miércoles, 22 de abril de 2015

HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN DEL XXV ANIVERSARIO DE ORDENACIÓN SACERDOTAL DEL PBRO. JOSÉ LUIS CERRA LUNA

Muy queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús. Agradezco la presencia de todos ustedes y aprecio mucho su voluntad de unirse a la acción de gracias que como comunidad queremos elevar por los veinticinco años de ministerio sacerdotal que Dios me ha concedido; agradezco la presencia de los señores Obispos, en primer lugar del nuestro, que preside esta celebración, nuestro querido pastor, Mons. Ruy Rendón Leal; agradezco también la presencia del que sigue siendo nuestro, aunque esté en Querétaro, Mons. Faustino Armendáriz Jiménez y de Mons. Alonso Calzada Guerrero, Obispo Auxiliar de Oaxaca, excelente amigo, contemporáneo de formación; oramos con mucho afecto por la salud de Mons. Francisco Javier Chavolla Ramos, quien me expresó su deseo y su imposibilidad de estar entre nosotros, lo está espiritualmente; la presencia de ustedes manifiesta que el ministerio sacerdotal es un don para toda la Iglesia y que se sitúa en el orden de un sacramento compartido en fraternidad, en jerarquía y en comunión.

Agradezco la presencia de mis hermanos y amigos sacerdotes, son ustedes mi familia, gracias por estar. Gracias al Seminario de Matamoros, su presencia es muy significativa para mí en este momento. También está mi familia. Hola. Expreso mi gratitud por la presencia de miembros de la vida consagrada; Gracias a todos ustedes hermanos y hermanas, miembros de las pastorales, de los movimientos y de los grupos de mi comunidad, de mi amada Parroquia de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, les agradezco con todo el corazón por el enorme trabajo y entrega que implicó para ustedes la organización de estas celebraciones, Dios se lo recompense; doy la bienvenida a los fieles de otras parroquias, especialmente de la querida Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Matamoros, y de comunidades, grupos, amigos que nos hemos acompañado y hecho camino juntos por estos veinticinco años de peregrinación y aún antes. Gracias también a las autoridades de esta nuestra querida ciudad de Río Bravo.

Quiero iniciar haciendo memoria de un hermano que tendría que estar aquí, en este presbiterio, concelebrando, pero que nos acompaña desde la Liturgia eterna, les suplico que nos unamos para rendir un tributo nacido de la sinceridad de nuestros corazones a mi hermano el Pbro. Santiago Enríquez Rangel, con quien tuve la gracia de recibir el Sacramento del Sagrado Orden, el 21 de abril de 1990, de manos de Mons. Sabás Magaña García, que igualmente nos acompaña desde el cielo y por quien también oramos. Santiago y yo habíamos planeado celebrar juntos nuestro aniversario; su presencia desde la casa del Padre añade a esta celebración una gran profundidad, nos lleva a reflexionar sobre la esencia última del sacerdocio, que es entrega y donación de la propia vida, como hizo él a lo largo de su ministerio, pero sobre todo en el tiempo de su enfermedad, dando a todos un ejemplo elocuente de la vivencia de un sacerdocio asumido con radicalidad. Como frecuentemente él decía: “Pepe y yo somos muy distintos”, pero esas diferencias nos unieron de forma muy especial y fraterna y nos continúan uniendo hoy. Oramos también por mis padres, José Luis y María de Jesús, que a mis hermanos y a mí nos engendraron a la vida, pero también a la fe y gozan ya de la presencia del Señor. Recordamos al P. Madrigal, al P. Demetrio, al P. López y al P. Carmelito A todos ellos, dales, Señor, el descanso eterno. Y brille para ellos la luz perpetua. Descansen en paz. Así sea. Las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz. Así sea.

Las dos lecturas de la Liturgia de la Palabra que hemos escuchado hoy se desarrollan en ambientes de fuerte tensión: En la primera, entre Esteban y el Sanedrín, institución que se resistía siempre al Espíritu Santo y en el Evangelio entre Jesús y la gente de la Sinagoga de Cafarnaúm, que le exigía señales y obras para creerle. Todo el capítulo 7 de los Hechos de los Apóstoles, así como el capítulo 6 del Evangelio de San Juan son amplios textos que merecen una lectura serena, meditativa y orante; los textos que corresponden a la Misa de hoy son de alguna manera el culmen de ambas capítulos.

En la primera lectura hemos contemplado a Esteban, que se mantiene firme, pero sereno en la confesión apasionada de su fe, fue fiel a la veracidad de las palabras kerigmáticas que había pronunciado; la reacción desproporcionadamente violenta de los miembros del Sanedrín no hicieron que retrocediera un paso; es más, dicha violencia fue ocasión para que Esteban se uniera místicamente a Jesús y tuviera visiones consoladoras extraordinarias de la gloria de Dios. Su martirio fue semejante al de Cristo, fue como si Jesús participara a Esteban de su propia entrega en la cruz; escuchando la narración de la pasión de Esteban no podemos dejar de pensar en la narración de la pasión de Jesucristo: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”, “Señor, no les tomes en cuenta este pecado”, “diciendo esto se durmió en el Señor”.

