Ellos, como nosotros, celebraban el Domingo de Ramos; como nosotros, escuchaban el relato de la Pasión, cuando inesperadamente en sus Iglesias, que eran como la nuestra, estallaron sendas bombas. La pasión de Jesús se hizo entonces la pasión de los fieles de las Iglesias Coptas de San Jorge y San Marcos en Egipto. El mismo odio sinsentido del que fue víctima Jesús, se trasformó en irracional odio terrorista que atentó contra inocentes. La sangre de Jesús se ha mezclado con la sangre de nuestros hermanos coptos, haciendo desgarradoramente actual tanto el Evangelio como la fiesta de hoy. ¡Hosanna al Hijo de David!
domingo, 9 de abril de 2017
sábado, 7 de enero de 2017
TIERRA SANTA Y ROMA 2017
Vamos a la casa del Señor.
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales Jerusalén!”
(Salmo 122)
Cuántas veces hemos cantado en nuestras celebraciones litúrgicas este Salmo, sin duda nuestro canto de entrada más popular. El Pueblo de Dios lo cantó todas las veces que en caravana llegaba a la Ciudad Santa, a la Ciudad de Paz. Cada vez que llegaban a sus “umbrales”, el corazón de las tribus de Israel latía de emoción y las lágrimas llenaban sus ojos. No sólo el pueblo de Israel, también musulmanes y por supuesto nosotros los cristianos reconocemos la ciudad de Jerusalén como Ciudad Santa y a ella peregrinamos. Antiguo y Nuevo Testamento dan testimonio que dentro y fuera de sus muros la presencia de Dios es presencia de Salvación.
También llamamos “Santa” a toda la tierra que Jesús pisó y en la que desarrolló su ministerio, en la que llamó a sus discípulos, proclamó su mensaje, realizó sus milagros, se acercó a los pobres y enfermos. Con mayor razón llamamos “Santa” a la tierra en que Jesús entregó su vida por nosotros en la cruz, resucitó y ascendió a su Padre, por nuestra salvación.
Peregrinar a Tierra Santa representa para nosotros una valiosa oportunidad de recorrer con nuestros pies los lugares ligados con nuestra salvación, de orar en los sitios en los que Jesús mostró su amor y misericordia por nosotros, de tener una experiencia de fe compartida en comunidad en una Tierra que no deja de ser símbolo de la paz y la justicia a las que espiramos y queremos construir
Dios quiera que nos animemos a peregrinar juntos a Tierra Santa y a Roma en octubre de 2017 y que juntos podamos cantar entrando a Jerusalén “Qué alegría cuando me dijeron…”, seguramente nuestro corazón latirá fuerte y nuestros ojos se llenarán de lágrimas.
viernes, 11 de noviembre de 2016
EL CHINO Y YO
Parafraseando a Serrat, mi santa madre diría: "cuídate mucho, Pepito, de las malas compañías". Madre, de ésas no he tenido. No las conozco. En el Camino me han alcanzado y he emparejado sólo a buenos peregrinos, ninguno patológico. Todos, todos, han dejado joyas preciosas en mi alma; me constituyen al noventa por ciento. Los enriquezco y me enriquecen. ¡Ay del solo! ¡Pobre del solo! ¡Compadezco de corazón al solo! Mis amigos son luces y colores. Hay claveles y toros, delicadas telas de encaje y montañas robustas, figuras manieristas de Lladró y mares indomables.
El Chino y yo somos dos hombres que han vivido juntos por tres años, con evidentes diferencias: de edad, de ámbitos de responsabilidad, de personalidad y de costumbres; de horarios, de gustos, de alimentación, de sentido del pudor y del humor; de espiritualidad, de manías y de obsesiones, de modas al vestir y de decibeles al reír; distintas velocidades, distintas visiones, distintas perspectivas y distintos puntos de vista, también pastorales; de la cantidad de cabellera, ni hablar.
Pero somos también idénticos. Compartimos en igual grado el mismo sacramento que nos hace hermanos. Amamos por sobre todas las cosas al mismo Padre, manifestado en Jesucristo, al que los dos seguimos alegres como discípulos y como hermanos. Con Jesucristo, el Chino y yo somos cabeza y pastor en la Iglesia. Ambos nos sentimos igualmente herederos de un bellísimo Pueblo Santo, a quien amamos de modo idéntico y a quien servimos con indescriptible gozo. Y, miren, a decir verdad, estamos igual de locos.
Ahora el Chino se va de la Parroquia y de la casa parroquial, ¡me da tanto gusto!, no porque se vaya, claro, sino porque está viendo cristalizado el sueño de todo muchacho que entra al Seminario y de todo sacerdote desde el día de su ordenación: ser pastor de su propia comunidad. Adivino su alegría, pero también sus dudas y sus incertidumbres; ser por primera vez párroco es atractivo, pero no fácil, ha acariciado este sueño por mucho tiempo y, cuando por fin se va a realizar, sobreviene una especie de parálisis, de shock, de pavor. Cuánto cuesta dejar a las personas a las que se ama y por las que se ha entregado el sacerdote por un tiempo, se le parte a uno el corazón.
Estoy seguro que el Chino será un excelente pastor, porque descubro que cuenta con las dos principales condiciones para serlo: ama a Dios y ama al Pueblo de Dios, así de sencillo; los límites humanos que pueda haber se compensan totalmente. El servicio pastoral como párroco será continuación de su servicio pastoral como vicario, aunque cambie el ámbito de sus responsabilidades.
