martes, 4 de agosto de 2020

El día del párroco en el COVID-19

Hoy es día del párroco, gracias al patrocinio de San Juan María Vianney, párroco francés del siglo antepasado. Ya he recibido algunas felicitaciones y las agradezco, pues la “cura de almas” es la dimensión que da mayor perfil a mi ministerio. Pensando en los párrocos, caigo en la cuenta que es prácticamente imposible hacer una descripción estereotipada del servicio que prestamos en la Iglesia, claro, a final de cuentas nos parecemos mucho y el Derecho Canónico y otros documentos definen con precisión nuestra tarea, pero no podemos negar que no es lo mismo ser párroco en África que en Asia o en América y Europa; los párrocos vivimos y somos iguales, pero también somos distintos hoy que en la Edad Media o en tiempos del Cura de Ars. Al interior de una misma Diócesis nos sentimos unidos, pero reconocemos nuestras grandes diferencias; también descubrimos que nuestra identidad se ve afectada por las diversas situaciones históricas por las que transitamos, justamente como ésta: el COVID-19.

La irrupción de la violencia en el territorio en donde está nuestra Diócesis de Matamoros, hace más de diez años, condujo a los párrocos a plantearnos grandes retos, directamente relacionados con nuestra identidad y ministerio. Experimentamos entonces un fuerte llamado de parte de Dios a permanecer en nuestras parroquias, mientras que muchas autoridades huían, y también otros servidores públicos, profesionistas, incluso pastores no católicos. Encontrábamos gran sentido en acompañar de esa manera nuestro Pueblo, que sufría y era presa del miedo, la comunidad parroquial se convirtió, en medio de la violencia, en espacio de paz y los pastores en portadores de esperanza. Esa experiencia configuró nuestro ministerio hasta el día de hoy.

En esta fecha, día del Cura de Ars, somos párrocos en medio de una pandemia, lo cual nuevamente conmociona nuestra estructura y nos lleva a buscar caminos que nos permitan ejercer, de alguna manera, nuestro ministerio, tan ligado a la vida sacramental y ahora tan limitado por el peligro que representa estar juntos. En medio de aquella violencia, que no tiene para cuando terminar, desaparecieron las iniciativas pastorales nocturnas, poco a poco se habían estado recuperando, no del todo, pero las comunidades no dejaron de participar de la Eucaristía y de la vida sacramental. En esta ocasión los sacramentos están en suspenso, pero la gracia de Cristo ha ido encontrando otros cauces para vitalizar los corazones de los fieles.

No olvidamos que, en medio de esta complicada situación, la vocación pastoral permanece intacta, seguimos a cargo de nuestro pueblo y buscamos, a como Dios nos da a entender, el modo para cumplir nuestra misión, aun en medio del confinamiento; hemos entrado a un interesante proceso de aprendizaje, nos hemos ido haciendo expertos en los caminos electrónicos por los que circula la gracia y se construye la comunión, el Señor se ha encargado de producir frutos abundantes. En lo personal, además de las acciones que haya podido emprender, quiero compartir que, estando la vida sacramental de alguna manera entre paréntesis (no así la gracia), la Palabra de Dios ha resonado poderosamente en mi corazón; prácticamente todos los días leo el Evangelio como si no lo hubiera leído antes, descubro que Dios ha estado elocuente y que dirige su Palabra al Pueblo con renovada frescura, iluminando, como nadie puede hacerlo, el difícil camino por el que todos transitamos, ensombrecido por la enfermedad y por la muerte. Será un reto reiniciar el año pastoral, en medio de una pandemia que ha tardado más de lo que supusimos, sin embargo, la experiencia fundamental no se modifica: Dios sigue guiando a su Pueblo, continúa ofreciéndole la fuerza de su gracia y lo ilumina con la fuerza de su Palabra.

