su libertad interior y entregarse a ser pertenencia de una niña perdida; solidarizarnos con Duke Caboom, el canadiense, tan varonil y con tantas expectativas generadas y que sin embargo es frágil y necesitado, pero valiente y decidido (y simpático). Yo conozco y admiro a muchas Bo Peeps, mujeres independientes, emprendedoras, líderes y, como dicen tanto ahora, “guerreras”; mujeres con nombre y apellido que no son meras princesas esperando ser rescatadas; la verdad, ellas también nos rescatan.
Woody opta por una ruptura y por un apego, movido por el amor, tanto a Bonnie como a Bo Peeps. No es fácil. Pero a final de cuentas, la vida está hecha de apegos y de rupturas.

Rex: Does this mean... Woody's a lost toy?
Buzz Lightyear: He's not lost. Not anymore. To infinity...
Woody: ...and beyond.

martes, 9 de abril de 2019

Palabras previas a la conferencia "Iglesia, frontera y migración", por Mons. Gustavo García-Siller, Arzobispo de San Antonio, en el marco de las celebraciones del sexagésimo aniversario de la Diócesis de Matamoros


“Así, pues, ya no son extranjeros ni huéspedes, sino ciudadanos de la ciudad de los santos; ustedes son de la casa de Dios” (Ef 2,19)
La migración no es un fenómeno social que caracterice sólo este momento de nuestra historia, sino una realidad que radica en la esencia misma del ser humano: hombres y mujeres, niños, familias, razas y etnias, grupos sociales, miembros de confesiones religiosas y políticas, se han trasladado siempre de un sito a otro, motivados por infinitas razones, pero buscando en todos los casos ambientes mejores de vida. Así fue habitado nuestro continente, a través del estrecho de Beiring, según recuerdo contaban los libros de texto gratuitos de la primaria.
Para mí fue de gran impacto ver digitalmente e imprimir la lista de pasajeros del barco Marqués de Comillas, el cual, procedente de Veracruz, llegó a Nueva York el 21 de octubre de 1935, de donde partiría para Cádiz, España. En ese barco viajaba un niño de ocho años, solo, José Luis Cerra Moreno, mi padre. Había quedado huérfano y fue enviado a España con familiares, de donde, sin embargo, regresaría a los pocos años, después de haber sufrido la guerra civil española. Sólo en dos ocasiones lo escuché hablar de eso.
Seguramente la mayoría de los que estamos aquí está ligado a historias cercanas de migración, es muy posible que nosotros mismos seamos de hecho migrantes. De alguna manera poseemos todos una especie de genoma nómada que compartimos con los migrantes de todos los tiempos y de todas las latitudes.
Uno de ellos es nuestro huésped el día de hoy, un migrante mexicano, potosino, que, trasladándose a Estados Unidos, aprendió el inglés como segunda lengua y es ahora arzobispo de una Iglesia multicultural, conformada por migrantes como él. A Monseñor Gustavo García Siller, Arzobispo de San Antonio, lo conocí en alguna etapa del Camino de la vida, en Toluca, en donde fuimos compañeros de residencia en el Curso de Verano para Formadores, calculo que en 1993 (él no se acuerda).
La reflexión y la labor pastoral de Mons. Gustavo han estado orientadas al servicio de los migrantes y refugiados mucho antes de que llegara a San Antonio; Monseñor no sólo se integró a una Iglesia Local tradicionalmente comprometida con la movilidad humana, la interculturalidad, la Teología hispana y mestiza, sino que, ahora como pastor, ha impulsado en su arquidiócesis gran número de iniciativas encaminadas a hacer vida el Evangelio: “fui forastero y ustedes me recibieron en su casa” (Mt 25,35). La Catedral de San Fernando, su catedral, históricamente ha sido siempre la casa de todos los migrantes, los cuales ahora sufren las políticas de la tolerancia cero y de la separación de las familias, entre otros retos.
En el contexto de la celebración jubilar de los sesenta años de fundación de nuestra Diócesis no podemos dejar de reconocer que bajo el cielo de nuestros municipios, de manera semejante a San Antonio, existe también una realidad global, somos una linda región irremediablemente situada a orillas del Río Bravo, en la que han estado, están y estarán siempre presentes los “forasteros” del planeta, aunque muchas veces no los veamos, o no queramos verlos: la muchacha asiática que nos atiende cuando compramos comida china en Soriana, los migrantes de Centroamérica, pero también de Cuba y de países africanos y europeos, incluso nuestros paisanos mexicanos, que se sienten extranjeros en su propia patria. Esta mañana la doctora Cirlia y los padres Sean y Francisco compartían con nosotros dramáticas y conmovedoras historias pastorales; sin duda la migración tendrá que seguir siendo una de las prioridades de la vida diocesana, de tal manera que nuestros hermanos migrantes no sean los “otros”, los invisibles, sino nuestros “conciudadanos”, miembros de la misma familia de Dios. Enseguida, pues, escucharemos a Mons. Gustavo García Siller, Arzobispo de San Antonio que, sin duda, enriquecerá con su reflexión y su testimonio el contexto de nuestra Iglesia Local en este momento de nuestra historia. Gracias Monseñor, lo escuchamos.