martes, 3 de enero de 2023

Mi pequeño tributo al gran Papa Benedicto XVI

Hace años tuve un sueño muy vívido y extraño: soñé que el Papa Benedicto XVI visitaba mi parroquia y que él y yo caminábamos juntos por calles llenas de baches, charcos y banquetas mal hechas; en un momento dado, lo tomé por el brazo para ayudarlo a evadir algún obstáculo y sentí de manera muy perceptible la fragilidad de sus hombros, esos débiles hombros sobre los que el Papa cargaba el peso de la Iglesia Universal. 

La figura de Benedicto XVI ha sido impactante para mí. Él, un hombre que gustaba de la investigación, en la que encontraba una expresión y profundización de la fe y no un mero ejercicio académico; él, un hombre cuyo carácter, más bien introvertido, prefería la soledad, no como huida, sino como oportunidad de reflexión, interiorización, oración; él, un hombre que tenía la firme convicción de que el mejor servicio que podía prestar a la Iglesia era tras bambalinas, apoyando discretamente al líder que el Espíritu Santo designara; él, por misteriosos caminos de la Providencia, fue elegido por los “señores cardenales”, pastor de la Iglesia universal.

Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad. A él le pido que supla la pobreza de mis fuerzas, para que sea valiente y fiel pastor de su rebaño, siempre dócil a las inspiraciones de su Espíritu (Benedicto XVI, Primer mensaje al final de la concelebración eucarística con los Cardenales electores en la Capilla Sixtina, 20 de abril de 2005).

Siempre admiré el modo cómo en cada momento de su pontificado, siendo consciente de la “pobreza de sus fuerzas” el Papa trató de expresar con sus palabras, con sus decisiones, con sus actitudes, en sus celebraciones, aquello que su conciencia le dictaba era lo mejor para la Iglesia y el mundo en esa etapa concreta de la historia, siendo coherente con la fe, apegado a la verdad, que tanto amó y defendió, e iluminado por una exquisita caridad. 

Muchos se declararon sus admiradores y fieles seguidores, otros fueron sus críticos, ambos polos con algunos representantes de posiciones extremas, otros, esgrimiendo justas y mensuradas razones. Qué figura pública no tiene sus fans y sus detractores, qué hombre no tiene sus luces y sus sombras.

La única vez que vi en persona a Benedicto XVI, no ya en sueños, fue en una audiencia general en Roma, de lejos, mientras pasaba caminando saludando a la gente por el pasillo central del Aula Pablo VI; el primer pensamiento que me vino a la mente fue: “El Papa no es fotogénico”, y es que las imágenes impresas y digitales muchas veces no le hacen justicia; ya en persona  verdaderamente proyectaba una gran bondad de corazón y una genuina humildad, lo cual no contrasta, sino que integra su genio intelectual y su liderazgo global.

Sus últimas palabras iluminan todo: “Señor, te amo”. Dios me conceda, al final de mi vida, poder también decirlas de corazón. Gracias, Papa Benedicto XVI; gracias, Joseph Aloysius.



miércoles, 14 de diciembre de 2022

“HABÍA UNA VEZ UN PEDAZO DE MADERA” Reseña de Pinocho de Guillermo del Toro


C’era una volta…
– Un re! – diranno subito i miei piccoli lettori.
No, ragazzi, avete sbagliato. C’era una volta un pezzo di legno. 

Había una vez…
– ¡Un rey! – dirán en seguida mis pequeños lectores.
No, muchachos, se equivocan. Había una vez un pedazo de madera.

Así comienza el texto del Pinocho original de Carlo Collodi, publicado entre los años 1882 y 1883 en un periódico infantil italiano. Aunque en mi casa había un libro que tenía las ilustraciones originales de Enrico Mazzati, como a todo niño de otras épocas, las imágenes que se anclaron en mi subconsciente fueron los dibujos animados de Walt Disney de 1940, que han prevalecido hasta ahora. La intención de fondo de Collodi, como la de las variadísimas versiones del cuento, es dejar en el corazón de los niños una simple moraleja: hay que ser buenos niños, obedientes, y alejarse de las malas compañías. Qué madre o padre de familia no llegó a decir a sus hijos: “si dices mentiras te va a crecer la nariz como a Pinocho”.