El Chino ha sido mi hermano, mi amigo y mi hijo; he aprendido mucho de él, muchas joyas, luces y colores ha dejado en mi corazón, lo voy a extrañar muchísimo, como sé que también sucederá a tantísimas personas y familias de Río Bravo, cuántos testimonios seguramente habrá escondidos en los corazones de la comunidad. Sé que él también aprendió mucho; a todos los miembros de la comunidad parroquial, a sus movimientos, grupos y pastorales, niños, jóvenes y adultos, nos queda la inmensa satisfacción de haber enseñado al Chino a ser Párroco; el estilo de su servicio pastoral en este futuro tan próximo, aunque él no lo diga, tendrá la huella de nuestra Parroquia de Nuestra Señora de San Juan.
Chino, compañero peregrino de esta etapa de la vida… ¡Buen Camino!
miércoles, 12 de octubre de 2016
REFLEXIONES SOBRE "PRINCIPIO Y FUNDAMENTO"
Este texto lo escribí en 1998, cuando hice los Ejercicios Espirituales de San Ignacio en Manresa, el lugar donde San Ignacio justamente los escribió.
"El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden. Por lo qual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados." [EE 23]
Hay dos posibilidades, o que yo responda al fin para el que
soy creado, es decir, alabar, hacer reverencia a Dios nuestro Señor y mediante
esto salvarme, o vivir para alabarme, hacerme reverencia y servirme como Señor
de mí mismo y mediante esto perder mi alma.
Hay otra doble posibilidad: que use o me quite de las otras cosas que hay sobre la haz de la
tierra tanto cuanto me ayuden o impidan alcanzar el fin para el que soy
hecho; o que, por el contrario, use de las
otras cosas para el fin o los fines que yo mismo me he fijado, en cuyo caso,
las otras cosas, más que medios de
trascendencia, son utilizadas con fines egocéntricos y medios de mi propia perdición.
Mi constitución antropológica y teológica no tiene su fin en
sí misma, sino en Dios. No responder a esta constitución, fin, representaría
una real frustración constitutiva, antropológica y teológica de mi ser. Sería
yo un proyecto abortado, frustrado.
Sin embargo la autotrascendencia del amor teocéntrico (o
consecución del fin para el que soy criado), lejos de ser un mecanismo
automático y necesario, como podría ser el instinto de conservación o la
supervivencia de las especies, posee una mediación indispensable para que se
verifique: la libertad del hombre. Sin libertad el hombre no se trasciende.
Ahora bien, esta libertad se encuentra condicionada por
innumerables factores, tanto fisio-biológicos (la nuestra es una naturaleza
imperfecta), como psicológicos (nuestro desarrollo se ha visto dañado de modo
que nuestra personalidad se encuentra herida), como teológicos (el pecado
original, la concupiscencia y los pecados personales). Los tres aspectos están
íntimamente relacionados y se alimentan
recíprocamente.
Lo que es opuesto a la consecución del fin para el que soy
creado se llamaría soberbia, que se ha dado de un modo puro y típico en el
pecado de los ángeles. Mi soberbia nunca es total, pero sí real. El pecado de
los ángeles me ayuda a entender la naturaleza de los grados y alcances de mi
soberbia y sus consecuencias. Todo pecado es contra el primer mandamiento,
fundamentalmente. Los ángeles rechazaron amar a Dios: “non serviam”; Adán y Eva
rechazaron amar a Dios, buscaron ser dioses sin Dios, fiándose de sí y de las
cosas.
He
nacido y soy heredero de una sociedad en donde abunda el pecado, he sido
víctima de sucesos pecaminosos concretos a lo largo de mi vida, poseo yo mismo
una tendencia al pecado, manifestada en desórdenes y tendencias descontroladas,
a las que acudo con un mayor o menor grado de libertad. No sólo hago pecados,
sino que estoy sumergido en lo que bien puede llamarse “fuerza de pecado”, la cual
hace nacer en mi corazón, más allá de mi inteligencia y voluntad, un impulso que
me lleva a una dirección diametralmente opuesta a Dios. Existe siempre patente
en mí la posibilidad de mi propia frustración y perdición antropológica y
teológica. De hecho, es tal el influjo del pecado que, si por mí fuera,
irremediablemente estaría conducido a mi perdición antropológica y teológica.
Sólo la cruz de Cristo es capaz de quebrantar esta fuerza y
reorientar, reordenar e impulsar todos los aspectos y dimensiones de mi vida
hacia el fin para el que soy creado, y
con esto salvar mi ánima.
Porque la cruz de Cristo también es fuerza, y es fuerza eficaz
para mí y para mi libertad. Cristo ha cargado mis pecados y los ha clavado en
la cruz. Ha cancelado la deuda que merecía mi condición pecaminosa y ha
arrancado mi vida de la condena eterna, de la frustración eterna. Me ha
salvado.
Son dos fuerzas en juego. De hecho he experimentado ambas.
Puedo saber qué es salvación y qué es perdición, si bien todavía no a un nivel
de eternidad. He experimentado realmente la alabanza, la acción de gracias y el
servicio que pueden tributarse a Dios nuestro Señor, he usado las cosas tanto
cuanto me ayuden a la consecución de mi fin, he sido indiferente ante las cosas
y he percibido que eso me salva: me humaniza, me dignifica. Sin embargo también
sé qué es la perdición, de hecho he participado de ella, cuando me he montado
en mi soberbia y me he apartado de Dios como mi fin, cuando me he puesto mi yo
como centro de mi mismo. Entonces mi horizonte cognoscitivo se estrecha, porque
no sólo contemplo únicamente mi yo, sino que contemplo sólo una o dos parte de
mi yo, parcializándome; en la medida que más he avanzado en el proceso de mi
egocentración esas partes o sectores de mi yo se ensanchan cada vez más ante mi
visión, reduciéndola de hecho; lo parcial se hace cada vez más totalizante, absoluto,
excluyente de cualquier otra realidad. Las otras
cosas son relativizadas, valen si y sólo si contribuyen a la gratificación
de mi yo desintegrado. Se desencadena una amnesia paulatina e irremediable, un
círculo vicioso. Esto es camino de perdición
Me introduzco en una dinámica involutiva e involucionaria que
terminaría acabando conmigo. La soberbia necesariamente acaba en soledad
absoluta y ceguera absoluta.