Celebrar el día del párroco 2020, a puerta cerrada, en la conmemoración del Santo Cura de Ars y en medio del COVID-19, sí tiene sentido. Oren por sus párrocos, nosotros estamos orando por ustedes.


lunes, 30 de marzo de 2020

LA EUCARISTÍA EN TIEMPOS DE PANDEMIA. CON LARGA INTRODUCCIÓN


Hoy es el onceavo día y ayer el segundo domingo sin Eucaristía en nuestras Parroquias.
Desde que éramos bebés, mis papás nos llevaron a Misa a mis hermanos y a mí todos los domingos, de modo que no puedo pensar en el domingo sin la Misa. Los domingos se va a Misa. Esa ha sido una de mis más arraigadas costumbres. Después de Misa, en la Capilla de Lourdes en Torreón, en los años sesentas y setentas, mi papá nos compraba un elote o una raspa o un burrito y nos daba nuestro domingo (yo creo que, en gran parte por eso, desde nuestra mentalidad infantil, mis papás nunca batallaron para llevarnos a la Iglesia). Teníamos nuestra banca familiar, era del lado izquierdo, más hacia atrás que adelante, saludábamos a la misma gente de la Colonia Nueva los Ángeles, nos acostumbramos a las Misas del P. Romo, que era rector del Seminario. Igual en la Parroquia de San José en Ciudad Victoria y luego en San Francisco de Asís en Matamoros, siempre del lado izquierdo, más hacia atrás que adelante, toda la familia en la misma banca.
A mí me gustaban mucho las predicaciones del P. Robledo, llenas de erudición y de teología. En las solemnidades, cada año predicaba lo mismo, pero nunca se me ocurrió pensar: “eso lo dijo el año pasado”, al contrario, me gustaba que repitiera las cosas como si fuera la primera vez; quién sabe por qué se me quedó especialmente grabada la homilía que hacía en Epifanía: cuál era el fundamento científico de la estrella, quiénes podían ser los Magos, de dónde posiblemente eran, la simbología de los regalos que llevaron al Niño; una sola vez fue a Tierra Santa el P. Robledo, pero no perdía la oportunidad de introducir en las homilías alguna referencia geográfica, haciendo gestos con las manos hacia el norte o hacia el sur.
Adolescente, ya con independencia y vida propia, según yo, dejé de ir a Misa con mi familia y me iba a Catedral, a misa de una, con el P. Ruperto, yo solito. Me sentaba del lado derecho, hasta adelante (ahora voy cayendo en la cuenta de que sí me tomaba muy en serio eso de la independencia y vida propia); el P. Ruperto ha sido un gran orador, ardiente, apasionado, convincente, tenía la Catedral llena de jóvenes; mucho tiempo después, ya como sacerdotes los dos, me di cuenta personalmente cómo preparaba con amor, responsabilidad y cuidado sus homilías. En el grupo de jóvenes en el que participaba, Corporación de Estudiantes Mexicanos, dirigida por el P. Ramírez, siendo entonces yo responsable de la “Secretaría de Espiritualidad”, propuse hacer un “rol de misas”, es decir, que cada día uno de los miembros del grupo, de acuerdo a una lista, nos comprometiéramos a ir a Misa entre semana; sin embargo, al revisar los sábados siguientes si habíamos cumplido con el compromiso, me daba cuenta que algunos no lo hacían, así que internamente tomé la decisión de ir yo todos los días a Misa, a San Francisco, para asegurar que se cumpliera el “rol”, tenía 16 años. De ese tiempo recuerdo la sorpresa con la que empecé a disfrutar el Salmo Responsorial, fue un descubrimiento la belleza de esas oraciones poemas, pero también la lectura continua de las lecturas, de acuerdo con los ciclos y tiempos litúrgicos (bueno, entonces no sabía que había “ciclos litúrgicos”).
Puedo decir que mi participación en la Eucaristía dominical a lo largo de mi vida y entre semana, ya en mi adolescencia y primera juventud, fue decisiva en mi decisión de entrar al Seminario.