Ya salió en Netflix Pinocho de Guillermo del Toro. Soy de la generación a la que pertenecen del Toro, González y Cuarón, por ello compartimos escenarios históricos y contextos que nos conectan, así me pasó sobre todo con Roma de Cuarón, pero también con Babel de González y ahora con Pinocho de del Toro. Pinocho forma parte de mi vida, como lo ha sido para del Toro, según él mismo lo dice; mi madre me amenazaba con lo de la nariz, alguna vez incluso me la toqué cuando me dijo que me estaba creciendo.

Recuerdo bien el gusto que me dio ver El espinazo del diablo de Guillermo. El laberinto del Fauno me cautivó por esa genial mezcla de las verdades más crudas con la inocencia más pura con la fantasía más sublime. La premiada La forma del agua me gustó mucho, pero no muchísimo, no tanto como El Laberinto; en cuanto El callejón de las almas perdidas, la verdad, la empecé a ver, pero no me dolió posponerla indefinidamente, me dio la impresión de que el cine de del Toro era cada vez más sórdido por el solo hecho de ser sórdido. Por otro lado, el Pinocho de Roberto Benigni francamente me decepcionó, luego de La vita èbella nada fue igual; no he visto el nuevo live action de Disney, también de este año; es con Tom Hanks como Geppetto, pero lo dejaré entre los pendientes. En definitiva, a pesar de mi conexión con Pinocho, compartida con del Toro desde niños, no estaba yo precisamente en el mejor mood para ver su versión.

Después de ver este genial stop-motion lo puedo decir: Pinocho de Guillermo del Toro es una película que no me cansaré de ver. Gracias, Guillermo, por esta obra de arte que tocó fibras muy íntimas en mi corazón, en mi sensibilidad, en mi imaginación, en mi inteligencia, incluso en mi fe. Es una película valiente, muy audaz; confieso que me da miedo recomendarle a un papá: “vela con tus hijos”, niños o adolescentes, incluso no es fácil sugerirle a un adulto que la vea con sus padres ancianos, pero no dudaré en hacerlo, a pesar de su dificultad y sordidez. 

Por ejemplo, no parece políticamente correcto situar una historia “infantil” en el contexto de una etapa histórica caracterizada por el autoritarismo de un cruel dictador fascista, en medio de una guerra en la que los niños son víctimas, pero sorprendentemente también actores directos; Mussolini es un nombre que a los italianos les cuesta trabajo pronunciar. Pero, además, presenta, de manera muy explícita, situaciones que impactan grandemente nuestro ánimo, como el maltrato, el trabajo y la explotación, física y psicológica, de niños y de animales. Hay otras espinosas temáticas que este tipo de historias suelen evitar, o las tratan de manera muy sutil, como la brevedad de la vida y la muerte; del Toro, como buen mexicano, siembra la muerte de manera generosa por toda su película y hace de la muerte un personaje protagónico, sin ambigüedades.

Pero seguramente lo que más me tocó fue la difícil y misteriosa relación papá-hijo que tantas huellas deja en los corazones de ambos polos. Lo dice claramente Sebastián J. Grillo: es una historia “de padres imperfectos e hijos imperfectos”, en la que los hijos tienen que aprender a ser hijos y los papás tienen que aprender a ser papás, aceptando y asumiendo ambos esta mutua imperfección, lo cual es muy difícil, porque las altas expectativas recíprocas son inevitables; esta imperfección y estas altas expectativas son notables: Pinocho llega a ser insoportable, también para el espectador, Geppettto  no es tampoco un papá idealizado: se cae de borracho y crea eufórico al sustituto de su hijo muerto, una marioneta inacabada, fea, pero al mismo tiempo hermosa; es también conmovedora, y un claro ejemplo de esta imperfección y de las expectativas, la relación del Podestà con su hijo Candelwick; ambos muchachos a final de cuentas por ello mismo se llegan a conectar. 

“Eres una carga…”. “Eres un cobarde…” son frases que un hijo nunca olvida y que tocan directamente la propia identidad y el concepto de sí por el resto de la vida.

