lunes, 30 de marzo de 2020

LA EUCARISTÍA EN TIEMPOS DE PANDEMIA. CON LARGA INTRODUCCIÓN


Hoy es el onceavo día y ayer el segundo domingo sin Eucaristía en nuestras Parroquias.
Desde que éramos bebés, mis papás nos llevaron a Misa a mis hermanos y a mí todos los domingos, de modo que no puedo pensar en el domingo sin la Misa. Los domingos se va a Misa. Esa ha sido una de mis más arraigadas costumbres. Después de Misa, en la Capilla de Lourdes en Torreón, en los años sesentas y setentas, mi papá nos compraba un elote o una raspa o un burrito y nos daba nuestro domingo (yo creo que, en gran parte por eso, desde nuestra mentalidad infantil, mis papás nunca batallaron para llevarnos a la Iglesia). Teníamos nuestra banca familiar, era del lado izquierdo, más hacia atrás que adelante, saludábamos a la misma gente de la Colonia Nueva los Ángeles, nos acostumbramos a las Misas del P. Romo, que era rector del Seminario. Igual en la Parroquia de San José en Ciudad Victoria y luego en San Francisco de Asís en Matamoros, siempre del lado izquierdo, más hacia atrás que adelante, toda la familia en la misma banca.
A mí me gustaban mucho las predicaciones del P. Robledo, llenas de erudición y de teología. En las solemnidades, cada año predicaba lo mismo, pero nunca se me ocurrió pensar: “eso lo dijo el año pasado”, al contrario, me gustaba que repitiera las cosas como si fuera la primera vez; quién sabe por qué se me quedó especialmente grabada la homilía que hacía en Epifanía: cuál era el fundamento científico de la estrella, quiénes podían ser los Magos, de dónde posiblemente eran, la simbología de los regalos que llevaron al Niño; una sola vez fue a Tierra Santa el P. Robledo, pero no perdía la oportunidad de introducir en las homilías alguna referencia geográfica, haciendo gestos con las manos hacia el norte o hacia el sur.
Adolescente, ya con independencia y vida propia, según yo, dejé de ir a Misa con mi familia y me iba a Catedral, a misa de una, con el P. Ruperto, yo solito. Me sentaba del lado derecho, hasta adelante (ahora voy cayendo en la cuenta de que sí me tomaba muy en serio eso de la independencia y vida propia); el P. Ruperto ha sido un gran orador, ardiente, apasionado, convincente, tenía la Catedral llena de jóvenes; mucho tiempo después, ya como sacerdotes los dos, me di cuenta personalmente cómo preparaba con amor, responsabilidad y cuidado sus homilías. En el grupo de jóvenes en el que participaba, Corporación de Estudiantes Mexicanos, dirigida por el P. Ramírez, siendo entonces yo responsable de la “Secretaría de Espiritualidad”, propuse hacer un “rol de misas”, es decir, que cada día uno de los miembros del grupo, de acuerdo a una lista, nos comprometiéramos a ir a Misa entre semana; sin embargo, al revisar los sábados siguientes si habíamos cumplido con el compromiso, me daba cuenta que algunos no lo hacían, así que internamente tomé la decisión de ir yo todos los días a Misa, a San Francisco, para asegurar que se cumpliera el “rol”, tenía 16 años. De ese tiempo recuerdo la sorpresa con la que empecé a disfrutar el Salmo Responsorial, fue un descubrimiento la belleza de esas oraciones poemas, pero también la lectura continua de las lecturas, de acuerdo con los ciclos y tiempos litúrgicos (bueno, entonces no sabía que había “ciclos litúrgicos”).
Puedo decir que mi participación en la Eucaristía dominical a lo largo de mi vida y entre semana, ya en mi adolescencia y primera juventud, fue decisiva en mi decisión de entrar al Seminario.
