jueves, 10 de diciembre de 2015

UNA PUERTA ABIERTA

Una puerta abierta es signo de bienvenida, de recepción cariñosa, de acogida. Más aún cuando hay un anfitrión que nos espera dentro para recibirnos y brindarnos un cariñoso abrazo y para ofrecernos su hospitalidad en un hogar acogedor. Es por ello que pasar por la puerta abierta de una casa es una experiencia altamente enriquecedora que nos hace crecer. El Papa Francisco nos dijo en la homilía de la Eucaristía de apertura del Año Jubilar, antes de abrir la Puerta Santa:

“Entrar por la puerta significa descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno”.

Es Dios Padre quien nos abre la puerta, quien nos invita a entrar, quien nos ofrece abrigo en la calidez de su hogar. Así, la Basílica de San Pedro, las demás basílicas de Roma, pero también todas las catedrales del mundo e innumerables iglesias y santuarios del planeta, se convierten en casas de puertas abiertas, por las que pasamos a recibir con gran júbilo el maravilloso regalo de la misericordia del Padre.

Las iglesias no son fríos museos, sino la casa de un Padre que celebra una fiesta para sus hijos (Lc 15, 23-24) que, arrepentidos, nos encaminamos a recibir su amor con corazón abierto y humilde. La misericordia de Dios es sinónimo de fiesta, de júbilo, de “jubileo”.

En nuestra Diócesis no sólo la Catedral de Matamoros, también las Parroquias de Nuestra Señora de Guadalupe de Reynosa, Sagrado Corazón de Valle Hermoso y San Fernando de San Fernando tienen sus Puertas Santas de Misericordia abiertas a recibir a quien busque las gracias especiales que este Año Jubilar ofrece, cumpliendo con las condiciones que la Iglesia pide.

Hemos de ir como peregrinos, como personas que se desapegan de las ataduras que nos vinculan a nuestros egoísmos, como itinerantes que, puestos de pie, se encaminan a la meta soñada, atravesando en este caso la distancia que nos separa del amor de Dios, con penitencia, pero también con gozo. El Santo Padre nos dice:

“La peregrinación es un signo peculiar en el Año Santo, porque es imagen del camino que cada persona realiza en su existencia. La vida es una peregrinación y el ser humano es viator, un peregrino que recorre su camino hasta alcanzar la meta anhelada. También para llegar a la Puerta Santa en Roma y en cualquier otro lugar, cada uno deberá realizar, de acuerdo con las propias fuerzas, una peregrinación”.

La confesión es también una puerta que nos permite salir de la oscuridad del pecado y entrar a la luz de la gracia; la profesión de fe nos vincula al Credo de la Iglesia peregrina de todos los tiempos y nos une como una sola familia; orar por las necesidades del Santo Padre es un modo concreto de agradecer todo lo que él hace por el Santo Pueblo Fiel de Dios y colaborar al desarrollo feliz de su ministerio.

Salir por la Puerta Santa de la Misericordia tiene también su profundo significado, no puede ser que regresemos al mundo como si nada hubiera pasado; si entramos por la Puerta Santa, salgamos también por ella a practicar la misericordia de la que hemos sido beneficiados. Hay catorce caminos concretos para hacerlo: las obras de misericordia espirituales y materiales. Seamos “misericordiosos como el Padre” (Lc 6,36) y encontrémonos con Jesús que sufre en los más pobres y necesitados. Ellos son también Puertas Santas que nos conducirán a un Reino preparado para nosotros desde la creación del mundo (Cf. Mt 25,32).

¡Buen camino!

1 comentario:

  1. muy CLARITO...y si, la salida tiene su misión también...saludos Padre Jose Luis

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