Hay un personaje mudo, también de madera, sí, el Cristo de la Iglesia, él también tiene un Padre y, precisamente desde la cruz, el Jesús del Evangelio le grita, como reclamándole: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” 

¿Puede ser más misteriosa la relación papá-hijo? 

No creo que sea irreverente, pero sí demasiado desconcertante, por decir lo menos, contemplar al muñeco crucificado y descubrir que, en un momento dado, tanto al Cristo de madera como al títere de madera les falta el mismo brazo izquierdo, no es casual; como tampoco es casual la restauración de ambos y la restauración de casi todos los personajes (nada es perfecto).

Hoy quiero rendirle tributo a mi papá muerto, el señor José Luis Cerra Montauriol, agradezco su imperfecto amor y le pido disculpas por no llenar sus expectativas. No me crecerá la nariz si digo: “te amo, papá”.

Un pequeño epílogo.

“Voy a crecer a tu gran tamañoy el mundo veré como tú,
te comprenderé,
mucho más y mejory la vida venceré” 
(Timbiriche, Hoy quiero decirte, papá)

viernes, 12 de febrero de 2021

SEMANA SANTA EN TIEMPOS DE PANDEMIA

La Semana Santa de 2020 fue excepcional. Por primera vez para nuestra generación fue celebrada sin la presencia y sin la participación de fieles, en templos vacíos, a puerta cerrada. La irrupción global del virus SARS-COV-2, causante del COVID-19, obligó a que la Iglesia Doméstica se convirtiera en el lugar santo en el que la familia celebrara los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

La oportunidad providencial de contar con los medios electrónicos, aún en medio de inevitables fallas técnicas, permitió que las imágenes y los sonidos de las celebraciones litúrgicas llegaran, desde nuestras Parroquias, a teléfonos celulares, a dispositivos electrónicos, a conexiones con la televisión de casa y que, de una manera novedosa, nos congregáramos en familia y nos enlazáramos en una gran red de verdadera comunión, como un único Pueblo sacerdotal.

A través de una muy útil herramienta electrónica, el Podcast, comparto con ustedes algunos documentos digitales que personalmente valoro como históricos y que será bueno conservar y tener a disposición; se trata de los audios de algunas celebraciones transmitidas a través de redes sociales desde la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en Reynosa, Tamaulipas; en esta ocasión, pongo a su disposición los Evangelios y las Homilías de las Misas de esa inolvidable Semana Santa.

Pido a Dios que sea de provecho para cada uno y para todos. Dios nos bendiga a todos.

Para acceder a los audios correspondientes en Spotify, haz click sobre las imágenes:




martes, 4 de agosto de 2020

El día del párroco en el COVID-19

Hoy es día del párroco, gracias al patrocinio de San Juan María Vianney, párroco francés del siglo antepasado. Ya he recibido algunas felicitaciones y las agradezco, pues la “cura de almas” es la dimensión que da mayor perfil a mi ministerio. Pensando en los párrocos, caigo en la cuenta que es prácticamente imposible hacer una descripción estereotipada del servicio que prestamos en la Iglesia, claro, a final de cuentas nos parecemos mucho y el Derecho Canónico y otros documentos definen con precisión nuestra tarea, pero no podemos negar que no es lo mismo ser párroco en África que en Asia o en América y Europa; los párrocos vivimos y somos iguales, pero también somos distintos hoy que en la Edad Media o en tiempos del Cura de Ars. Al interior de una misma Diócesis nos sentimos unidos, pero reconocemos nuestras grandes diferencias; también descubrimos que nuestra identidad se ve afectada por las diversas situaciones históricas por las que transitamos, justamente como ésta: el COVID-19.

La irrupción de la violencia en el territorio en donde está nuestra Diócesis de Matamoros, hace más de diez años, condujo a los párrocos a plantearnos grandes retos, directamente relacionados con nuestra identidad y ministerio. Experimentamos entonces un fuerte llamado de parte de Dios a permanecer en nuestras parroquias, mientras que muchas autoridades huían, y también otros servidores públicos, profesionistas, incluso pastores no católicos. Encontrábamos gran sentido en acompañar de esa manera nuestro Pueblo, que sufría y era presa del miedo, la comunidad parroquial se convirtió, en medio de la violencia, en espacio de paz y los pastores en portadores de esperanza. Esa experiencia configuró nuestro ministerio hasta el día de hoy.