Nunca en mi vida fui monaguillo, nadie nunca me invitó, jamás se me ocurrió esa posibilidad, ni pasó por mi mente; en el Seminario, un servicio que todos los seminaristas prestamos es justamente “acolitar”. Yo no sabía hacerlo. Un día antes que me tocara en la lista por primera vez, anoté todo lo que el monaguillo hizo en Misa, lo estudié y lo traté de aplicar, menos lo de llevar agua para la purificación, pues en ese momento había estado orando después de comulgar y no me fijé; fue un momento incómodo, pero gracioso, cuando el P. Monjarás se quedó esperando el agua con el cáliz estirado y no se la llevé, me dijo en voz baja: “el agua”, no le entendí, otra vez: “el agua”, le llevé el agua para lavarse las manos, “no, la otra”. Ese día comenzó mi historia de amor con el altar, nunca había estado tan cerca de él, nunca me había subido al presbiterio, nunca había prestado un servicio en la Eucaristía. Como seminarista, fue el inicio de abundantes experiencias: misiones, exequias, celebraciones de la Palabra, Semanas Santas, presidiendo o acolitando, de modo que en el proceso de mi vocación fue creciendo y fortaleciéndose el anhelo de algún día presidir la Eucaristía, que desde niño valoraba y formaba parte de mi ser. Ya como formador y director espiritual en el Seminario, traté que los muchachos apreciaran y valoraran la celebración diaria de la Eucaristía, la presencia permanente de Jesús en el Santísimo en la capilla, las Horas Santas y las experiencias que como seminaristas tuvieran en las Parroquias de la Diócesis, sólo Dios sabe con qué frutos; muchos de esos muchachos son ahora sacerdotes y presiden la Eucaristía y muchos que no lo son, los veo con sus familias, asistiendo a Misa en sus parroquias, en su banca familiar y orando ante el Santísimo.
Mis tres Parroquias: la Asunción, San Juan y Guadalupe. Sí, en todas ellas, según su propio estilo e historia, y en lo que me han permitido los dones que Dios me da, mis limites humanos y mis errores, ha habido evangelización, ministerios, pastorales, movimientos; en todas le hemos metido a la construcción, a la organización, a la logística; me he tratado de relacionar con la gente, han nacido amistades, me he sentido amado, me he sentido útil; por cada una de ellas he desarrollado una caridad sincera, pastoral, esponsal y de servicio. Mis amadas comunidades. En cada una de ellas he percibido, con mucha fuerza y claridad, que la columna vertebral de la vida y de la pastoral de la Parroquia es sin duda la Eucaristía dominical. Yendo de una capilla a otra en la Asunción, amalgamando los ministerios y los tipos de auditorio en San Juan, recibiendo a las multitudes en Guadalupe. En las Misas de los domingos se hacen presentes las familias, se expresa la vida pastoral y ministerial, se reciben los impulsos para continuar construyendo la Iglesia y una nueva sociedad; es en la Eucaristía dominical donde Jesús evangeliza y alimenta a su Pueblo, les comparte su Espíritu, congrega, une, envía. Hasta los complementos son importantes: las gorditas y mi café después de Misa de nueve en la Asunción, la visita al San Benito entre Misa y Misa y el elote en las banquitas después de Misa con niños en San Juan, la barbacoa después de Misa de siete en Guadalupe: igualito que mi elote, mi raspa o mi burrito después de la Misa en Torreón, cuando era niño.
En una entrada de este blog alguna vez escribí: “Qué gozo cuando los niños participan y veo que les gusta venir a la Iglesia y me dan la paz; qué alegría cuando desde el presbiterio alcanzo a reconocer a las familias que vienen completas y que tienen su banca preferida; cuánta admiración me merecen los ancianos y los enfermos que desafían todo tipo de obstáculos y, haciendo enormes esfuerzos, nunca faltan... No me cansa la maravilla de ver mujeres embarazadas que con sus esposos se acercan a comulgar, con su mano en el vientre, el cual crece de domingo a domingo y de repente llegan con su bebé en brazos; amo ver a los esposos que comulgan juntos…
Agradezco mucho y reconozco la virtud de aquellos a los que no les gusta venir a Misa y se aburren, pero vienen porque son obedientes a sus papás y eso es bueno, o porque traen a personas enfermas o ancianas y eso es virtuoso, o porque su novia los obliga y eso es muestra de amor. Sé que de muchas maneras Dios va actuando…”
Agradezco a Dios que todos los hermanos sacerdotes con quienes me ha tocado compartir el servicio en las tres comunidades, han sintonizado con este espíritu y han puesto de su parte todo lo necesario para que esta experiencia haya tenido tantos frutos a lo largo de los años. Gracias a cada uno de ellos.

