Los resultados de las elecciones en México se ofrecen en números y en puntos porcentuales; estamos ya acostumbrados a que vamos conociendo esas cifras a partir del avance de la información, tal como nos los ofrecen las encuestas de salida, el programa de resultados electorales preliminares y el conteo rápido del INE; sin embargo, el resultado final de las elecciones corresponderá a la suma de todos y de cada uno de los votos que fueron depositados en las urnas. Millones de papeletas físicas, contadas manualmente.
Siempre hay que considerar que esas
cifras y esos porcentajes no son abstractos, corresponden a la suma de muchas decisiones
individuales, hechas por persona particulares, las cuales, cada una de ellas,
llegado el momento y por distintas razones, emiten su voto. Dice la mampara en
la que nos aislamos del universo en ese momento crucial: “El voto es libre y
secreto”, a estas alturas de la historia, creo que casi todos los mexicanos así
lo creemos y así lo vivimos.
A lo largo del proceso electoral
fuimos atiborrados por muchas imágenes y palabras: logotipos, posters, colores,
espectaculares, pintas de bardas, plásticos, videos, memes; discursos, consignas,
debates, canciones, noticias, opiniones, comentarios, pláticas de café,
discusiones en grupos de WhatsApp, análisis sesudos, aseveraciones
superficiales, dimes y diretes, broncas y acusaciones mutuas interminables; difícilmente
podíamos ir asimilando y procesando tanta información; seguramente para muchos
no fue fácil emitir una opinión propia que les condujera a una decisión bien discernida.
En estas circunstancias, no he
podido dejar de pensar que hubo un fenómeno que denominaría de élite, configurado por pensadores, líderes de opinión (así lo dicen), analistas, académicos, que tienen
acceso a medios de comunicación, tradicionales o digitales, periodistas, editorialistas,
entrevistadores y entrevistados; a este grupo pueden pertenecer también,
maestros, empresarios, comerciantes, profesionistas, líderes religiosos. Personalmente
percibía que había entre ellos cierta polarización, que había partidarios de unos
y otros actores; pero, la verdad, también notaba una
tendencia entre muchos de ellos a expresar con contundencia una y otra vez y en
todos los tonos: “que no gane Morena”; esa era la postura oficialmente inteligente,
la verdad suprema, lo demás era ignorancia y necedad. Sin embargo, demográficamente,
este grupo no es relevante, es un círculo porcentualmente muy pequeño en
relación con el universo de la población, su voto contaba igual que el de los
otros: uno por persona. En un momento dado pensé que su influjo pudiera afectar
de alguna manera el rumbo de las tendencias, pero no fue así.
Como en una especie de corriente
paralela a la de la élite, los mexicanos y mexicanas tomaron individualmente
decisiones que, sumadas, definieron el resultado final de la
elección. Morena triunfó. Los números y porcentajes finales dejaron con la boca
abierta a muchos, eran de no creerse, escaparon a todo análisis, previsión y
encuesta, incluso para los partidarios elitistas de Morena.
Creo firmemente que los resultados de las elecciones en nuestro país son,
ante todo, respetables. Sería poco objetivo pensar que las injerencias
del presidente de la república, del aparato del estado o del crimen organizado
explican estos resultados, no. Tampoco los programas sociales. Repito,
fue la suma de las respetables decisiones individuales de millones de mexicanos y mexicanas
que trabajan en las fábricas, en la construcción, que atienden en las tiendas y
en los restaurantes, amas de casa, vendedores ambulantes, empleados de oficina,
jubilados; fue la decisión de mexicanos y mexicanas que usan transporte público, que compran en los tianguis, que son aficionados a uno u otro equipo
de futbol, que se juntan en las tardes para asar pollo, que llevan a sus hijos
a la escuela, que el domingo van a Misa o al culto.
Guste a algunos o no, estén otros
de acuerdo o no, la decisión que tomaron es respetable y tiene sus razones. Son
ellos quienes representan el círculo demográfico que define las elecciones, son
ellos quienes han decidido el modo como será conducido nuestro país. Su voz ha
sido contundente y se ha dejado oír.
Quienes de alguna manera u otra
pertenecemos a las élites de la que he hablado, debemos ponernos a pensar qué
tanta sintonía e influencia tenemos con todos aquellos que, a final de cuentas,
son los protagonistas de la democracia.
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