El camino de Santiago es una escuela de vida espiritual, no sólo porque desata una serie de mecanismos psicológicos que impulsan a la introyección, sino porque siendo el ser humano un irremediable caminante, como la antropología y la fe lo atestiguan, el Espíritu Santo conduce lentamente al creyente al encuentro con el Dios de Israel, Pueblo peregrino en el desierto, y con Jesucristo, compañero del Camino de Emaús. El Camino es encuentro con la Palabra y con la Eucaristía, también con el corazón de hermanos y hermanas peregrinos que vibran en la misma sintonía, el Camino es lugar privilegiado de fraternidad entre las naciones. El dolor, la fatiga, las dificultades, se acompañan con el enorme gozo de la contemplación del Dios que vive en el corazón peregrino.
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