Desde que hice la Primera Comunión a los seis años, nunca tuve dificultad en entender que Jesús nos habla en su Palabra, que se hace presente en la Consagración y que estamos sentados con él y los apóstoles en la Última Cena, esto ha sido lo normal, ha sido parte de mis introyectos espirituales fundamentales hasta hoy, cincuenta años después.
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Seguramente todavía es demasiado pronto para sacar conclusiones teológicas, pastorales y espirituales de lo que ahora estamos viviendo en relación con la pandemia del coronavirus; sin embargo, justamente por todo lo que he compartido, suspender las Misas dominicales y las actividades pastorales en las Parroquias ha sido una de las decisiones más difíciles, pero necesarias, en las que me ha tocado participar. Algo inaudito, impensable. Al mismo tiempo, nuestra Diócesis está unida a gran parte de la Iglesia universal que vive la misma situación. Ayer domingo no hubo Misa con asistencia de fieles en la inmensa mayoría de las parroquias del mundo, tocando así la esencia misma y la vida misma de nuestras comunidades. Pareciera que una Iglesia sin Eucaristías comunitarias dominicales no fuera siquiera Iglesia.
Decía el Evangelio del Miércoles de Ceniza: “Cuando ayunen, no se pongan tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que la gente vea que están ayunando. Les aseguro que ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu cara, para que no muestres a los demás que estás ayunando, sino tu Padre que está en lo secreto, y tu Padre, que ve lo secreto, te premiará” (Mt 6, 16-19).
Esta Cuaresma el Señor nos ha pedido un ayuno inesperado y doloroso, un ayuno que se extenderá seguramente a la Pascua, nos pide que ayunemos ni más ni menos que de él, de la Eucaristía, nos pide que ayunemos de reunirnos como hermanos en nuestras comunidades, en nuestros templos parroquiales. Es un ayuno duro y difícil para todos, fieles y pastores, por eso hay que perfumar nuestra cabeza y lavar nuestra cara, que las dificultades las sepa sólo nuestro “Padre, que ve lo secreto…”
Porque, además, y en la misma línea, con mucha sinceridad, quiero compartir que, en medio del dolor del ayuno, también existe la consolación espiritual: así como nos sorprendió el virus, en la misma medida me ha impresionado en este contexto el efecto de las redes sociales y de la mensajería instantánea, las cuales han marcado la gran diferencia; no temo decir que han sido providenciales al momento histórico que vivimos como especie. En la palma de nuestra mano y con la hábil operación de nuestros pulgares, tenemos la información más actual, recibimos notificaciones útiles y pertinentes en relación a nuestro trabajo y actividades sociales, entramos en comunicación con la familia, con amigos, con compañeros de trabajo, superiores y colaboradores, se toman decisiones, se llevan a cabo iniciativas, nos divertimos, nos relajamos, aprendemos a relativizar las cosas, lloramos, nos reímos, en fin, hacemos y construimos comunión, una comunión que va más allá de nuestro contactos y grupos de WhatsApp y de nuestros amigos y seguidores de Facebook.