Nunca en mi vida fui monaguillo, nadie nunca me invitó, jamás se me ocurrió esa posibilidad, ni pasó por mi mente; en el Seminario, un servicio que todos los seminaristas prestamos es justamente “acolitar”. Yo no sabía hacerlo. Un día antes que me tocara en la lista por primera vez, anoté todo lo que el monaguillo hizo en Misa, lo estudié y lo traté de aplicar, menos lo de llevar agua para la purificación, pues en ese momento había estado orando después de comulgar y no me fijé; fue un momento incómodo, pero gracioso, cuando el P. Monjarás se quedó esperando el agua con el cáliz estirado y no se la llevé, me dijo en voz baja: “el agua”, no le entendí, otra vez: “el agua”, le llevé el agua para lavarse las manos, “no, la otra”. Ese día comenzó mi historia de amor con el altar, nunca había estado tan cerca de él, nunca me había subido al presbiterio, nunca había prestado un servicio en la Eucaristía. Como seminarista, fue el inicio de abundantes experiencias: misiones, exequias, celebraciones de la Palabra, Semanas Santas, presidiendo o acolitando, de modo que en el proceso de mi vocación fue creciendo y fortaleciéndose el anhelo de algún día presidir la Eucaristía, que desde niño valoraba y formaba parte de mi ser. Ya como formador y director espiritual en el Seminario, traté que los muchachos apreciaran y valoraran la celebración diaria de la Eucaristía, la presencia permanente de Jesús en el Santísimo en la capilla, las Horas Santas y las experiencias que como seminaristas tuvieran en las Parroquias de la Diócesis, sólo Dios sabe con qué frutos; muchos de esos muchachos son ahora sacerdotes y presiden la Eucaristía y muchos que no lo son, los veo con sus familias, asistiendo a Misa en sus parroquias, en su banca familiar y orando ante el Santísimo.
Mis tres Parroquias: la Asunción, San Juan y Guadalupe. Sí, en todas ellas, según su propio estilo e historia, y en lo que me han permitido los dones que Dios me da, mis limites humanos y mis errores, ha habido evangelización, ministerios, pastorales, movimientos; en todas le hemos metido a la construcción, a la organización, a la logística; me he tratado de relacionar con la gente, han nacido amistades, me he sentido amado, me he sentido útil; por cada una de ellas he desarrollado una caridad sincera, pastoral, esponsal y de servicio. Mis amadas comunidades. En cada una de ellas he percibido, con mucha fuerza y claridad, que la columna vertebral de la vida y de la pastoral de la Parroquia es sin duda la Eucaristía dominical. Yendo de una capilla a otra en la Asunción, amalgamando los ministerios y los tipos de auditorio en San Juan, recibiendo a las multitudes en Guadalupe. En las Misas de los domingos se hacen presentes las familias, se expresa la vida pastoral y ministerial, se reciben los impulsos para continuar construyendo la Iglesia y una nueva sociedad; es en la Eucaristía dominical donde Jesús evangeliza y alimenta a su Pueblo, les comparte su Espíritu, congrega, une, envía. Hasta los complementos son importantes: las gorditas y mi café después de Misa de nueve en la Asunción, la visita al San Benito entre Misa y Misa y el elote en las banquitas después de Misa con niños en San Juan, la barbacoa después de Misa de siete en Guadalupe: igualito que mi elote, mi raspa o mi burrito después de la Misa en Torreón, cuando era niño.
En una entrada de este blog alguna vez escribí: “Qué gozo cuando los niños participan y veo que les gusta venir a la Iglesia y me dan la paz; qué alegría cuando desde el presbiterio alcanzo a reconocer a las familias que vienen completas y que tienen su banca preferida; cuánta admiración me merecen los ancianos y los enfermos que desafían todo tipo de obstáculos y, haciendo enormes esfuerzos, nunca faltan... No me cansa la maravilla de ver mujeres embarazadas que con sus esposos se acercan a comulgar, con su mano en el vientre, el cual crece de domingo a domingo y de repente llegan con su bebé en brazos; amo ver a los esposos que comulgan juntos…
Agradezco mucho y reconozco la virtud de aquellos a los que no les gusta venir a Misa y se aburren, pero vienen porque son obedientes a sus papás y eso es bueno, o porque traen a personas enfermas o ancianas y eso es virtuoso, o porque su novia los obliga y eso es muestra de amor. Sé que de muchas maneras Dios va actuando…”
Agradezco a Dios que todos los hermanos sacerdotes con quienes me ha tocado compartir el servicio en las tres comunidades, han sintonizado con este espíritu y han puesto de su parte todo lo necesario para que esta experiencia haya tenido tantos frutos a lo largo de los años. Gracias a cada uno de ellos.