El corazón es un órgano obcecado. Es inmanencia, soberbia
egocéntrica. “Me basto a mí mismo”. Orgullo estúpido.
Desaparece la rica variedad de sentimientos, también este
campo se estrecha; se busca satisfacer sólo un sentimiento. Se atrofia la
percepción de la rica realidad que me rodea, se percibe todo bajo un filtro,
nuestra percepción selecciona sólo desde y para el yo. Se desencadena una
compulsión siempre insaciable que llega a provocar náusea, pero que no
desaparece, sino que crece y se hace adictiva, esclavizante.
Se va estrechando también la conciencia, que no percibe ningún
valor; se estrecha la inteligencia, puesta al servicio de sí mismo; cada vez
más, el rico mundo de los valores y sus posibilidades se esfuma y deja de ser
atractivo, bien y mal se confunden, se toman uno por otro.
Ejemplo, David. Empezó con un simple deseo “natural”,
despertado ante la visión de una bella mujer desnuda, cuyo cuerpo húmedo haría
crecer paulatinamente la sensualidad del rey. Los acontecimientos se fueron
desarrollando de modo que, como un drogadicto, se llegó a deshumanizar,
estrechando cada vez más su sensibilidad, su inteligencia, su percepción, sus
decisiones, paulatina, pero irremediablemente, hasta que llegó Natán.
Esto lo he experimentado cuando peco, lo he experimentado de
modo dosificado, no eterno, pero de cualquier modo real. Si no me he visto
perdido en esta dinámica de muerte, ha sido por la cruz de Cristo, que me ha
ofrecido una fuerza contraria y eficaz, puesta al servicio de mi libertad, y
por la que he sido capaz de optar por el bien. Bendigo a Dios porque me ha
librado de la perdición en fuerza de su cruz y me hace capaz de orientar mi
vida hacia mi fin, armonizando todos mis afectos y ensanchando el panorama
sentimental, perceptual y objetual.
Sin
embargo, la fuerza del pecado no desaparece y siempre me veré tentado o caeré en
él, soy pecador, incluso más allá de mi propia inteligencia, voluntad y
libertad. Dios me fascina, aunque a veces no tanto, el pecado me fascina, a
veces más de la cuenta. Dios me humaniza, el pecado me pierde.
No se trata de desculpabilizarse a través del engañoso intento
voluntarístico de abolir la conciencia de culpa, o de hacer un frío análisis
moralista para la enmienda de los pecados cometidos, ni tampoco la regeneración
terapéutica de una personalidad dañada en su desarrollo, a través de una
técnica psicológica dada. Es gracia de Dios, porque tiene que ver con el
pecado, la conversión es don de Dios, sólo la experiencia íntima de su amor
puede ofrecer al ser humano un corazón nuevo. Hay que pedirlo.
miércoles, 21 de septiembre de 2016
CARTA A MIS HERMANOS ALEJO NABOR Y JOSE ALFREDO
Hermanos, no los conocí, sólo me enteré de algunas cuantas
cosas que los medios nos han transmitido, me quedo sobre todo con que eran
ustedes párroco y vicario en Poza Rica; no sé de su historia, ni de su
carácter, ni de su estilo de hacer pastoral; desconozco también el tipo de
relación que sostenían, a veces entre compañeros sacerdotes nos llevamos bien, pero
otras veces no tanto. Prácticamente nada sé. Pero eso mismo me da pie a conjeturar
muchas cosas, puedo imaginar por ejemplo que había mucha gente que los quería,
algunos quizá preferían estar más en la misa de uno que del otro, igual en la
confesión, pero puedo intuir también que ambos tenían sus seguidores y uno que
otro detractor. Puedo suponer que cada uno, en su estilo, con sus énfasis, con
su personalidad, hicieron el bien a mucha gente, tanto en lo privado como a
través de su predicación, de su ministerio y de su testimonio.
Me gustaría creer que cuando los invitaban a los dos juntos a
cenar a alguna casa, sus fieles ya sabían que a uno le gustaba el picante y al
otro no, que uno se tomaba su cervecita y el otro un tequila, que uno se
sentaba a ver el futbol y el otro contaba buenos chistes y anécdotas, que a uno
le entraba más temprano el sueño y que el otro era más desvelado. Sin saber,
cuánta alegría dejaron en los corazones de las familias que llegaron ustedes a
visitar.
No nada más el párroco, también el vicario se preocuparía
cuando no llegaba su compañero en la noche, no faltaría seguramente el discreto
mensajito: “¿dónde andas?” “¿ya mero llegas?" y se tranquilizaba cuando oía el portón
y el carro.
Cuántas veces se sentarían ustedes a platicar espontáneamente
de la parroquia, de los grupos, de los feligreses; cuántas veces se distribuyeron
las misas, las capillas, los grupos. Planearon el año pastoral, la visita del
Obispo, la fiesta patronal; los veo yéndose juntos a las reuniones de decanato
y a las diocesanas, o quedándose uno para lo que se ofreciera y el otro
cumpliendo otro tipo de compromisos u obligaciones.
Ya sé, cada uno de ustedes tenía sus quejas sobre el otro,
también tenían que soportarse difíciles aspectos de personalidad y maneras de
pensar y de actuar; no es nada raro que entre compañeros sacerdotes nos
carguemos unos a otros cruces pesadas, hasta nos acostumbramos, no sin lloros y
sin lamentos. Los sacerdotes no somos angelitos y tenemos nuestra lista de pecados,
leves y graves, cuánto llega esto a
afectar nuestra relación y nuestra acción pastoral. Quiero creer que aunque
hubiera alguna dosis de todo eso, fueran ustedes sobre todo hermanos,
compañeros y amigos, y que muy frecuentemente se rieran juntos a carcajadas y
se echaran algo de bullying.