Repito, es muy pronto para sacar conclusiones, con el tiempo se hará, pero no salgo de mi estupor al ver las redes llenas de Eucaristía, una manera nueva de celebrarla. En la palma de nuestra mano están las Misas del Papa en Santa Marta y pudimos asistir al conmovedor “Momento extraordinario de oración en tiempo de epidemia” presidido por el Santo Padre en la Plaza vacía, pero llena de todos nosotros, en San Pedro, momentos de gran privilegio. Al mismo tiempo, me asombran y me divierten los esfuerzos que estamos haciendo los párrocos y los sacerdotes para celebrar la Misa con nuestros fieles. No sabemos transmitir, estamos aprendiendo, las Misas del Papa en YouTube se ven infinitamente más bonitas, las nuestras, en cambio, muchas veces son transmitidas con poca iluminación y resolución, con sonido deficiente, con tripiés frágiles y chuecos, se oyen los perros, la silla que se cae, el abanico, las notificaciones que llegan al celular; sin embargo, tengo el consuelo espiritual de que a través de mi teléfono llega la Eucaristía a mis fieles, a los fieles de mi Parroquia y más allá. Todos mis hermanos sacerdotes igual.
¿Bastaría sólo la Misa del Papa o del Obispo? Quizá, pero nuestros fieles buscan la Misa de sus Parroquias, la que celebran sus párrocos y vicarios, a las que están acostumbrados, a las que quieren asistir, junto con los hermanos de la comunidad en la que sirven. En la transmisión de Facebook Live llueven en los comentarios los Amén, las intenciones, las acciones de gracias, los corazoncitos y los deditos arriba de hermanos y hermanas a quienes amamos y con quienes nos sentimos en esos momentos verdaderamente unidos. No, las redes no están saturadas: aunque estemos lejos, creo que pocas veces habíamos estado tan cerca y en una comunión tan estrecha y solidaria.
La vida es un proceso de conocimientos acumulativos y progresivos, en la historia de mi relación con la Eucaristía, desde mi infancia hasta hoy, la etapa del coronavirus será sin duda un momento que consolide, pero que también haga crecer el valor que debo darle a la Eucaristía dominical en la comunidad, como parte esencial de mi misión, como cristiano y como pastor.
Yo mismo decía en una publicación de Facebook, el 21 de marzo: Aún en la reclusión, somos una Iglesia en salida. Las redes sociales son los nuevos caminos, las nuevas brechas, los nuevos senderos por los que hacemos misión y vamos casa por casa, celular por celular, “vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Noticia a toda criatura” (Mc 16,15). Anhelo el día en que podamos vernos nuevamente en Misa, será una inmensa fiesta, parecida a la gran Eucaristía que celebraremos en la Vida Eterna.

lunes, 23 de diciembre de 2019

LOS DOS PAPAS


Ya vi la película de Netflix Los dos Papas y, de todo corazón, quisiera compartir algunos pensamientos y reacciones personales, como ya he hecho en algunas ocasiones en este blog sobre otras cintas. Hablaré de perplejidad más adelante, pero ahora mismo ya la experimento, no quise caer en spoilers, pero creo que algunas consideraciones tal vez lo sean. Yo creo que este texto puede ser leído antes o después de haber visto la película, pero también sin pretender verla, otra prudente opción sería ni siquiera leerlo. Bajo su cuenta y riesgo.
No hay que dejar de pensar que es película de ficción. Aunque dice que se basa en hechos reales; aunque por supuesto la obra tenga sustentos históricos y documentales; aunque ambos actores, Anthony Hopkins, como Benedicto, y Jonathan Pryce, como Francisco, hayan hecho un estudio profundo del carácter de los Papas a quienes representan y lo hayan hecho de manera extraordinaria; aunque muchas escenas sean cuadros que representan fielmente imágenes que nos son muy familiares porque las hemos visto por televisión. No pude haber visto nunca el chaleco de lana de Benedicto, pero estoy seguro de que tiene uno así, no puedo dejar de pensar tampoco que la pijama de Francisco debe ser igualita a la que de hecho él usa. A pesar de todo esto, repito, la película es ficción.