En esta fecha, día del Cura de Ars, somos párrocos en medio de una pandemia, lo cual nuevamente conmociona nuestra estructura y nos lleva a buscar caminos que nos permitan ejercer, de alguna manera, nuestro ministerio, tan ligado a la vida sacramental y ahora tan limitado por el peligro que representa estar juntos. En medio de aquella violencia, que no tiene para cuando terminar, desaparecieron las iniciativas pastorales nocturnas, poco a poco se habían estado recuperando, no del todo, pero las comunidades no dejaron de participar de la Eucaristía y de la vida sacramental. En esta ocasión los sacramentos están en suspenso, pero la gracia de Cristo ha ido encontrando otros cauces para vitalizar los corazones de los fieles.

No olvidamos que, en medio de esta complicada situación, la vocación pastoral permanece intacta, seguimos a cargo de nuestro pueblo y buscamos, a como Dios nos da a entender, el modo para cumplir nuestra misión, aun en medio del confinamiento; hemos entrado a un interesante proceso de aprendizaje, nos hemos ido haciendo expertos en los caminos electrónicos por los que circula la gracia y se construye la comunión, el Señor se ha encargado de producir frutos abundantes. En lo personal, además de las acciones que haya podido emprender, quiero compartir que, estando la vida sacramental de alguna manera entre paréntesis (no así la gracia), la Palabra de Dios ha resonado poderosamente en mi corazón; prácticamente todos los días leo el Evangelio como si no lo hubiera leído antes, descubro que Dios ha estado elocuente y que dirige su Palabra al Pueblo con renovada frescura, iluminando, como nadie puede hacerlo, el difícil camino por el que todos transitamos, ensombrecido por la enfermedad y por la muerte. Será un reto reiniciar el año pastoral, en medio de una pandemia que ha tardado más de lo que supusimos, sin embargo, la experiencia fundamental no se modifica: Dios sigue guiando a su Pueblo, continúa ofreciéndole la fuerza de su gracia y lo ilumina con la fuerza de su Palabra.

Celebrar el día del párroco 2020, a puerta cerrada, en la conmemoración del Santo Cura de Ars y en medio del COVID-19, sí tiene sentido. Oren por sus párrocos, nosotros estamos orando por ustedes.