Pero los mataron. Los mataron juntos.
Nunca vamos a saber qué pasó, si estaban tomando o no, si es
verdad o mentira que conocían a sus verdugos y discutieron, a final de cuentas
eso resulta irrelevante, grotescos suenan esos cinco mil pesos. Han sido
ustedes dos víctimas más, junto con las decenas de miles que a lo largo de ya muchos años han regado por entero nuestra tierra mexicana con su sangre; se han
unido ustedes así al pueblo al que servían, su sangre se ha mezclado con la
sangre de muchos mexicanos anónimos; quiero decirles, hermanos, que ha sido éste
el mayor gesto de solidaridad y entrega que han tenido con los más pobres.
Además, murieron juntos; eran hermanos por el sacramento del orden y por el
ministerio que compartían, su fraternidad quedó sellada, como alianza
indeleble, por la sangre de ambos que corrió junta en esa maldita curva del diablo.
Evito ver fotos de las víctimas de la violencia, esta vez no
pude impedir notar que uno de ustedes fue atado con una estola verde, propia de
este tiempo litúrgico. Esa estola fue usada para bendecir, para bautizar, para
confesar, para ungir enfermos, para concelebrar y para presidir la Eucaristía;
las estolas en nuestras sacristías las usan indistintamente párroco y vicario,
esa estola fue usada por ambos, con esa estola puesta dijeron ustedes muchas
veces en su comunidad de Fátima: “tomen, coman, esto es mi cuerpo… tomen beban,
este es el cáliz de mi sangre” y con esa estola fueron atados sus cuerpos, del
que fue derramada su sangre.
No quiero imaginar el dolor de sus feligreses, de su familia,
de sus amigos. Su presbiterio y su Obispo seguramente sienten un gran hueco en
el estómago y han estado piense y piense en todo esto con profunda tristeza y
hasta rabia. Yo, personalmente, Alejo Nabor y José Alfredo, he pensado mucho en
mi vicario y en mí y en la bella vocación de servir a nuestro pueblo, hasta lo
último y juntos, fraternalmente unidos. El martes pregunté en clase a los
seminaristas del menor si estaban dispuestos a compartir la vocación sacerdotal,
que implica riesgos de este tamaño, uno me dijo, “con mayor razón”, creo que yo
también.
Su hermano, José Luis.
martes, 9 de agosto de 2016
LA EUCARISTÍA EN LA VIDA DE MI COMUNIDAD
Cuando era
seminarista, una de las mayores motivaciones que me animaban en mi vocación,
era llegar a poder celebrar Misa. Hoy, 26 años después de mi ordenación,
reconozco que de todo lo que hago como sacerdote, lo que más disfruto y de lo
que no me he cansado, es justamente celebrar la Eucaristía los domingos en mi
comunidad parroquial. Especialmente son importantes para mí las Misas de
Navidad y la Vigilia Pascual.
Cada vez
que salgo de la sacristía con los monaguillos y con los ministros, cuando
empieza a cantar el coro después de la introducción del monitor, cuando todos
se ponen de pie y empieza la celebración, experimento que la Iglesia está viva
y que Cristo está presente en medio de nosotros.
Nos habla
elocuentemente en su Palabra y nos alimenta con generosidad con su Cuerpo
ofrecido por nosotros; participamos de la Última Cena, nos hacemos presentes el
Viernes del Calvario y somos testigos de la tumba vacía. Cristo muere y
resucita con nosotros, animando nuestra vida cristiana.
Qué gozo
cuando los niños participan y veo que les gusta venir a la Iglesia y me dan la
paz; qué alegría cuando desde el presbiterio alcanzo a reconocer a las familias
que vienen completas y que tienen su banca preferida; cuánta admiración me
merecen los ancianos y los enfermos que desafían todo tipo de obstáculos y,
haciendo enormes esfuerzos, nunca faltan; mi corazón se llena de júbilo cuando
los jóvenes cantan en su coro, leen las lecturas, recogen la colecta, se
sientan juntos con sus hermanos de grupo o movimiento, cuando se quedan después
de misa a convivir y a comerse un elote. Nunca me cansa la maravilla de ver
mujeres embarazadas que con sus esposos se acercan a comulgar, con su mano en
el vientre, el cual crece de domingo a domingo y de repente llegan con su bebé
en brazos; amo ver a los esposos que comulgan juntos. Me conmueve la devoción
con que Juanny Álvarez lava los purificadores y corporales en su casa.
Varias
veces se me ha hecho un nudo en la garganta al ver la línea de la comunión que
llega hasta la entrada del templo y da vuelta, de uno y de otro lado.
Sé que a
veces me distraigo, que en ocasiones no preparo la homilía como debe ser, que
repito las cosas y no me doy cuenta; es cierto también que a veces los
ministerios fallan, que las cuestiones técnicas no ayudan, o que está muy
fuerte el aire o que se siente calor, o que al coro se les va la nota; sin
embargo, a final de cuentas, la Eucaristía tiene su fuerza y su eficacia
propia, atrae a las personas y las llena de su paz, se van a su casa contentas
y con Dios en su corazón, aunque hayan venido peleándose porque no estuvieron
listos a tiempo: a cada uno Dios le habla y le da lo que necesita, de formas a
veces más inesperada.
Agradezco
mucho y reconozco la virtud de aquellos a los que no les gusta venir a Misa y
se aburren, pero vienen porque son obedientes a sus papás y eso es bueno, o
porque traen a personas enfermas o ancianas y eso es virtuoso, o porque su novia los obliga y eso es muestra de amor. Sé que de muchas maneras Dios va actuando.
