Tengo muchos amigos a los que no les gustan los toros. Es gente buena. No militan en movimientos antitaurinos, ni atacan esgrimiendo argumentos contundentes, no buscan denodadamente cambios de leyes, ni se plantan frente a las plazas con carteles llenos de adjetivos. No les gustan los toros simplemente porque sufren viéndolos morir de esa manera, padecen solidariamente con el dolor del toro. Con los antitaurinos no cuesta trabajo discutir, hay muchos argumentos más contundentes que los suyos; sin embargo, con mis amigos buenos, hasta un poco de pena me da defender la fiesta.
En estos momentos de crisis, todos los que tenemos que ver con la tauromaquia, villamelones, entre los que me cuento, y aficionados verdaderos, matadores y subalternos, personal de plaza y empresarios, también los ganaderos y los comentaristas, todos, tendríamos que hacer un esfuerzo solidario para hacer sobrevivir con dignidad la fiesta a la que amamos, de modo que ante antitaurinos y, con pena y todo, ante nuestros amigos buenos, podamos seguir gozando su estética.
Pero, ¿qué hacer cuando pasan las cosas que hemos sufrido en relación al mano a mano entre José Tomás y Joselito Adame el próximo treinta y uno de enero en la Plaza México? Dijeron que el día dos de noviembre, a las nueve y treinta, estarían disponibles los boletos para la corrida. No fue así. Ni Ticketmaster en Internet ni el teléfono funcionaron nunca. Luego dijeron que los boletos se habían agotado en doce horas. No parece factible. ¿Cómo van a entrar cuarenta mil almas a la Plaza ese día? ¿Quienes poseen derecho de apartado? No parece posible.
Diera la impresión de que alguien venderá a un muy elevado costo entradas los días treinta y treinta y uno y con esto la tauromaquia recibirá una estocada inmerecida y cobarde, contradiciendo el verdadero espíritu que la debe animar. Ojalá José Tomás se dé cuenta de lo que sin querer provoca. Partir plaza una vez al año parecería sólo una actitud enigmática para envolver al matador en una atmósfera de misterio y generar ansiosas expectativas. Sin embargo también desata estas embestidas de ambición y corrupción. Dios no permita que se convierta en divo.
Es lamentable, quien debiera defender la fiesta la está matando, quien tendría que promoverla a final de cuentas limita su difusión y restringe los argumentos para defenderla.
Cuando mis amigos buenos me pregunten con tristeza por qué me gustan los toros, simplemente encogeré los hombros, los antitaurinos tendrán más argumentos.
Yo quería, pero no tengo boleto, y ya no lo quiero.
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