lunes, 30 de marzo de 2020

LA EUCARISTÍA EN TIEMPOS DE PANDEMIA. CON LARGA INTRODUCCIÓN


Hoy es el onceavo día y ayer el segundo domingo sin Eucaristía en nuestras Parroquias.
Desde que éramos bebés, mis papás nos llevaron a Misa a mis hermanos y a mí todos los domingos, de modo que no puedo pensar en el domingo sin la Misa. Los domingos se va a Misa. Esa ha sido una de mis más arraigadas costumbres. Después de Misa, en la Capilla de Lourdes en Torreón, en los años sesentas y setentas, mi papá nos compraba un elote o una raspa o un burrito y nos daba nuestro domingo (yo creo que, en gran parte por eso, desde nuestra mentalidad infantil, mis papás nunca batallaron para llevarnos a la Iglesia). Teníamos nuestra banca familiar, era del lado izquierdo, más hacia atrás que adelante, saludábamos a la misma gente de la Colonia Nueva los Ángeles, nos acostumbramos a las Misas del P. Romo, que era rector del Seminario. Igual en la Parroquia de San José en Ciudad Victoria y luego en San Francisco de Asís en Matamoros, siempre del lado izquierdo, más hacia atrás que adelante, toda la familia en la misma banca.
A mí me gustaban mucho las predicaciones del P. Robledo, llenas de erudición y de teología. En las solemnidades, cada año predicaba lo mismo, pero nunca se me ocurrió pensar: “eso lo dijo el año pasado”, al contrario, me gustaba que repitiera las cosas como si fuera la primera vez; quién sabe por qué se me quedó especialmente grabada la homilía que hacía en Epifanía: cuál era el fundamento científico de la estrella, quiénes podían ser los Magos, de dónde posiblemente eran, la simbología de los regalos que llevaron al Niño; una sola vez fue a Tierra Santa el P. Robledo, pero no perdía la oportunidad de introducir en las homilías alguna referencia geográfica, haciendo gestos con las manos hacia el norte o hacia el sur.
Adolescente, ya con independencia y vida propia, según yo, dejé de ir a Misa con mi familia y me iba a Catedral, a misa de una, con el P. Ruperto, yo solito. Me sentaba del lado derecho, hasta adelante (ahora voy cayendo en la cuenta de que sí me tomaba muy en serio eso de la independencia y vida propia); el P. Ruperto ha sido un gran orador, ardiente, apasionado, convincente, tenía la Catedral llena de jóvenes; mucho tiempo después, ya como sacerdotes los dos, me di cuenta personalmente cómo preparaba con amor, responsabilidad y cuidado sus homilías. En el grupo de jóvenes en el que participaba, Corporación de Estudiantes Mexicanos, dirigida por el P. Ramírez, siendo entonces yo responsable de la “Secretaría de Espiritualidad”, propuse hacer un “rol de misas”, es decir, que cada día uno de los miembros del grupo, de acuerdo a una lista, nos comprometiéramos a ir a Misa entre semana; sin embargo, al revisar los sábados siguientes si habíamos cumplido con el compromiso, me daba cuenta que algunos no lo hacían, así que internamente tomé la decisión de ir yo todos los días a Misa, a San Francisco, para asegurar que se cumpliera el “rol”, tenía 16 años. De ese tiempo recuerdo la sorpresa con la que empecé a disfrutar el Salmo Responsorial, fue un descubrimiento la belleza de esas oraciones poemas, pero también la lectura continua de las lecturas, de acuerdo con los ciclos y tiempos litúrgicos (bueno, entonces no sabía que había “ciclos litúrgicos”).
Puedo decir que mi participación en la Eucaristía dominical a lo largo de mi vida y entre semana, ya en mi adolescencia y primera juventud, fue decisiva en mi decisión de entrar al Seminario.