La
Eucaristía está en el centro de la vida de la Iglesia y de cada cristiano,
familia y comunidad parroquial. Que nadie falte a Misa los domingos, más que
hacerle un favor a Dios él nos lo hace a nosotros.
También
los católicos adoramos la Eucaristía, porque ahí está Jesús realmente presente,
desde la hostia consagrada él está con nosotros, nos escucha, nos atiende, nos
muestra su cercanía, su amor y su misericordia. Todos los santos se han hecho
santos arrodillados ante el sagrario; frente a la custodia muchos han
encontrado su vocación, han discernido decisiones importantes para sus vidas,
han encontrado consuelo en sus penas y fortaleza en sus debilidades. Ninguno
como Jesús es confidente y amigo.
Los niños
del Catecismo gracias a Dios están aprendiendo a amar a Jesús presente en el
Sagrario, los grupos y movimientos
juveniles se han comprometido a hacerse presentes, por su cuenta o en grupo en
la Capilla del Santísimo; muchos adultos tienen ya un día y una hora para venir
a hacer su visita al Santísimo. Cuántos testimonios pudiéramos escuchar de lo
que Jesús Sacramentado ha hecho en sus vidas, en la soledad, sin que nadie
se dé cuenta.
Sin
embargo, también es cierto que aunque en la Parroquia tenemos una bella Capilla
del Santísimo, muchas veces está sola; los jueves celebramos la Hora Santa,
pero pudiera venir más gente, los viernes segundos de cada mes tenemos la
Adoración Nocturna, pero no hemos podido despegar como Dios quiere.
Sueño el
día en que la adoración al Santísimo sea la columna vertebral de la pastoral
Parroquial y de la vida espiritual de cada uno de sus miembros. Oremos al
Santísimo por ello.
Adoremos y
demos gracias en cada instante y momento, al Santísimo y Divinísimo Sacramento.
sábado, 4 de junio de 2016
¿EN QUÉ DIOS CREER?
(Este texto es mi reacción personal a la lectura de un bello libro de Walter KASPER, La misericordia. Clave del Evangelio y de la vida cristiana. Sal Terrae, 2012. Parte de la temática y de las expresiones se inspiran en él. La mayoría de los entrecomillados son citas textuales)
Es muy conocida la frase de Federico Nietzsche, (1844 – 1900): “Dios ha muerto”, la podemos oír citada en muchos contextos. De manera sutil esta expresión se ha ido introduciendo en la conciencia y mentalidad de la humanidad de los siglos XX y XXI, Aunque no podemos atribuir a la influencia sólo de este filósofo consecuencias tan globales, resulta claro que enormes sectores de las sociedades de nuestro tiempo, de manera real, han ya prescindido de Dios, el secularismo ha ido cundiendo como un tsunami ideológico y práctico, de modo que nuestras sociedades en gran parte se caracterizan por haber cantado un solemne Requiem a Dios; incluso muchos que no niegan su existencia y llegan a practicar ocasionalmente algún culto o tradición religiosa han hecho un inconsciente duelo por él.
Así
me dijo el demonio una vez: “También Dios tiene su infierno: es su amor a los
hombres”.
Y
hace poco el oí decir esta frase: “Dios ha muerto; a causa de su compasión por
los hombres ha muerto Dios”.
Por ello, estad prevenidos contra la compasión: ¡De ella continúa viniendo a los hombres una nube! ¡En verdad, yo entiendo de señales del tiempo!
Por ello, estad prevenidos contra la compasión: ¡De ella continúa viniendo a los hombres una nube! ¡En verdad, yo entiendo de señales del tiempo!
La causa de la muerte de Dios es su compasión por
los hombres, esa ha sido su enfermedad letal. No es extraño que así sea,
nuestra generación se caracteriza en gran medida por una clara opción
antropológica, y no teológica; es el ser humano quien importa y por quien hay
que luchar, su reivindicación es lo que interesa. Sin embargo, la opción
antropológica no postula como ideal a cualquier tipo de hombre, sino al súper-hombre que con su voluntad de poder se construye a sí
mismo y para el que la compasión resulta un obstáculo y es signo de debilidad,
de vulnerabilidad. Un hombre, compasivo es débil y no puede ser un
súper-hombre. Es por eso que el ser humano ha de extirpar de su vida toda compasión
y toda sujeción a Dios, debe bastarse a sí mismo.
Nuestra generación ha sido educada asimismo en la
teoría darwiniana de la evolución, postulada en El origen de las especies que, aunque ya muy remota en el tiempo y
siempre controvertida en todos los ámbitos, permanece en el subconsciente
colectivo de nuestras sociedades. Sobrevive la especie más fuerte y más
adaptable, no la más compasiva, no la más misericordiosa. Sin dificultad se ha
dado un salto del ámbito biológico al ámbito social, de modo que la sociedad de
hoy se rige por una implacable economía de mercado, en la que la competencia y
la adaptabilidad es el motor; pocos entienden los mecanismos de la oferta y la
demanda, pero todos estamos sujetos a ellos, hasta en los detalles más
insignificantes de nuestra vida diaria.
Incluso los populares voluntariados que tanto atraen a los jóvenes en
muchas partes del mundo, los clubes de servicio nacionales e internacionales, los
movimientos y organizaciones de defensa de los derechos humanos, pudieran ser
entendidos desde esta dinámica de voluntad de poder y de competencia, pues,
como el mismo Nietzsche dice, la misericordia no es altruismo, sino una forma
refinada de egoísmo y autocomplacencia, puesto que el misericordioso,
desdeñosamente, muestra y hace sentir su superioridad al pobre.