Jesús en el Evangelio también se mantiene firme en medio de demandas llenas de intereses personales y egoístas de la gente, lo buscaban porque les había dado de comer; Jesús tiene una palabra a la que es fiel, aún en medio de exigencias populares y retos que brotaban de la incredulidad; la gente quería señales y obras, quería más milagros, no les bastó el de la multiplicación de los panes. Ante esto Jesús nos da a conocer el sentido de su entrega declarándose a sí mismo “Pan de vida” y ofreciendo una enseñanza bellísima llena de contenidos eucarísticos y salvíficos. Acercándonos a él no tendremos hambre, creyendo en él nunca tendremos sed. Como sabemos, fueron palabras que no gustaron y que llevaron a que la gente lo abandonara.

Esta Palabra de Dios y estas reflexiones compartidas, provocan el día de hoy especial eco en mi corazón. Dios me ha llamado a proclamar su Palabra como profeta, como misionero, pero antes me llama a que le escuche como discípulo. Todo lo que he compartido en esta homilía quisiera en primer lugar decírmelo a mí mismo, como palabra profética dirigida a mi corazón; permítanme que me apropie la Liturgia de la Palabra de este día, como mensaje de Dios dirigido también a mi persona.

Les comparto que por un lado es una Palabra que me consuela, porque ilumina de modo claro el estilo como Jesucristo quiere que viva el ministerio por el que me ha unido a él: me quiere como Esteban, testigo fiel en medio de las dificultades, bien plantado, con la mirada llena de Dios y de su gloria, quiere mi palabra coherente, serena, firme y apasionada, quiere que sea un hombre valiente, decidido y arrojado, me quiere penetrado de su Espíritu y fiel hasta el final. Me consuela saber que Jesucristo quiere, además, que me alimente de él, de su Cuerpo que da vida, de la Eucaristía de la que soy ministro, pero quiere que yo también me convierta en Pan, en Eucaristía que se entrega como alimento para los demás y que lo haga a con su estilo, como él, pendiente y providente de las necesidades reales del Pueblo a mí encomendado, pero permaneciendo por encima de manipulaciones y exigencias que broten de motivaciones contaminadas, principalmente de las mías propias.

Al mismo tiempo, es una Palabra que me hace temblar, pues no me es difícil constatar lo lejos que estoy y que he estado de lo que Dios quiere de mí. Pienso en mi sacerdocio como un proyecto nunca acabado y pienso en mi persona como necesitada permanentemente de conversión. El día de hoy quiero ante Dios y ante la comunidad refrendar mi decisión de seguirlo según el modelo que esta Palabra me presenta y que no deja de fascinarme y de atraerme poderosamente, pido a todos ustedes oración para que en medio de mis debilidades luche por ser fiel.

El día de hoy no tengo otra cosa que presentar a Dios como ofrenda de gratitud por estos veinticinco años que mi corazón. Reconozco que el corazón que deseo ofrecer a Dios es en primer lugar el corazón de un hombre enamorado. De manera muy imperfecta, pero real, veo reflejado mi propio corazón en el de Esteban y en el de Jesús, me identifico fuertemente con ellos, pues son ellos ante todo hombres intensamente enamorados. A lo largo de estos veinticinco años he ido descubriendo que mi amor ha de girar en torno dos ejes: el amor a Jesucristo y el amor a la Iglesia.

Y sí, amo a Jesucristo que me hizo nacer en una hermosa familia y que me llamó a la fe desde mi infancia y mi juventud, principalmente a través de mis padres; amo a Jesús que me llamó a esta maravillosa vocación al sacerdocio, que ha sido aventura diaria y pasión delirante; amo a Jesús que ha caminado conmigo a los largo de estos años como peregrino fiel, primero en mi formación inicial en el seminario y luego a lo largo de estos veinticinco años de ministerio; amo a Jesús que me ha dado la oportunidad de servirlo en gratificantes ministerios, primero en la formación de los futuros pastores en el Seminario, y luego en dos queridísimas y entrañables parroquias, Nuestra Señora de la Asunción en Matamoros y Nuestra Señora de San Juan de los Lagos en Río Bravo; amo a Jesús porque me ha llamado a servirlo en la formación permanente de mis hermanos sacerdotes, en los movimientos laicales y en otros apostolados diocesanos; amo a Jesús porque me ha dado amigos y amigas con quienes he compartido como hermano tantas experiencias, amigos sacerdotes y amigos y amigas laicos, a muchos de ellos me une una amistad de años; amo a Jesús porque a mi espíritu nómada, ha correspondido dándome la oportunidad de visitar muchos y bellos lugares que me han enriquecido grandemente.