La cinta ciertamente no hace justicia ni a Benedicto ni a Francisco, no los retrata de manera estricta, hay excesos y omisiones, pero la pretensión ni de Anthony McCarten, su escritor, ni de Fernando Meirelles, su director, fue hacer una obra histórica. Sin embargo, cada uno de los Papas ciertamente representa teologías, ideologías, prácticas eclesiásticas, modos de ser y de ejercer la autoridad, todo lo cual efectivamente coexiste en la Iglesia y nos es muy familiar, tanto a pastores como a fieles laicos. El real Benedicto no es un intransigente defensor a ultranza de un dogma inamovible, ni ejerció su autoridad con notas de ambición e intolerancia; por el contrario, ha sido un gran teólogo que ofrece maduramente novedosísimos modos de entender el misterio cristiano y un prudente pastor que dio inicio a verdaderas y necesarias reformas.

El verdadero Francisco no es un reformista a ultranza, un inventor revolucionario que viene a cortar de raíz todo aquello que huela a tradición, imponiendo nuevas doctrinas que contradicen o se colocan en conflicto con el corpus doctrinal y moral de los siglos precedentes, no; ciertamente Francisco está en la línea de la tradición y profesa las verdades que la Iglesia ha proclamado y defendido siempre, es prudente y ejerce un liderazgo claro y bien delineado. Sin embargo, y siempre con mucho respeto, cada uno de los Papas sí que representa, aunque no de manera pura, una respectiva ala en la Iglesia: tradición y reforma, nadie lo puede negar, tanto en la película como en sus históricos pontificados.
Obviamente esa no es la tesis central de la película, por lo que no creo que valga la pena descalificarla por su falta de “objetividad” histórica, ni por justificar o condenar el tradicionalismo o el reformismo en cuanto tales. Tanto la cuestión histórica, como el tema de la tradición y la reforma, en todo caso, han de situarse en un contexto mucho más amplio: los prolongados diálogos no sólo nos llevan a ir tomando posiciones teológicas o ideológicas, sino que sobre todo nos permiten contemplar el desarrollo de una relación entrañable entre dos viejos servidores de Dios, que a lo largo de su vida no han buscado otra cosa sino hacer la voluntad de Dios lo mejor que han podido. Eso, a final de cuentas, es lo que los une y lo que va a permitir la transición y eso, también, fue lo que más me conmovió de la película.
El gancho afectivo entre ambos no fueron las discusiones ganadas o perdidas, sino el hecho que ambos abrieron la vulnerabilidad más grande que los agobia, fue en eso que coincidieron. Tanto los vínculos de Bergoglio con Massera y con Videla, como sus polémicas y nunca bien entendidas actitudes durante la dictadura como provincial de los jesuitas, provocaron en el interior del futuro Papa un conflicto de conciencia que nunca lo dejó. Ratzinger también; tuve la sensación de que se oyó incluso macabro, sórdido, cuando Benedicto pregunta: “¿Recuerda al padre Maciel?”, su seguridad, la claridad de su mente, su fría logística sucesoria, se transformaron en una sombría vergüenza y en una culpa, que el Papa, por vez primera, tiene la humildad y el valor de reconocer y expresar.
Todos los que estamos en el camino de la fe y prestamos un servicio en la Iglesia podemos entender que, queriendo hacer el bien y agradar a Dios, hay ocasiones cruciales en las que las cosas no resultan tan claras y que aquello que pensábamos que era correcto, provoca el efecto contrario. Buscando la verdad, caemos en la mentira o en el error, queriendo la justicia, a final de cuentas somos injustos, deseando practicar la caridad y obtener el bien para los demás, provocamos dolor y escándalo. ¿Gracia o pecado? La perplejidad va acompañando la vida humana, también la vida espiritual y el camino pastoral, y tiene repercusiones directas y dramáticas en la fe. El hecho que dos Papas tengan conflictos en su fe y sientan que Dios no les habla, no es exclusivo de pontífices o cardenales, ni siquiera de obispos o curas, sino de todos los cristianos, lo cual, sin embargo, representa el punto de unión afectiva entre Ratzinger y Bergoglio, no las ideas o el modo de practicar la autoridad. En mi caso personal me sentí profundamente implicado en esa dinámica y creo que eso fue lo que provocó el más fuerte impacto en mi sensibilidad. Tradición y reforma se unen en la vulnerabilidad humana, la cual conduce a la continuidad y a una fuerte y entrañable amistad, eso, según yo, es el principal “signo” que Dios ofrece a sus siervos.