Es difícil en este contexto introducir una ética o
la postulación de verdades abstractas como justicia,
la cual queda reducida a garantizar la ausencia de fraude o coerción. La verdad sólo será la más creíble que los
competidores propongan atractivamente a través de la publicidad, aunque dicha
“verdad” no esté apegada a la realidad, la “adecuación entre la cosa y el
intelecto” no es hoy una meta a alcanzar, resulta algo contingente y trivial;
los más débiles son triturados, desechados y condenados al olvido. La
consecuencia que de modo más inmediato podemos apreciar, es que a final de
cuentas el factor económico se ha convertido en criterio único de convivencia
social y hacia lo que tiende toda voluntad de poder, tanto de grupos de
intereses como de individuos que aspiran al súper-hombre.
Son innumerables los ejemplos: PRI contra PAN
contra PRD; Apple contra Android, Oxxo contra Súper 7, América contra Chivas,
Televisa contra TV Azteca, Batman contra Superman, Zetas contra Cártel.
O - O - O
Por otro lado, hemos venido estudiando y
proponiendo por siglos una teología basada en principios abstractos, fruto de
la inculturación judaica en la tradición griega, lo cual nos ha llevado a
formular la fe bíblica en términos aristotélicos, principalmente. Son ya parte
común de nuestro vocabulario católico expresiones tales como transubstanciación, persona y naturaleza, materia y forma, unión hipostática, etc. La misma opción del estudio de la filosofía
aristotélico–tomista en los seminarios en su origen pretendía esta finalidad:
capacitar a los alumnos a que posteriormente, en sus estudios teológicos, pudieran
expresar la fe en términos razonables. En los manuales de teología el Dios
metafísico es ipsum esse subsistens,
por lo que sus atributos son también metafísicos: simplicidad, infinitud, eternidad,
omnipresencia, omnisciencia, etc. La misma liturgia no se ve exenta de esta
orientación, llama la atención la redacción del Prefacio de la Misa de la
Santísima Trinidad:
“Dios todo poderoso y eterno, que
con tu Hijo único y el Espíritu Santo, eres un solo Dios, un solo Señor, no en
la singularidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola
sustancia”.
La revelación del nombre de Dios a Moisés, “Yo soy el que soy” (Ex 3,14),
interpretado desde la filosofía griega nos conduce, como consecuencia lógica, a
la fe en un Dios más metafísico que bíblico, más de Atenas que de Jerusalén, en
un Dios inmóvil, impasible, absolutamente trascendente, que poco tiene que ver
con el Dios del Antiguo y Nuevo Testamentos.
Asimismo, la aplicación a Dios de términos como justicia, desde esta perspectiva, nos lleva también a situaciones
que de alguna manera entran en conflicto con la original revelación judeo-cristiana
de la Biblia; atribuir nociones como “justicia distributiva” y “retributiva” a
la justicia divina, nos lleva a pensar, sí, en un Dios justiciero, que premia a
quien actúa bien y castiga al pecador, pues la justicia no es otra cosa que
“dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece” (DLE); nuestros niños de
catecismo saben perfectamente que si se portan mal, Dios los va a castigar y
que si se mueren se van a ir al infierno; el Supremo Justo Juez aplica la
justicia retributiva de forma eminente y perfecta.
El perdón de los pecadores nos tendría que llevar a pensar en un Dios
a final de cuentas más bien injusto; dice Jacques Derrida, el filósofo de la deconstrucción: “¿Cómo puede un Dios que
ha de ser pensado como justo mostrarse misericordioso con los victimarios sin
hacer violencia en el acto del perdón a las víctimas, en caso de que éstas no estén
de acuerdo con tal perdón?” De tal modo que Dios, o hace justicia, o no es
Dios.
O - O - O
¿En qué Dios creer?
¿En un Dios misericordioso? Este atributo divino, planteado desde las
perspectivas que hemos reflexionado, nos lleva a relacionarnos con un Dios débil,
bonachón, hasta cierto punto cómplice, pero a final de cuentas injusto que,
deseando congraciarse con nosotros, se hace de la vista gorda; nos lleva a
relacionarnos con un Dios que en nada atrae a las generaciones presentes, para
quienes la misericordia, lejos de ser una cualidad, es un defecto que hay que
rechazar, pues lleva al hombre a que también éste sea un ser pusilánime y un
guiñapo, alejado de la voluntad de poder, de la competencia, del libre mercado neocapitalista
y del súper-hombre. No podemos dejar de reconocer, sin embargo, que la
religiosidad brotada de esta orientación resulta cómoda y conveniente para
grupos de poder, tanto económicos como religiosos, que usufructúan para sus
intereses una religiosidad light y cómoda. Si nosotros los pastores nos dejamos
envolver por esta mentalidad, basada en una misericordia divina y eclesial
malentendida, consciente o inconscientemente promoveremos una pastoral suave, débil, de una blandura sin
energía ni vigor, carente de determinación y de un perfil claro, que
quizá complazca a muchos, pero que no responda al proyecto original de Jesús y
que adormezca a nuestro Pueblo en un conformismo letal, al mismo tiempo que más
y más contemporáneos nuestros continuarán migrando a la opción de prescindir de
Dios, opción que tienen muy a la mano.
Paradójicamente, pero en la misma línea, los hombres de Iglesia
podemos también pensar y actuar una pastoral brotada de un darwinismo social y
envolvernos en una competencia brotada de una voluntad de poder y que nos
lleve, por un lado, a la ilusoria pretensión de construir una Iglesia
hegemónica, según el antiguo modelo de cristiandad, por encima de estados,
culturas, ideologías, organizaciones, una súper-Iglesia, que pase por encima de
todos y que se imponga sobre todos. Por otro lado, esta mentalidad nos ha
llevado internamente a luchas por conseguir a toda costa llegar a ser
súper-hombres, súper-sacerdotes, súper-párrocos, súper-obispos, al modo de
Nietzsche. Carrerismos, escalafones, aspiraciones, autoritarismos, lobbies,
políticas sucias, ambición… voluntad de poder.