Me reconozco también como hombre que ama a la Iglesia, mi segundo gran amor, a esta amadísima institución a la que pertenezco y que me pertenece, no me concibo fuera de ella, de sus estructuras, de sus servicios, de sus leyes, de su jerarquía, del estilo de su presencia en el mundo; amo al Papa, amo a mi obispo, y a los obispos, amo a mis hermanos sacerdotes, amo a los fieles que la componen, amo sus movimientos y sus carismas, sus comunidades, sus asociaciones. Amo a la Diócesis de Matamoros y sus instituciones, amo su clima, sus paisajes, sus caminos, su cultura, su idiosincrasia norteña, amo a las familias, a sus mujeres y a sus hombres, a sus niños y a sus ancianos; amo ser sacerdote en la Iglesia, amo ser párroco, no desdeño mi vocación de ser pastor, amo ejercer un servicio de autoridad y liderazgo, amo proveer la Palabra de Dios y los Sacramentos a la comunidad, amo reconocer los ministerios y carismas e impulsarlos, amo construir comunidades cimentadas en la caridad, comunidades de discípulos misioneros, amo ser yo mismo discípulo misionero en la Iglesia para el mundo. Soy hijo de la Iglesia y quiero seguir siéndolo el resto de mi vida, obedeciendo con docilidad y militando en ella de modo activo, dinámico, creativo, para consolidarla, para hacerla brillar con un resplandor siempre rejuvenecido.

Así como presento un corazón enamorado de Jesús y de la Iglesia como ofrenda de gratitud por estos veinticinco años de vida ministerial, pido a Dios que reciba también como ofrenda un corazón muy humano, muchas veces he pensado que demasiado humano, porque en mi pecho late también un corazón en el que existen dudas, desconciertos, oscuridades, sentimientos que chocan y afectos que no logro del todo sintetizar y orientar como es debido; descubro motivaciones contaminadas e intereses que buscan más mi propio reino que el Reino de Dios y que me ligan de más al estilo de este mundo. La historia de mi ministerio sacerdotal ha sido también historia de pecado. Por eso, aunque no me cuesta identificarme con Esteban y con Jesús, tampoco es difícil verme proyectado en el Sanedrín y en la gente de la Sinagoga de Cafarnaúm. Por eso en este día quiero pedir perdón, porque muchos de ustedes, en diversas ocasiones, han sido víctimas de este corazón que no deja de estar dividido; les pido también paciencia, sobre todo a los más cercanos y, sobre todo, les suplico oración, pidan para que no cese de estar en un proceso permanente de conversión en todos los niveles de mi vida.

Agradezco a Dios y a la Santísima Virgen la oportunidad que me ha dado en este día de dirigirme a todos ustedes, gracias nuevamente por su presencia y su amistad, gracias por tantas manifestaciones de cariño sincero y desinteresado, me siento un ser privilegiado al descubrirme un hombre rodeado de amor. Dios les pague.

sábado, 28 de febrero de 2015

PORQUE EL SEGUNDO SE PLANTA

PASEILLO

Lo que me abrió los ojos y la admiración al mundo de la fiesta sucedió una tarde de visita a la México que no tenía planeada; ahí presencié por primera vez una corrida, no sé de quién, ojalá pudiera recuperar ese cartel que dio nuevos elementos de color y emoción a mi vida de aficionado tardío. "¿Por qué al primer torero lo abuchean y al otro le aplauden?", pregunté a Eduardo. "Porque el segundo se planta", me respondió sin más. Y como sólo muy ocasionalmente sucede en la vida, recibí una iluminación interior. Aprecié y admiré no sólo esa bellísima danza desigual, sino que me fue permitido leer mi vocación de modo diverso. 

Y es que he ido cayendo en la cuenta que aún en medio incluso de los debates, pensar en la tauromaquia conduce a la asociación necesaria de otras ideas menos técnicas, pero más coloridas, como fiesta, belleza, maestría, bravura y arte, o en metáforas, como ritual, poesía, ritmo y danza. También inevitablemente nos sitúa ante los delicadísimos, intangibles y existenciales vértices que se dan entre la vida y la muerte, entre la bravura bestial y el espíritu infinito del hombre, entre el desmedido ímpetu del animal y el acompasado uso de la muñeca del torero, entre el valor y el miedo, a final de cuentas, entre barrera de sol y barrera de sombra.

Quiero ser matador, quiero ser maestro, quiero ser artista; quiero someterme a un ritual preciso y simbólico de tiempos, jerarquías, música y colores; quiero aprender a citar y a engañar, a ser experto en la técnica de los pases y a cargar la suerte; quiero "plantarme" con elegancia, belleza, ritmo y serenidad ante las embestidas irracionales de la vida y de mí mismo; quiero, a final de cuentas, ser dueño de la más fría y calculadora racionalidad y simultáneamente de la más intensa pasión, para tirarme a matar con precisión y contundencia.

Soy un hombre pacífico, que huye del conflicto y de la pelea, incapaz de matar una cucaracha sin que me deje de sentir mal. Cómo era posible entonces que esa tarde fuera yo arrastrado por emociones tan hondas e intensas presenciando esa lucha, por así decirlo, de toro y torero y que esa lucha me pareciera una coreografía no ensayada, pero artísticamente ejecutada. Me desconcertó la reacción de mi corazón y de la totalidad de mi sistema nervioso y respiratorio cuando el torero mató y el toro dobló. ¿Por qué experimentaba yo eso? ¿Por qué me se despertaban tales reacciones? ¿Por qué justo emociones tan estéticas y tan eróticas? ¿Se asomaba mi genoma de ancestral cazador, de guerrero, de estratega y de conquistador de tierras y corazones? 