Nunca en mi vida fui monaguillo, nadie nunca me invitó, jamás se me ocurrió esa posibilidad, ni pasó por mi mente; en el Seminario, un servicio que todos los seminaristas prestamos es justamente “acolitar”. Yo no sabía hacerlo. Un día antes que me tocara en la lista por primera vez, anoté todo lo que el monaguillo hizo en Misa, lo estudié y lo traté de aplicar, menos lo de llevar agua para la purificación, pues en ese momento había estado orando después de comulgar y no me fijé; fue un momento incómodo, pero gracioso, cuando el P. Monjarás se quedó esperando el agua con el cáliz estirado y no se la llevé, me dijo en voz baja: “el agua”, no le entendí, otra vez: “el agua”, le llevé el agua para lavarse las manos, “no, la otra”. Ese día comenzó mi historia de amor con el altar, nunca había estado tan cerca de él, nunca me había subido al presbiterio, nunca había prestado un servicio en la Eucaristía. Como seminarista, fue el inicio de abundantes experiencias: misiones, exequias, celebraciones de la Palabra, Semanas Santas, presidiendo o acolitando, de modo que en el proceso de mi vocación fue creciendo y fortaleciéndose el anhelo de algún día presidir la Eucaristía, que desde niño valoraba y formaba parte de mi ser. Ya como formador y director espiritual en el Seminario, traté que los muchachos apreciaran y valoraran la celebración diaria de la Eucaristía, la presencia permanente de Jesús en el Santísimo en la capilla, las Horas Santas y las experiencias que como seminaristas tuvieran en las Parroquias de la Diócesis, sólo Dios sabe con qué frutos; muchos de esos muchachos son ahora sacerdotes y presiden la Eucaristía y muchos que no lo son, los veo con sus familias, asistiendo a Misa en sus parroquias, en su banca familiar y orando ante el Santísimo.
Mis tres Parroquias: la Asunción, San Juan y Guadalupe. Sí, en todas ellas, según su propio estilo e historia, y en lo que me han permitido los dones que Dios me da, mis limites humanos y mis errores, ha habido evangelización, ministerios, pastorales, movimientos; en todas le hemos metido a la construcción, a la organización, a la logística; me he tratado de relacionar con la gente, han nacido amistades, me he sentido amado, me he sentido útil; por cada una de ellas he desarrollado una caridad sincera, pastoral, esponsal y de servicio. Mis amadas comunidades. En cada una de ellas he percibido, con mucha fuerza y claridad, que la columna vertebral de la vida y de la pastoral de la Parroquia es sin duda la Eucaristía dominical. Yendo de una capilla a otra en la Asunción, amalgamando los ministerios y los tipos de auditorio en San Juan, recibiendo a las multitudes en Guadalupe. En las Misas de los domingos se hacen presentes las familias, se expresa la vida pastoral y ministerial, se reciben los impulsos para continuar construyendo la Iglesia y una nueva sociedad; es en la Eucaristía dominical donde Jesús evangeliza y alimenta a su Pueblo, les comparte su Espíritu, congrega, une, envía. Hasta los complementos son importantes: las gorditas y mi café después de Misa de nueve en la Asunción, la visita al San Benito entre Misa y Misa y el elote en las banquitas después de Misa con niños en San Juan, la barbacoa después de Misa de siete en Guadalupe: igualito que mi elote, mi raspa o mi burrito después de la Misa en Torreón, cuando era niño.
En una entrada de este blog alguna vez escribí: “Qué gozo cuando los niños participan y veo que les gusta venir a la Iglesia y me dan la paz; qué alegría cuando desde el presbiterio alcanzo a reconocer a las familias que vienen completas y que tienen su banca preferida; cuánta admiración me merecen los ancianos y los enfermos que desafían todo tipo de obstáculos y, haciendo enormes esfuerzos, nunca faltan... No me cansa la maravilla de ver mujeres embarazadas que con sus esposos se acercan a comulgar, con su mano en el vientre, el cual crece de domingo a domingo y de repente llegan con su bebé en brazos; amo ver a los esposos que comulgan juntos…
Agradezco mucho y reconozco la virtud de aquellos a los que no les gusta venir a Misa y se aburren, pero vienen porque son obedientes a sus papás y eso es bueno, o porque traen a personas enfermas o ancianas y eso es virtuoso, o porque su novia los obliga y eso es muestra de amor. Sé que de muchas maneras Dios va actuando…”
Agradezco a Dios que todos los hermanos sacerdotes con quienes me ha tocado compartir el servicio en las tres comunidades, han sintonizado con este espíritu y han puesto de su parte todo lo necesario para que esta experiencia haya tenido tantos frutos a lo largo de los años. Gracias a cada uno de ellos.