¿En un Dios metafísico? No cabrá en nosotros la duda, nuestros
postulados serán planteados con contundencia y brillantez, tendremos argumentos
para debatir, contradecir, convencer; daremos testimonio de una fe
estructurada, tematizada, con verdades jerarquizadas y relacionadas entre sí, citaremos
fuentes, estaremos seguros de nosotros mismos gracias a nuestros títulos. Pero
nuestra religiosidad será fría, nuestra oración distante, nuestro culto
perfectamente ejecutado, como una coreografía, pero poco significativo, los
vínculos entre creyentes difícilmente irán más allá de lo académico y de
debates teóricos, interesantes, entretenidos, pero poco creíbles. Una Iglesia
dogmática, basada sólo en verdades abstractas ya no convence, el dogmatismo no es
operativo. Podremos tener una pastoral que absolutice el munus docendi, nos podremos sentir orgullosos de transmitir la pureza
íntegra de la fe, mientras el mundo camine paralelo y continúe avanzando el
tsunami del secularismo.
¿En un Dios Sumo Juez? Esta imagen la tenemos clara desde niños, no es
difícil de entenderla: Dios premia y Dios castiga en base a un código legal muy
básico que también desde niños conocemos y memorizamos, los diez mandamientos.
Esta dinámica premio-castigo se realiza cada día y tendrá su plenitud al final
de los tiempos, cuando Jesús venga a “juzgar a vivos y muertos”. Si nuestro
vínculo con Dios tiene como único horizonte el aspecto legal, nuestra
experiencia religiosa prevalentemente tendrá como expresión el miedo y la rigidez,
la ética será sobre todo coercitiva, no liberadora. Una forma nueva de
legalismo se puede dar cuando se vive en exceso la planificación en base
diagnósticos estadísticos como única fuente de conocimiento de la realidad.
Eficientismo y legalismo son dos caras de la misma moneda. La Ley ha estado siempre
en la vida de la Iglesia y ha sido expresión de verdadera justicia, que lleva a
la libertad, pero también ha conducido a la Iglesia como institución a un
correspondiente legalismo, el cual ha sido expresión de voluntad de poder en
individuos e instituciones, generando miedo y coerción. Las actitudes
legalistas de los pastores generan pastorales autoritarias, intransigentes y
burocráticas.
O - O - O
¿En
qué Dios creer?
El
Papa Francisco no presenta enseñanzas y prácticas pastorales novedosas, es
continuador de algunas tradiciones teológicas y pastorales, unas más antiguas,
otras más recientes, sin embargo, indudablemente, ha puesto en la mesa del
mundo y de la Iglesia con claridad e insistencia una verdad fundamental: el
principal atributo, el más alto atributo de Dios, desde el que deben
interpretarse y vivirse todos los demás no es otro que la misericordia, la cual
es la verdadera y perfecta expresión de la trascendencia divina, de su santidad
y de su justicia. El atributo de la misericordia no puede deducirse de su
esencia metafísica, el encuentro con la misericordia de Dios brota de su
autorrevelación, así lo ha querido él. Dios tiene un corazón que siente
compasión por su pueblo, tiene entrañas que se conmueven, no hay por qué temer
a los antropomorfismos, la Biblia no lo tiene.
¿En
qué Dios creer? Curiosamente no es difícil responder la pregunta, a pesar de
las dificultades planteadas: en el Dios de la Biblia, que es Santo y Misericordioso.
“Desde el principio Dios se revela totalmente trascendente, superior a
todo lo creado, inaccesible: santo. Pero también se revela como un Dios que
desciende, que se abaja, que camina con su Pueblo, que lo libera, que lo
acompaña, que se empeña en sacarlo del caos, que le ofrece espacios de vida
nueva, de orden, de nueva creación… «He visto la opresión de mi pueblo en
Egipto, he oído sus quejas contra sus opresores, me he fijado en sus
sufrimientos. Y he bajado a liberarlo de los egipcios» (Ex 3,7s cf v. 9)”.
Cuando
la Biblia habla de misericordia y la aplica a Dios, expresa “un inmerecido e inesperado
regalo de la gracia divina que trasciende toda relación mutua de fidelidad, que
desborda todas las expectativas y categorías humanas, así, de hecho, se va
desarrollando la historia de la salvación”.
“Pues
el hecho de que Dios omnipotente y santo asuma la menesterosa situación en la
que el ser humano se ha colocado a sí mismo, de que perciba la miseria del ser
humano pobre y desdichado, de que escuche su queja, de que se incline y
humille, de que descienda para estar junto al hombre en su necesidad y lo
vuelva a acoger una y otra vez a despecho de su infidelidad, lo perdone y le
brinde una nueva oportunidad, aunque más bien merecía justo castigo, todo ello
rebasa las experiencias y expectativas humanas normales, va más allá de la
imaginación y el pensamiento humanos. En el mensaje de la hesed se manifiesta algo del misterio de Dios, que se oculta al
pensamiento humano y del que únicamente tenemos noticia y conocimiento merced a
la revelación divina”.
“En su misericordia Dios se revela totalmente otro, pero también
totalmente cercano. Incluso la Ira de
Dios no alude a un desbordante estallido de cólera emocional ni a un iracundo
dar golpes a diestro y siniestro, sino a la resistencia que Dios opone al
pecado y a la injusticia. La ira de Dios es, por así decir, la activa y
dinámica expresión de su esencia santa”.
Este modo de encontrarnos con Dios misericordioso nada tiene que ver
con la imagen de debilidad de la que hablaba Nietzsche y que hizo morir a Dios,
así entendida más que misericordia su reflexión postula una pseudomisericordia,
una antimisericordia, fuente de toda clase de desconcierto y confusión.