Además de eso, y como un suculento complemento, creo que no resulta circunstancial todo el aspecto lúdico de la relación entre los protagonistas: las aficiones a la música de Benedicto y al futbol de Francisco, el gusto por la pizza, el vino, la cerveza y la fanta de naranja, su común pero diversamente entendido sentido del humor, Dancing Queen y Abbey Road, son elementos que no sólo dan equilibrio a la película, sino que indican que, aunque aparentemente accidentales, la vida se compone no sólo de teologías y cosas serias, sino también de esos momentos divertidos que son capaces de unir almas, como el tango; en ese sentido, fue una gozada enorme la escena de la comida en el “cuarto de las lágrimas”, pero sobre todo, la gran final Alemania – Argentina de 2014, gran final también de esta película que me impactó, me emocionó, me hizo pensar y me divirtió.


lunes, 11 de noviembre de 2019

REFLEXIONES EN TORNO A MI ASISTENCIA AL CONGRESO LATINOAMERICANO DE PRE-VENCIÓN AL ABUSO DEL MENOR, DEL 6 AL 8 DE NOVIEMBRE DE 2019, EN LA UNIVERSI-DAD PONTIFICIA DE MÉXICO



Pudiera parecer que ya se ha hablado demasiado del problema del abuso sexual a menores por parte de miembros del clero; todos sabemos, además, que las consecuencias han sido catastróficas; Sin embargo, no es posible negar que también hemos avanzado, poco, pero realmente. En este contexto, quisiera compartir, con quien se acerque a este texto, que he ido entendiendo que la prevención del abuso a menores debe seguir ocupando un puesto central en la reflexión y en la vida de las comunidades eclesiales, y que tenemos que acercarnos al tema desde un contexto lo más amplio posible.
Ciertamente, en estos últimos años, como una respuesta concreta al terrible tema del abuso, múltiples diócesis, institutos de vida consagrada, conferencias episcopales e instituciones educativas, se han dado a la tarea de estudiar este complejo problema y han elaborado directrices, líneas guías y protocolos, unos más detallados que otros y puestos en práctica en distintos niveles y grados; sin embargo, la prevención no puede reducirse al diseño de este tipo de herramientas, por más alta calidad que éstas tengan y por más que se implementen y supervisen rigurosamente, tampoco podemos quedarnos en el estudio estricto y científico del tema.
La prevención ha de vivirse de manera eclesial, comunitaria, sinodal, pero, nuevamente, no basta tener nocionalmente claro un buen modelo de Iglesia. Durante más de 50 años hemos estado reflexionando en torno a una Iglesia que es Cuerpo de Cristo, que es Pueblo, que es Sacramento, que es Rebaño; una Iglesia en la que todos somos hermanos, en la que no hay mayor dignidad que la del bautismo y no hay mayor privilegio que el del amor y en donde el más privilegiado es el más débil. No ha sido suficiente. No basta estudiar científicamente un buen modelo de Iglesia, una eclesiología impecable, es necesario vivir la Iglesia según ese modelo, de modo que deje de ser sólo teología y se convierta en vida vivida, en pan nuestro de cada día.
La Iglesia piramidal, la potestad de régimen mal entendida, el clericalismo, pretender vivir al margen o por encima de la ley, la vida diocesana regida a base de decretos, la lejanía entre pastores y laicos, los malos tratos en las oficinas parroquiales y curiales, el burocratismo, las liturgias coreográficas, pero nulamente significativas, los planes pastorales almacenados en los libreros, la mediocridad hecha opción de vida, la difusa participación de la mujer, la exclusión de personas… son signos que están hoy presentes y que fortalecemos día con día, tanto pastores como laicos, todo lo cual inevitablemente, inevitablemente, conduce al abuso, en sus múltiples expresiones, incluyendo, por supuesto, el abuso de poder y el abuso sexual.