Desde que hice la Primera Comunión a los seis años, nunca tuve dificultad en entender que Jesús nos habla en su Palabra, que se hace presente en la Consagración y que estamos sentados con él y los apóstoles en la Última Cena, esto ha sido lo normal, ha sido parte de mis introyectos espirituales fundamentales hasta hoy, cincuenta años después.
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Seguramente todavía es demasiado pronto para sacar conclusiones teológicas, pastorales y espirituales de lo que ahora estamos viviendo en relación con la pandemia del coronavirus; sin embargo, justamente por todo lo que he compartido, suspender las Misas dominicales y las actividades pastorales en las Parroquias ha sido una de las decisiones más difíciles, pero necesarias, en las que me ha tocado participar. Algo inaudito, impensable. Al mismo tiempo, nuestra Diócesis está unida a gran parte de la Iglesia universal que vive la misma situación. Ayer domingo no hubo Misa con asistencia de fieles en la inmensa mayoría de las parroquias del mundo, tocando así la esencia misma y la vida misma de nuestras comunidades. Pareciera que una Iglesia sin Eucaristías comunitarias dominicales no fuera siquiera Iglesia.
Decía el Evangelio del Miércoles de Ceniza: “Cuando ayunen, no se pongan tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que la gente vea que están ayunando. Les aseguro que ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu cara, para que no muestres a los demás que estás ayunando, sino tu Padre que está en lo secreto, y tu Padre, que ve lo secreto, te premiará” (Mt 6, 16-19).
Esta Cuaresma el Señor nos ha pedido un ayuno inesperado y doloroso, un ayuno que se extenderá seguramente a la Pascua, nos pide que ayunemos ni más ni menos que de él, de la Eucaristía, nos pide que ayunemos de reunirnos como hermanos en nuestras comunidades, en nuestros templos parroquiales. Es un ayuno duro y difícil para todos, fieles y pastores, por eso hay que perfumar nuestra cabeza y lavar nuestra cara, que las dificultades las sepa sólo nuestro “Padre, que ve lo secreto…”
Porque, además, y en la misma línea, con mucha sinceridad, quiero compartir que, en medio del dolor del ayuno, también existe la consolación espiritual: así como nos sorprendió el virus, en la misma medida me ha impresionado en este contexto el efecto de las redes sociales y de la mensajería instantánea, las cuales han marcado la gran diferencia; no temo decir que han sido providenciales al momento histórico que vivimos como especie. En la palma de nuestra mano y con la hábil operación de nuestros pulgares, tenemos la información más actual, recibimos notificaciones útiles y pertinentes en relación a nuestro trabajo y actividades sociales, entramos en comunicación con la familia, con amigos, con compañeros de trabajo, superiores y colaboradores, se toman decisiones, se llevan a cabo iniciativas, nos divertimos, nos relajamos, aprendemos a relativizar las cosas, lloramos, nos reímos, en fin, hacemos y construimos comunión, una comunión que va más allá de nuestro contactos y grupos de WhatsApp y de nuestros amigos y seguidores de Facebook.
Repito, es muy pronto para sacar conclusiones, con el tiempo se hará, pero no salgo de mi estupor al ver las redes llenas de Eucaristía, una manera nueva de celebrarla. En la palma de nuestra mano están las Misas del Papa en Santa Marta y pudimos asistir al conmovedor “Momento extraordinario de oración en tiempo de epidemia” presidido por el Santo Padre en la Plaza vacía, pero llena de todos nosotros, en San Pedro, momentos de gran privilegio. Al mismo tiempo, me asombran y me divierten los esfuerzos que estamos haciendo los párrocos y los sacerdotes para celebrar la Misa con nuestros fieles. No sabemos transmitir, estamos aprendiendo, las Misas del Papa en YouTube se ven infinitamente más bonitas, las nuestras, en cambio, muchas veces son transmitidas con poca iluminación y resolución, con sonido deficiente, con tripiés frágiles y chuecos, se oyen los perros, la silla que se cae, el abanico, las notificaciones que llegan al celular; sin embargo, tengo el consuelo espiritual de que a través de mi teléfono llega la Eucaristía a mis fieles, a los fieles de mi Parroquia y más allá. Todos mis hermanos sacerdotes igual.
¿Bastaría sólo la Misa del Papa o del Obispo? Quizá, pero nuestros fieles buscan la Misa de sus Parroquias, la que celebran sus párrocos y vicarios, a las que están acostumbrados, a las que quieren asistir, junto con los hermanos de la comunidad en la que sirven. En la transmisión de Facebook Live llueven en los comentarios los Amén, las intenciones, las acciones de gracias, los corazoncitos y los deditos arriba de hermanos y hermanas a quienes amamos y con quienes nos sentimos en esos momentos verdaderamente unidos. No, las redes no están saturadas: aunque estemos lejos, creo que pocas veces habíamos estado tan cerca y en una comunión tan estrecha y solidaria.
La vida es un proceso de conocimientos acumulativos y progresivos, en la historia de mi relación con la Eucaristía, desde mi infancia hasta hoy, la etapa del coronavirus será sin duda un momento que consolide, pero que también haga crecer el valor que debo darle a la Eucaristía dominical en la comunidad, como parte esencial de mi misión, como cristiano y como pastor.
Yo mismo decía en una publicación de Facebook, el 21 de marzo: Aún en la reclusión, somos una Iglesia en salida. Las redes sociales son los nuevos caminos, las nuevas brechas, los nuevos senderos por los que hacemos misión y vamos casa por casa, celular por celular, “vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Noticia a toda criatura” (Mc 16,15). Anhelo el día en que podamos vernos nuevamente en Misa, será una inmensa fiesta, parecida a la gran Eucaristía que celebraremos en la Vida Eterna.