Jesucristo,
el Hijo que se abajó haciéndose uno de nosotros, no desdeñó que en su pecho
latiera un corazón humano, compasivo y misericordioso; Jesús se conmovía y nos
mostró “que la compasión no deber ser tenida por debilidad ni por blandura no varonil,
indigna del verdadero héroe”, los ejemplos son muchísimos, tanto en su
enseñanza como en su testimonio de vida, cada página de los Evangelios lo
testifica. Nunca Jesús fue al mismo tiempo tan trascendente y tan cercano, en
ningún otro momento se manifestaron de modo tan perfecto su grandeza y su
compasión como en el misterio de su Cruz y Resurrección. Soberanía y santidad
en comunión plena con misericordia y compasión.
O - O - O
Leyendo
la parábola del Hijo Pródigo (Lc 15, 11-32), de manera muy espontánea constato
que puedo identificarme con cualquiera de los personajes. Evidentemente, por
muchas razones y no es difícil descubrirlo, sé que soy el hijo rebelde, mi
pecado me ha llevado una y otra vez a cuidar cerdos y a desear comer sus
bellotas, sin que nadie me las dé, cuántas veces me he tenido que levantar y
ponerme en marcha; pero soy también el hijo mayor, pues en muchas otras
ocasiones trato de vivir encasillado en las normas, en la rutina, en la
comodidad, sin tener la capacidad de riesgo, ni de compartir la alegría.
En
el lema elegido para el Año de la Misericordia, el Santo Padre invita a ser “Misericordiosos
como el Padre” (Lc 6,36), estoy llamado no sólo a identificarme con las
actitudes del Padre que descubrimos en la Parábola del Hijo Pródigo,
seguramente la cumbre de la enseñanza sobre la misericordia de Dios en la revelación
bíblica, sino a que haga mío todo lo que tiene que ver con la misericordia
divina en la Escritura entera.
Así,
yo me identifico con el Dios en quien creo.
Cuando
soy misericordioso como el Padre, no me descubro como un ser débil, no soy un ser pastor blandengue y fácilmente influenciable; la conmoción interior no pone en duda mi integridad
viril ni mi carácter; cuando toco para sanar, para levantar, para reivindicar,
para abrir, para iluminar, para liberar, para bendecir, no me mueven formas
refinadas de egoísmo y autocomplacencias;
vibrar ante las miserias que tocan mis sentidos y
comprometerme dándome entero, yendo más allá del trueque o de cualquier expectativa
o retribución, no es fruto de una carencia de autoestima; la pesudomisericordia,
que alega Nietzsche atenta contra la voluntad de poder del súper-hombre,
efectivamente es expresión de blandura humana, pero esa no es la auténtica misericordia pastoral que brota del corazón del Padre que inhabita en mi corazón, la auténtica
misericordia muestra por el contrario mi auténtica grandeza que, sin embargo,
no es arrogante ni altanera, sino participación de la trascendencia y santidad
de Dios que se abaja y se deja conmover.
Yo,
sacerdote, soy padre y ejerzo una paternidad real en la Iglesia, paternidad que
ha de caracterizarse sobre todo por la misericordia, atributo que ha de
iluminar, dar perspectiva y orientación a todo lo que soy y hago. No hay hada verdaderamente
sacerdotal que no deba estar vinculado esencialmente con la misericordia.
Existe
una analogía real entre la misericordia de Dios y la misericordia que pueda
haber y expresar mi vida, aunque en este caso “la desemejanza es mayor que la
semejanza”, obviamente, sin embargo es verdadera analogía.
O - O - O
No
a una pastoral débil, no a una pastoral de voluntad de poder, no a una pastoral
dogmática, no a una pastoral legalista, sí a una pastoral de misericordia.
La
Iglesia será grande cuando sea misericordiosa y se abaje.
¿Cómo
la misericordia puede ser el criterio, el marco epistemológico, la clave
hermenéutica de toda pastoral de la Iglesia? ¿Cómo todo su actuar, su misión,
sus instituciones, sus estructuras, sus jerarquías, su beneficencia, sus leyes,
sus celebraciones pueden ser tocadas y caracterizadas por la misericordia? ¿De
qué manera la verdadera misericordia puede ser antídoto eficaz contra las
pastorales débiles, de poder, dogmáticas, legalistas? ¿Cómo la misericordia
puede ayudar a la Iglesia a no sucumbir a la tentación del eficientismo, del exceso de
planificación y fe ciega en las estadísticas? ¿Puede ser la misericordia criterio de planificación pastoral, ejecución y evaulación? ¿Cómo puede la Iglesia mostrar su
carácter, su talante, su “ira” a través de la misericordia? ¿De qué manera la Iglesia es
santa, trascendente, sociedad perfecta y simultáneamente cercana, conmocionada
y comprometida? ¿Cómo la misericordia puede ser norma de las relaciones de los laicos entre sí, de los presbíteros con los laicos, de los presbíteros con sus hermanos presbíteros, de los presbíteros con su obispo y de los obispos entre sí?
Termino
con un fragmento de la oración del Jubileo de la Misericordia:
Manda tu Espíritu y
conságranos a todos con su unción,
para que el Jubileo de la Misericordia sea un año de gracia del Señor
y tu Iglesia pueda, con renovado entusiasmo, llevar la Buena Nueva
a los pobres, proclamar la libertad a los prisioneros y oprimidos
y restituir la vista a los ciegos.
para que el Jubileo de la Misericordia sea un año de gracia del Señor
y tu Iglesia pueda, con renovado entusiasmo, llevar la Buena Nueva
a los pobres, proclamar la libertad a los prisioneros y oprimidos
y restituir la vista a los ciegos.
Amén
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