PRIMER TERCIO

No sé mucho de la fiesta, quisiera saber más, pero a pesar de mi incipiente iniciación, he ido aprendiendo a gozar y apreciar las buenas faenas; además, he ido entendiendo que en muchas cosas me descubro reflejado.

En la Liturgia que me da identidad también yo, como sacerdote, me visto de luces, a una hora precisa parto plaza en un paseíllo, desfilo con mi cuadrilla, obedezco un ritual compuesto de tiempos determinados. Hay también música y afición, hay un ruedo, incluso barrera; pero sobre todo, me fundo en un sacrificio real, en el que hay un Cuerpo entregado y Sangre que se derrama, en el que me convierto en victimario y víctima con Cristo, que es sacrificador y sacrificado.

Y entonces caigo en la cuenta que la liturgia no puede ser un ritual despojado de su significación estética y de las emociones que les son inherentes; lo que entra en juego son cosas muy importantes como para que pasen desapercibidas, el rol que desempeño es discreto, pero protagónico y me da la responsabilidad de ejecutarlo no de cualquier modo, sino sincera, creíble y, porqué no, estéticamente; portando emociones y provocando transformaciones.

¿Cómo lograr que las rúbricas se conviertan a través de mis gestos y de mi impronta en canales de devoción y de emociones místicas para quien participa en la Liturgia? Eso es arte y un arte cada vez más necesario en nuestras comunidades, el arte del presidente. No se trata de triunfar, ni de salir en hombros por la puerta grande, que también la hay, el que triunfa es otro, y con su triunfo derrota definitivamente a la bestia que oprime el mundo; sin embargo, en la modesta tarea que me es encomendada, siento la responsabilidad de ser artista y provocar una sintonía que una los corazones, con maestría y dominio, como hacen los buenos toreros. 

SEGUNDO TERCIO

No sé cómo sean los toreros en lo cotidiano de su existencia, si también en su vida diaria se planten y dominen las inevitables embestidas de la vida, como hacen con los toros en la arena. En cuanto a mi toca, también quiero ser un diestro en el ruedo de mi vida. 

"Con nuestras embestidas le encuentras sentido a tu existencia" le dijo Navegante, el toro que lo corneó, a José Tomás, mientras se recuperaba en el hospital, como lo relató él mismo al recibir el premio Paquiro en 2011. Lo que da sentido a mi existencia es ser cabeza y pastor con Cristo Cabeza y Pastor, y eso, como nos dice Francisco, "con olor a oveja". 

Las ovejas no embisten, no tienen astas, son dóciles, y cuando reconocen la voz del pastor lo siguen. Sin embargo, la vida pastoral, cuando se decide a enfrentarla con pasión y entrega incluye inevitables riesgos y es compleja; son abundantes las tareas con sus correspondientes efectos interiores: se pasa de ayudar a desentrañar complejos mecanismos interiores de las almas que acuden a nosotros, a organizar ejecutivamente proyectos y procesos, presidiendo o participando en equipos a distintos niveles; saltamos en un segundo de acompañar momentos íntimamente llenos de alegría de nuestra gente, a compartir sus tragedias, ante las que muchas veces es mejor callar; igual nos ocupamos de la evangelización, de la predicación, de la enseñanza y profundización de la fe, que de la administración de bienes materiales o de asuntos laborales o de construcción; el triple sistema de relaciones que nos caracteriza es también complejo, nuestro obispo, nuestros hermanos sacerdotes, nuestros fieles, cada uno de ellos con sus respectivas exigencias y retos; presidimos la liturgia, administramos la vida sacramental, encabezamos iniciativas de caridad, atendemos relaciones públicas y hasta políticas, defendemos nuestra vida privada, tenemos amigos y familia; pasamos circularmente de la soledad silenciosa a la actividad, de la oración al trabajo.

Es necesaria entonces la unidad interior. Cuando veo una buena corrida, el torero me comunica concentración, entrega a un solo objetivo, inteligencia, técnica, pasión y dominio. Él es el dueño del momento, no el toro, no el respetable, no el juez, mucho menos la posibilidad de uno, dos o tres apéndices, o del paseo en hombros. Es él quien toma el control y quien domina con arte y estética embestidas bravas, arriesgando la vida, lo hace con lentitud y galanura, estampando su impronta en cada pase y en cada solución que ofrece, provocando emociones y unidad de corazones a su alrededor. 

En muchas ocasiones somos víctimas de las dificultades, simplemente nos suceden cosas y, en todo caso, hacemos lo posible por sortearlas lo mejor que podemos, saliendo al paso; el matador, en cambio, se da el lujo de citar al toro y de cargar la suerte, ahí radica su genialidad y lo que lo convierte en maestro.