lunes, 23 de diciembre de 2019

LOS DOS PAPAS


Ya vi la película de Netflix Los dos Papas y, de todo corazón, quisiera compartir algunos pensamientos y reacciones personales, como ya he hecho en algunas ocasiones en este blog sobre otras cintas. Hablaré de perplejidad más adelante, pero ahora mismo ya la experimento, no quise caer en spoilers, pero creo que algunas consideraciones tal vez lo sean. Yo creo que este texto puede ser leído antes o después de haber visto la película, pero también sin pretender verla, otra prudente opción sería ni siquiera leerlo. Bajo su cuenta y riesgo.
No hay que dejar de pensar que es película de ficción. Aunque dice que se basa en hechos reales; aunque por supuesto la obra tenga sustentos históricos y documentales; aunque ambos actores, Anthony Hopkins, como Benedicto, y Jonathan Pryce, como Francisco, hayan hecho un estudio profundo del carácter de los Papas a quienes representan y lo hayan hecho de manera extraordinaria; aunque muchas escenas sean cuadros que representan fielmente imágenes que nos son muy familiares porque las hemos visto por televisión. No pude haber visto nunca el chaleco de lana de Benedicto, pero estoy seguro de que tiene uno así, no puedo dejar de pensar tampoco que la pijama de Francisco debe ser igualita a la que de hecho él usa. A pesar de todo esto, repito, la película es ficción.

La cinta ciertamente no hace justicia ni a Benedicto ni a Francisco, no los retrata de manera estricta, hay excesos y omisiones, pero la pretensión ni de Anthony McCarten, su escritor, ni de Fernando Meirelles, su director, fue hacer una obra histórica. Sin embargo, cada uno de los Papas ciertamente representa teologías, ideologías, prácticas eclesiásticas, modos de ser y de ejercer la autoridad, todo lo cual efectivamente coexiste en la Iglesia y nos es muy familiar, tanto a pastores como a fieles laicos. El real Benedicto no es un intransigente defensor a ultranza de un dogma inamovible, ni ejerció su autoridad con notas de ambición e intolerancia; por el contrario, ha sido un gran teólogo que ofrece maduramente novedosísimos modos de entender el misterio cristiano y un prudente pastor que dio inicio a verdaderas y necesarias reformas.