Desde que hice la Primera Comunión a los seis años, nunca tuve dificultad en entender que Jesús nos habla en su Palabra, que se hace presente en la Consagración y que estamos sentados con él y los apóstoles en la Última Cena, esto ha sido lo normal, ha sido parte de mis introyectos espirituales fundamentales hasta hoy, cincuenta años después.
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Seguramente todavía es demasiado pronto para sacar conclusiones teológicas, pastorales y espirituales de lo que ahora estamos viviendo en relación con la pandemia del coronavirus; sin embargo, justamente por todo lo que he compartido, suspender las Misas dominicales y las actividades pastorales en las Parroquias ha sido una de las decisiones más difíciles, pero necesarias, en las que me ha tocado participar. Algo inaudito, impensable. Al mismo tiempo, nuestra Diócesis está unida a gran parte de la Iglesia universal que vive la misma situación. Ayer domingo no hubo Misa con asistencia de fieles en la inmensa mayoría de las parroquias del mundo, tocando así la esencia misma y la vida misma de nuestras comunidades. Pareciera que una Iglesia sin Eucaristías comunitarias dominicales no fuera siquiera Iglesia.
Decía el Evangelio del Miércoles de Ceniza: “Cuando ayunen, no se pongan tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que la gente vea que están ayunando. Les aseguro que ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu cara, para que no muestres a los demás que estás ayunando, sino tu Padre que está en lo secreto, y tu Padre, que ve lo secreto, te premiará” (Mt 6, 16-19).
Esta Cuaresma el Señor nos ha pedido un ayuno inesperado y doloroso, un ayuno que se extenderá seguramente a la Pascua, nos pide que ayunemos ni más ni menos que de él, de la Eucaristía, nos pide que ayunemos de reunirnos como hermanos en nuestras comunidades, en nuestros templos parroquiales. Es un ayuno duro y difícil para todos, fieles y pastores, por eso hay que perfumar nuestra cabeza y lavar nuestra cara, que las dificultades las sepa sólo nuestro “Padre, que ve lo secreto…”
Porque, además, y en la misma línea, con mucha sinceridad, quiero compartir que, en medio del dolor del ayuno, también existe la consolación espiritual: así como nos sorprendió el virus, en la misma medida me ha impresionado en este contexto el efecto de las redes sociales y de la mensajería instantánea, las cuales han marcado la gran diferencia; no temo decir que han sido providenciales al momento histórico que vivimos como especie. En la palma de nuestra mano y con la hábil operación de nuestros pulgares, tenemos la información más actual, recibimos notificaciones útiles y pertinentes en relación a nuestro trabajo y actividades sociales, entramos en comunicación con la familia, con amigos, con compañeros de trabajo, superiores y colaboradores, se toman decisiones, se llevan a cabo iniciativas, nos divertimos, nos relajamos, aprendemos a relativizar las cosas, lloramos, nos reímos, en fin, hacemos y construimos comunión, una comunión que va más allá de nuestro contactos y grupos de WhatsApp y de nuestros amigos y seguidores de Facebook.
Repito, es muy pronto para sacar conclusiones, con el tiempo se hará, pero no salgo de mi estupor al ver las redes llenas de Eucaristía, una manera nueva de celebrarla. En la palma de nuestra mano están las Misas del Papa en Santa Marta y pudimos asistir al conmovedor “Momento extraordinario de oración en tiempo de epidemia” presidido por el Santo Padre en la Plaza vacía, pero llena de todos nosotros, en San Pedro, momentos de gran privilegio. Al mismo tiempo, me asombran y me divierten los esfuerzos que estamos haciendo los párrocos y los sacerdotes para celebrar la Misa con nuestros fieles. No sabemos transmitir, estamos aprendiendo, las Misas del Papa en YouTube se ven infinitamente más bonitas, las nuestras, en cambio, muchas veces son transmitidas con poca iluminación y resolución, con sonido deficiente, con tripiés frágiles y chuecos, se oyen los perros, la silla que se cae, el abanico, las notificaciones que llegan al celular; sin embargo, tengo el consuelo espiritual de que a través de mi teléfono llega la Eucaristía a mis fieles, a los fieles de mi Parroquia y más allá. Todos mis hermanos sacerdotes igual.
¿Bastaría sólo la Misa del Papa o del Obispo? Quizá, pero nuestros fieles buscan la Misa de sus Parroquias, la que celebran sus párrocos y vicarios, a las que están acostumbrados, a las que quieren asistir, junto con los hermanos de la comunidad en la que sirven. En la transmisión de Facebook Live llueven en los comentarios los Amén, las intenciones, las acciones de gracias, los corazoncitos y los deditos arriba de hermanos y hermanas a quienes amamos y con quienes nos sentimos en esos momentos verdaderamente unidos. No, las redes no están saturadas: aunque estemos lejos, creo que pocas veces habíamos estado tan cerca y en una comunión tan estrecha y solidaria.
La vida es un proceso de conocimientos acumulativos y progresivos, en la historia de mi relación con la Eucaristía, desde mi infancia hasta hoy, la etapa del coronavirus será sin duda un momento que consolide, pero que también haga crecer el valor que debo darle a la Eucaristía dominical en la comunidad, como parte esencial de mi misión, como cristiano y como pastor.
Yo mismo decía en una publicación de Facebook, el 21 de marzo: Aún en la reclusión, somos una Iglesia en salida. Las redes sociales son los nuevos caminos, las nuevas brechas, los nuevos senderos por los que hacemos misión y vamos casa por casa, celular por celular, “vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Noticia a toda criatura” (Mc 16,15). Anhelo el día en que podamos vernos nuevamente en Misa, será una inmensa fiesta, parecida a la gran Eucaristía que celebraremos en la Vida Eterna.