No me visualizo "padeciendo" la vida pastoral, sino poseyendo el talante de la claridad de mente y del cúmulo de emociones necesarios para citar sus embates y cargarle la suerte, como yo decida, conduciendo su bravura según mi propia genialidad, concentradamente, apasionadamente. 

San Gregorio Magno decía que la vida pastoral es el "arte de las artes", entonces el pastor es un artista que imprime belleza a su labor y es mediador de cambios de vida. La principal defensa de la tauromaquia ante las polémicas que se han desatado respecto a su validez consiste precisamente en presentarla como arte; la vida pastoral es arte, es el arte de las artes y es perfectamente válida en las circunstancias actuales, la presencia del pastor en la vida pública no es pieza de museo, como tampoco lo es la del torero. A los pastores nos corresponde no sólo cobrar conciencia de esta realidad, sino de ejecutarla con sentido, con entrega, lo que nos haría verdaderos hombres.

TERCER TERCIO

Hay otra arena, que no es visible, donde se lleva a cabo una faena tan dramática como la del ruedo, es la que se desarrolla dentro de la delimitada barrera de la vida interior. Qué toros pueden ser más bravos que los que cada uno llevamos dentro; sus astas suelen ser descomunales y son frecuentes las revolcadas y las cogidas; las corridas interiores no son asépticas, adentro, en el alma, las taleguillas también se manchan de sangre o se rompen, la carne es penetrada, llega haber agonía y muerte.

A veces, cuando se habla del control de las pasiones y de los impulsos, se hace de manera demasiado técnica y hasta simplista, como si pudiera haber un recetario que nos condujera paso a paso a un rígido e inmóvil encasillamiento de lo que de por sí es en ocasiones escurridizo y en ocasiones brutal. Lo que he dicho en los dos tercios anteriores puede pensarse del tercero, sobre todo lo que se refiere al arte.

Es en este tercio que el torero se queda solo con el toro, sin varas, sin banderillas; entra solo con la muleta, la cual le permite ejecutar sus mejores suertes y lucirse de modo espléndido, conduciendo al toro de manera magistral; es en este tercio que se ejecuta la suerte máxima: la espada. El acero triunfa sobre el asta, quien vence ha de ser el hombre.

Me llama la atención el respeto y la admiración que profesa el mundo taurino hacia los toros, es justamente la tauromaquia la que permite la preservación de su especie y de su bravura, sin pretender convertirlos nunca en "vacas lecheras", como dice Vargas Llosa. Toro y torero se unen en armonía, vencer al toro no es arrebatarle su carácter, sino permitir que lo luzca y que se le admire. Así tendríamos que lidiar con nuestros propios toros, que no son sólo manifestaciones del demonio, sino fuerzas humanas con las que hay qué convivir, venciéndolas con galanura, pero ejerciendo sobre ellas una clara hegemonía. 

Nadie sabe qué pasó en el ruedo interior de Juan Belmonte quien, junto con Joselito, fue artífice del nuevo toreo, pareciera que recibió una cornada mortal de su toro interior, que nadie juzgue. Quien se tira a matar y debe hacerlo soy yo, no la bestia, mis bestias, aunque a lo largo de mi vida haya tenido que pagar elevados precios. Por eso, en el dominio de mí mismo, quisiera ser contundente como los mejores y no sólo pinchar o adelantarme o atrasarme, sino asestar justo en el morrillo, con la inclinación y la fuerza adecuadas, metiendo todo el cuerpo y el alma. Cuántas grandes faenas han sido desmerecidas por un pinchazo.

"Vivir sin torear no es vivir", dijo José Tomás en esa misma ocasión, en el discurso que me conmovió tanto. Pensé primero que exageraba, pero viéndolo bien, tiene razón. Ya sé que no recibiré un Paquiro y que me falta mucho por adentrarme en el arte del toreo, tanto en las plazas como en estos reflejos que he encontrado en mi vida, lo que sí sé es que quiero vivir toreando.


José Luis Cerra Luna



El camino es siempre punto de partida, siempre trayecto y también meta. El peregrino, aunque se dirige siempre hacia el poniente, va dando pasos también hacia el corazón del mundo, de los hombres, de sí mismo, de Dios.
El camino de Santiago es una escuela de vida espiritual, no sólo porque desata una serie de mecanismos psicológicos que impulsan a la introyección, sino porque siendo el ser humano un irremediable caminante, como la antropología y la fe lo atestiguan, el Espíritu Santo conduce lentamente al creyente al encuentro con el Dios de Israel, Pueblo peregrino en el desierto, y con Jesucristo, compañero del Camino de Emaús. El Camino es encuentro con la Palabra y con la Eucaristía, también con el corazón de hermanos y hermanas peregrinos que vibran en la misma sintonía, el Camino es lugar privilegiado de fraternidad entre las naciones. El dolor, la fatiga, las dificultades, se acompañan con el enorme gozo de la contemplación del Dios que vive en el corazón peregrino.