He tenido el honor de participar en el Congreso latinoamericano de prevención al abuso del menor, que organizó el Centro de investigación y formación interdisciplinar para la protección del menor (CEPROME) de la Universidad Pontificia de México, que se llevó a cabo del 6 al 8 de noviembre de este año 2019 (https://ceprome.com/congreso). Los ponentes fueron los máximos representantes en el tema a nivel mundial, personas eruditas y con gran profundidad de pensamiento, pero, sobre todo, con un honesto y sensible compromiso por enfrentar de la manera más evangélica y genuinamente eclesial este monstruoso cáncer: Rogelio, Hans, Juan Carlos, Daniel, Mario, Luis Manuel, Amedeo, Charles, Blase Joseph. Además de los contendidos de sus exposiciones, el testimonio de sus vidas fue ya, sin duda, un sólido magisterio. Gracias.
Tal vez esté mal en decirlo, porque el abuso siempre ha de ser tratado con respeto y seriedad; sin embargo, quiero atreverme a decir que el Congreso fue una fiesta, sí, una fiesta. Cada uno de los cuatrocientos sesenta participantes, provenientes de tantos países, tenemos el deseo genuino de hacer algo, de comprometernos de alguna manera, de poner nuestro granito de arena (semilla de mostaza), aunque no sepamos bien cómo, aunque a veces nos asalten las dudas, tengamos titubeos y lloremos en silencio. Ver rostros de hombres y mujeres, de jóvenes y no tan jóvenes, ver alzacuellos y hábitos, jeans, legins, faldas y pantalones, zapatos bien boleaditos, tenis y tacones… todos anotando, todos tomando fotos a las diapositivas, todos charlando de lo mismo fue un verdadero placer, una verdadera fiesta. Honro a todos los que participaron en la logística, desde los que ponían el café y las galletas Surtido Rico, hasta los encargados de las inscripciones y del sonido, de la conducción (damas geniales), de los micrófonos para nuestras preguntas necias ¡Qué alegría ver los restaurantes de los alrededores, llenos de apóstoles de la prevención!
Me conmovió José Luis, el Arzobispo de San Salvador, tan genuino, esforzándose de veras por ser sincero, sentadito como todos y, junto con él, obispos que recibían pedradas, que reían con algunos comentarios, que anotaban y se distraían a veces con el Whats y con el Face, obedeciendo dóciles lo que se les indicaba para la jornada de oración, conmovidos, interesados, como todos. Eso me llena de esperanza, obispos que sean como todos nosotros.
¿Qué me llevo?
1.     La convicción cada vez más arraigada e introyectada de creer en una Iglesia y de construir una Iglesia que sea una madre que ve por todos sus hijos y cuida de todos sus hijos, de manera especial a sus miembros más pequeños y vulnerables; una comunidad de hermanos y hermanas en la que crezca la conciencia de su vocación de crear espacios y relaciones en los que prevalezca el buen trato, el cual refleje de manera concreta y delicada el mandamiento del amor. Una Iglesia cada vez menos preocupada de su prestigio, de su imagen y cada vez más comprometida en responder a su vocación irrenunciable de predicar a Jesucristo y establecer su Reino. Una comunidad en la que exista el compromiso explícito de luchar entre todos contra todo tipo de abuso: la verdad no se impone, la autoridad no es autoritarismo, las consultas no son información de decisiones tomadas, las relaciones entre nosotros y con los demás han de ser por lo menos educadas, cordiales y respetuosas. La prevención o es sinodal o no es.