El verdadero Francisco no es un reformista a ultranza, un inventor revolucionario que viene a cortar de raíz todo aquello que huela a tradición, imponiendo nuevas doctrinas que contradicen o se colocan en conflicto con el corpus doctrinal y moral de los siglos precedentes, no; ciertamente Francisco está en la línea de la tradición y profesa las verdades que la Iglesia ha proclamado y defendido siempre, es prudente y ejerce un liderazgo claro y bien delineado. Sin embargo, y siempre con mucho respeto, cada uno de los Papas sí que representa, aunque no de manera pura, una respectiva ala en la Iglesia: tradición y reforma, nadie lo puede negar, tanto en la película como en sus históricos pontificados.
Obviamente esa no es la tesis central de la película, por lo que no creo que valga la pena descalificarla por su falta de “objetividad” histórica, ni por justificar o condenar el tradicionalismo o el reformismo en cuanto tales. Tanto la cuestión histórica, como el tema de la tradición y la reforma, en todo caso, han de situarse en un contexto mucho más amplio: los prolongados diálogos no sólo nos llevan a ir tomando posiciones teológicas o ideológicas, sino que sobre todo nos permiten contemplar el desarrollo de una relación entrañable entre dos viejos servidores de Dios, que a lo largo de su vida no han buscado otra cosa sino hacer la voluntad de Dios lo mejor que han podido. Eso, a final de cuentas, es lo que los une y lo que va a permitir la transición y eso, también, fue lo que más me conmovió de la película.
El gancho afectivo entre ambos no fueron las discusiones ganadas o perdidas, sino el hecho que ambos abrieron la vulnerabilidad más grande que los agobia, fue en eso que coincidieron. Tanto los vínculos de Bergoglio con Massera y con Videla, como sus polémicas y nunca bien entendidas actitudes durante la dictadura como provincial de los jesuitas, provocaron en el interior del futuro Papa un conflicto de conciencia que nunca lo dejó. Ratzinger también; tuve la sensación de que se oyó incluso macabro, sórdido, cuando Benedicto pregunta: “¿Recuerda al padre Maciel?”, su seguridad, la claridad de su mente, su fría logística sucesoria, se transformaron en una sombría vergüenza y en una culpa, que el Papa, por vez primera, tiene la humildad y el valor de reconocer y expresar.
Todos los que estamos en el camino de la fe y prestamos un servicio en la Iglesia podemos entender que, queriendo hacer el bien y agradar a Dios, hay ocasiones cruciales en las que las cosas no resultan tan claras y que aquello que pensábamos que era correcto, provoca el efecto contrario. Buscando la verdad, caemos en la mentira o en el error, queriendo la justicia, a final de cuentas somos injustos, deseando practicar la caridad y obtener el bien para los demás, provocamos dolor y escándalo. ¿Gracia o pecado? La perplejidad va acompañando la vida humana, también la vida espiritual y el camino pastoral, y tiene repercusiones directas y dramáticas en la fe. El hecho que dos Papas tengan conflictos en su fe y sientan que Dios no les habla, no es exclusivo de pontífices o cardenales, ni siquiera de obispos o curas, sino de todos los cristianos, lo cual, sin embargo, representa el punto de unión afectiva entre Ratzinger y Bergoglio, no las ideas o el modo de practicar la autoridad. En mi caso personal me sentí profundamente implicado en esa dinámica y creo que eso fue lo que provocó el más fuerte impacto en mi sensibilidad. Tradición y reforma se unen en la vulnerabilidad humana, la cual conduce a la continuidad y a una fuerte y entrañable amistad, eso, según yo, es el principal “signo” que Dios ofrece a sus siervos.
Además de eso, y como un suculento complemento, creo que no resulta circunstancial todo el aspecto lúdico de la relación entre los protagonistas: las aficiones a la música de Benedicto y al futbol de Francisco, el gusto por la pizza, el vino, la cerveza y la fanta de naranja, su común pero diversamente entendido sentido del humor, Dancing Queen y Abbey Road, son elementos que no sólo dan equilibrio a la película, sino que indican que, aunque aparentemente accidentales, la vida se compone no sólo de teologías y cosas serias, sino también de esos momentos divertidos que son capaces de unir almas, como el tango; en ese sentido, fue una gozada enorme la escena de la comida en el “cuarto de las lágrimas”, pero sobre todo, la gran final Alemania – Argentina de 2014, gran final también de esta película que me impactó, me emocionó, me hizo pensar y me divirtió.