jueves, 27 de enero de 2011

EL CAMINO DE SANTIAGO


ENTREVISTA CON EL
PBRO. JOSÉ LUIS CERRA LUNA
P. José Luis, hemos sabido que recientemente ha realizado usted el “Camino de Santiago”… ¿De qué se trata?
Es una ruta de peregrinación muy antigua cuyo origen se remonta a la Edad Media cuando, según la tradición, fue descubierto el cuerpo de Santiago Apóstol en Galicia, en el noroeste de España. Desde entonces, Santiago de Compostela se ha constituido en una de las grandes metas de peregrinación cristiana del mundo, junto con Roma y Jerusalén. El pueblo español liga de una manera muy directa a Santiago Apóstol a su historia, principalmente a la “reconquista” cristiana de España, que por ocho siglos estuvo ocupada por los musulmanes. Santiago es, de hecho, el Patrono de España. Son innumerables los testimonios documentales de peregrinos que desde entonces encaminan sus pasos al encuentro de la tumba del Apóstol, el Codex Calixtinus, por ejemplo, es un antiquísimo documento que describe rutas y etapas, habla asimismo de pueblos, hospedajes y peligros del Camino, con una motivación religiosa. Actualmente el Camino ha cobrado un gran auge, son cientos de miles de personas que cada año hacen la peregrinación desde toda Europa y del mundo entero. Tradicionalmente el Camino inicia en la frontera con Francia, a los pies de Los Pirineos, en Roncesvalles, aunque hay también otras rutas, como la del Norte, o de la Costa, que inicia en Irún, País Vasco, distante unos 800 km. de Santiago, que fue la que yo tomé.
¿Qué motivó a usted a emprender este Camino?
Aunque ya tenía conocimiento de la existencia del Camino, nunca me interesó particularmente, de modo que jamás contemplé la más remota posibilidad de hacerlo. Sin embargo, en una conversación con mi buen amigo, el P. Jorge García Guevara, éste comentó sobre un amigo suyo que lo había hecho y que resultó de gran provecho espiritual para él. Hace diez años tuve la gran bendición de hacer los Ejercicios Espirituales de San Ignacio en Manresa, España, lugar donde el mismo San Ignacio comenzó a elaborar los Ejercicios, pensé que pudiera ser un excelente complemento en mi caminar cristiano hacer esta otra experiencia, que el paso de los siglos ha probado ser de gran eficacia para el crecimiento humano, cristiano y seguramente en mi caso, sacerdotal, igual que lo son los Ejercicios. De modo que decidí enrolarme a esta milenaria tradición de la historia de la espiritualidad cristiana, lo cual me emocionaba y consideraba desde entonces un gran privilegio. Notables personajes han hecho el Camino, San Francisco de Asís, por ejemplo.
¿Cuáles eran sus expectativas y temores antes de partir?
No tenía la más remota idea de lo que significaba el Camino ya en los hechos, de modo que comencé a investigar en la Internet. La información era abundante y difícil de ordenar; vi que hay diferentes asociaciones de amigos del Camino, que existen foros dedicados especialmente al tema; encontré información sobre todos los detalles, lo que hay que llevar y lo que no hay que llevar, qué tipo de mochila, de calzado, de ropa; había también muchos datos históricos sobre el Camino y sobre los puntos por los que pasa, los albergues, las etapas, hasta la gastronomía. Debido a mi tipo de personalidad caí en una especie de obsesión, quería ir lo mejor preparado y lo mejor informado, hacía preguntas a los Peregrinos de los foros; luego encontré un Peregrino de Tijuana, mi amigo Hugo Salgado, con el que me puse en contacto y al que bombardeé de preguntas. Todos me decían: “tranquilo, el Camino te irá diciendo lo que necesites”. El temor más grande que tenía era que no notaba en el ambiente de los peregrinos un auténtico espíritu cristiano o religioso de peregrinación, veía que prevalecían intereses deportivos, ambientalistas y culturales, quizá una espiritualidad más cargada a lo humano que a lo trascendente. Igualmente me dijo una peregrina: “el Camino te da lo que necesitas, si tú buscas a Cristo, el Camino te lo dará abundantemente; no te fijes en las motivaciones de los otros, concéntrate en la tuya, el Camino les da a ellos y te da también a ti”. Asimismo tenía el temor de mi condición física, traté en los meses previos de entrenarme un poco, pero desconocía el nivel de capacidades necesarias para caminar tantos kilómetros. Sobre todo iba con una gran expectativa… ¿Qué me “dará” a mí el Camino?
¿Qué sucedió cuando finalmente llegó el momento?
Bueno, como siempre sucede, la hora llegó. Con mis boletos en la mano volé a Madrid, cargando con mi mochila y mis botas; estuve ahí sólo un día y una noche; de ahí me trasladé a San Sebastián, en la frontera con Francia. Un buen amigo Peregrino, José Ignacio, fue por mí al aeropuerto y me llevó al kilómetro cero, donde vi la primera flecha amarilla, de las que a lo largo del camino indican la dirección a seguir. Di mi primer paso. Previamente había ya dado muchos pasos, Sheila, mi amiga Peregrina, me había dicho que cuando se toma la decisión de hacer el Camino, se convierte uno ya en Peregrino, aún mucho antes de iniciar; sin embargo, dar el primer paso real, físico, fue muy emocionante; después pensaría que los cientos de kilómetros recorridos están compuestos por pequeñísimos pasos, de los cuales el primero es el principal. Sin ese primer paso no hay Camino de Santiago. Esa fue una de las primeras enseñanzas para la vida que me “dio” el Camino.