2.     Lograr el equilibro no es fácil. Existen distintos planos desde donde hemos de enfrentar el problema del abuso, teniendo cuidado de no absolutizar o, al menos, polarizar algún aspecto en específico y relativizar o excluir otros. Son varios los pilares que es necesario integrar, sin dogmatizar ninguno de ellos y sin prescindir de ninguno de ellos:
a)     La teología. No podemos entender el abuso de cualquier manera, sino como cristianos y con la mente, los ojos y el corazón de los cristianos. La reflexión debe partir de lo que Dios mismo nos ha revelado en su Hijo muerto en la Cruz y resucitado. Jesucristo es la víctima a la que pueden unirse todas las víctimas; sus heridas abiertas son las heridas de todos los que, como Jesús, llevan heridas también siempre abiertas; los verdugos de Jesús fueron los líderes de su propio pueblo, igual que nuestros ministros perpetradores, nuevos sumos sacerdotes. La teología, así, debe derivar en eclesiología y en mística.
b)    La psicología. Los estudios científicos en torno al abuso son innumerables y aportan herramientas imprescindibles. Aunque la psicología no es una ciencia exacta y el misterio del ser humano trasciende todo esquema, la ciencia nos ha permitido acercarnos con mayor objetividad a lo que pasa en la mente, en el corazón, en la historia y en los dolores y desconciertos de víctimas y victimarios. El ser humano es un inmenso misterio, pero sin la psicología andaríamos totalmente a ciegas y sin herramienta alguna.
c)     El derecho. Verdad y justicia son metas, horizontes, anhelos, que deben partir de la caridad. El abuso es siempre injusto y se basa en el engaño, en la mentira, es sometimiento de un poderoso sobre un inerme. La codificación de leyes y los procesos legales, incluyendo los penales, tienen como objetivo justamente servir a la verdad y ver por los débiles. Cuando la comunidad cristiana se concibe a sí misma como instancia que hace cumplir la ley y que se somete a la ley, civil y canónica, se compromete frontalmente contra el abuso, desde una plataforma firme y luminosa.
d)    La pastoral. La vida cotidiana de las comunidades eclesiales es el ámbito natural y necesario de donde debe partir toda reflexión, toda ciencia, toda ley, toda experiencia, pero también a donde todo debe desembocar. Las conferencias episcopales, los institutos de vida consagrada, las diócesis, las parroquias, los movimientos, asociaciones y pastorales, en fin, todas las instancias eclesiales, nos vemos obligados a hacer vida cotidiana la prevención como un estilo de vida y la intervención como un acto de justicia y caridad, inductiva y deductivamente. Nos debemos organizar, nos debemos poner de acuerdo, debemos verificar que las cosas no se queden en teoría, debemos tener una pastoral organizada y eficaz en la que sobresalga una opción decidida por la prevención. La mentalidad y la acción de toda la Iglesia, y de cada uno de sus miembros debe confluir en una misma dirección: el bien de todos, especialmente de los más débiles.
3.     Escuchar a las así llamadas víctimas, no como objetos de compasión, no como instrumentos de análisis, no como banderas exhibicionistas de autoafirmación o autojustificación, sino escuchando en ellas y en ellos la voz que Dios nos está dirigiendo y que es el único factor eficaz de verdadera y profunda transformación y conversión personal y eclesial. Quien no ha escuchado a las víctimas y no ha llorado con ellas, no podrá entender nunca y nada del abuso. Me inclino con veneración y expreso mi profundo respeto y admiración ante el testimonio de los sobrevivientes. Son ellos y ellas quienes están marcando la verdadera diferencia.
La prevención es una realidad que está a final de cuentas empezando, es una página nueva en la historia de la Iglesia, aunque esté arraigada en el mismo Evangelio; estamos iniciando una etapa, que ciertamente no nos llevará seguramente a la erradicación permanente del problema, pero que nos está conduciendo a poner en el centro a las víctimas y a contribuir a la construcción de nuevos ambientes, en los que finalmente la Iglesia pueda ser un hogar seguro para todos, siempre y cuando seamos todos quienes nos comprometamos: nadie está al margen o fuera de la responsabilidad.
¿Qué me llevo? Esperanza.