¿Cómo se fue desarrollando el Camino? ¿Qué aspectos habría que destacar?
El Camino ofrece los elementos necesarios para que los peregrinos puedan caminarlo. Todo el Camino, por ejemplo, está señalado con esas flechas amarillas que antes mencioné y que representan una segura guía para los pasos; son toscas flechas pintadas en el suelo, en piedras, en señales de tráfico, en muros… Encontrar una flecha amarilla donde se espera, así como perderlas de vista, son experiencias que tienen que ver con situaciones tan vitales como la seguridad o el desconcierto en el andar, sentimientos que de ninguna manera carecen de importancia en el contexto de la peregrinación. Recuerdo la primera flecha, en el kilómetro cero, así como la última, a la entrada de la ciudad de Santiago y, en medio, innumerables flechas amigas, testimonios intermedios de un camino bien llevado. En más de una ocasión pensé al encontrarme con ellas cómo en la vida misma Dios va poniendo pequeñas pero imprescindibles flechas amarillas para que caminemos en la dirección correcta; como las del camino, hay que aprender a descubrirlas, a fiarse de ellas y a seguirlas con humildad; perderlas de vista, o peor aún, no obedecerlas, conducen al extravío y obligan a desandar un camino mal tomado.
Otro elemento imprescindible: los albergues. Los hay de todo tipo, desde los modernos, hasta los sencillísimos, con comodidades o sin ellas, en el campo o en la ciudad, grandes o pequeños, saturados o solitarios. Todos poseen una común característica: se recibe alegremente a los peregrinos agotados, a todos; a cada uno se le ofrece un lugar para dormir, que es idéntico a los demás, sencillas y democráticas literas alineadas una tras otra. Fue interesante aprender los rituales: buscar una cama desocupada, saludar a las compañeras y compañeros Peregrinos, tender la bolsa de dormir, lavar la ropa usada en el día, ponerla a secar donde se pudiera y echarse un regaderazo (los cuales fueron los más deliciosos y reconfortantes que jamás haya tenido, gracias a Dios casi siempre con agua caliente). Nadie puede permanecer más de una noche en ellos y sin embargo estoy seguro que la totalidad de los Peregrinos los consideramos como verdaderos hogares en donde, no sólo se encuentra el necesario descanso, sino también bellos corazones de locos Peregrinos que comparten los mismos sueños y experiencias. Con frecuencia buscábamos después lugares para reparar el hambre y hablar de lo que vivimos en el caminar cotidiano. Aunque el camino se camina solo, nunca se está solo.
El Camino mismo. No hay que pensar que el Camino de Santiago sea estrictamente hablando un camino, una especie de vía que llegue directamente a la meta, más bien es el conjunto de centenares de tramos compuestos por veredas, calzadas, carreteras secundarias y principales, incluso por súper carreteras. Hay de todo, igual que en los albergues: trayectos de subida, de bajada, con lodo, con piedras, con tierra, con pasto y con pavimento; enmarcados por una vegetación tan espesa que forma una sombra densa, o por llanos áridos que exhiben un sol despiadado; se camina también bajo las nubes y frecuentemente bajo la lluvia; hay trayectos que pasan por caseríos, por poblados o por grandes ciudades. Habiendo elegido el Camino del Norte, también conocido como el Camino de la Costa, tuve la oportunidad de contar a mi izquierda durante muchos kilómetros con el Mar Cantábrico, visto casi siempre desde las alturas. Este camino se caracteriza por su soledad: fueron contadas las ocasiones en que divisé algún peregrino; casi siempre caminé solo, de modo que mi principal compañero fue el Camino mismo, lo que me permitió desarrollar una magnífica relación con él después de tantas horas de convivencia. Me llama ahora la atención que en todas esas horas, y a pesar de la variedad de circunstancias, nunca me sentí solo, o desesperado, o con miedo; nunca me arrepentí de haber iniciado el Camino; me cansaba, me mojaba, me asoleaba, sentía hambre o sed, pero nunca me atacó la tentación de renunciar, más bien, cada día, sin cuestionarme en absoluto sobre lo que me esperara, iniciaba con otro pequeño paso la etapa de cada día. Fue importante caer en la cuenta que había que caminar siempre, cotidianamente, con perseverancia: en las subidas, caminar; en los descensos, caminar; bajo la lluvia o el sol, caminar; en la soledad o en compañía, caminar; con la belleza o aridez del paisaje, caminar; con el cansancio del fin de la jornada, caminar. El reto que ahora enfrento es continuar con el mismo espíritu las diarias etapas del camino de mi vida.
Padre ¿y cuánto gastó?
He calculado que unos 30,000 pesos, por todo el mes, incluyendo el boleto de avión.
Ha mencionado que en el Camino nunca se va solo ¿tuvo la oportunidad de convivir o conocer gente?
Como ya había dicho, aunque el Camino es una experiencia de radical soledad, en el Camino como en la vida nunca se está solo. El Camino se comparte con los demás Peregrinos que con diversas motivaciones vamos teniendo similares experiencias y un común itinerario de vida. Vamos caminando juntos y así se siente. Fue esa una gran sorpresa para mí, no considerada en mi obsesiva planeación.
A los primeros que encontré fue a un par de matrimonios valencianos, Paco y Paquita, Manolo y Asun, con los cuales establecí un vínculo amistoso y espiritual muy estrecho; sobre nosotros cayó por horas “la peor tormenta en 25 años”, según dijeron al otro día los periódicos, aunque luego también compartimos un inolvidable bacalao a la vizcaína que nos consoló suficientemente, a lo cual contribuyó en buena medida el vino con que acompañamos el manjar; inolvidable será la entrañable e íntima Eucaristía en el Monasterio de Cenarruza. Encontrarme con ellos fue una fiesta, el camino no es una cosa seria, en la que se camina y camina, se reflexiona y se sufre, es también encuentro fraterno y alegre.
Luego Marc, un muchacho de Bélgica, que caminaba también en soledad; con él los diálogos fueron pocos, pero bastaron para asomarme a su interior y descubrir una juventud llena de profundidad, de reflexión, de búsqueda mística; digan lo que digan, al secularismo europeo le falta mucho por vencer.
José Luis y Ludo, gallego el primero y vasco francés el segundo. Cualquiera hubiera jurado que eran amigos desde siempre, pero no, eran amigos de ese camino; los tres vaciamos nuestra intimidad sin pudor y nos declaramos un cariño libre de cualquier interés y compromiso; “En el Camino, los ángeles te cuchichean al oído mientras andas”, “el Camino es Camino, no Viacrucis”, “cada quién hace el camino como se le da la gana”, “hay que huir de los peregrinos patológicos”, son frases de José Luis que ahora están grabadas en el centro de mi corazón y que han estado iluminando mi vida en todo tipo de situaciones; Oviedo, Covadonga y Torazo son importantes en mi vida por lo que ahí viví, pero no serían lo mismo sin la presencia de mis amigos; con Ludo, hablando de afectos, de amores y rupturas acabé de corroborar que en el Camino nunca andamos solos; la llegada a Santiago, con tantas buenas noticias recibidas ahí y con la última mesa compartida con ellos, acabó siendo la corona bellísima de todo el trayecto y de los cientos de kilómetros recorridos.
Werner y Margit, austriacos, con ellos caminé y conversé por horas, Werner es un gran “preguntador”, ninguna duda se le queda en el pecho, lo cual daba pie a profundas e interesantes conversaciones sobre todo tipo de temas; disfrutamos, reflexionamos, reímos, admiramos juntos paisajes y monumentos, hicimos picnic en sitios que sólo Margit podía descubrir; fueron ellos quienes me iniciaron en un modo más placentero de hacer el camino, lo cual les agradezco, atendiendo a la expresión ya citada por José Luis, de que “cada quien hace el camino como se le da la gana”, conocí un Parador por dentro y me hospedé en preciosas casas rurales; fue además un gran privilegio convivir con personas de cultura tan amplia y de exquisito trato, así como de una sencillez de la que tengo que aprender mucho; compartir con ellos la llegada a Santiago, con minutos de diferencia, así como algunos días en la ciudad, fueron experiencias exultantes que seguramente les compartiré más adelante.
Personas claves también fueron igualmente José Ignacio, amigo del Camino, que fue por mí al aeropuerto en Irún y me llevó al punto de partida, él me dio la credencial y la concha, que me acompañaron todo el viaje y que ahora considero verdaderos tesoros que estarán conmigo toda la vida; con él y su maravillosa esposa Lola nos fuimos de “pintxos” en San Sebastián, una singularísima peregrinación culinaria por el centro donostiarra en la que los exquisitos platillos de alta cocina en miniatura, pero sobre todo su trato franco y sereno, iluminaron el final de mi primera etapa de Camino. También José Luis, el amigo de mi amiga Lourdes, que tuvo la gentileza de mostrarme la majestuosa Santander y compartir conmigo la cocina de su hijo. Luego, casi al final, la agradable compañía de mi amigo Rubén, que fue a encontrarme a Miraz, un minúsculo pueblito de Galicia al que llegó desde Bélgica; Rubén y yo hemos sido compañeros de Camino durante muchos años, hemos peregrinado juntos en subidas y bajadas, bajo la lluvia y bajo el sol, en silencio y en comunicación profunda, también en la oscuridad y en el desconcierto de no ver flechas amarillas por ningún lado; su llegada fue para mí no sólo algo muy grato, sino un gesto profundamente simbólico que dejará una marquita indeleble en mi vida; hubiera querido conversar más con él, pero respetó el ritmo de mi peregrinación y sus ritos, así que sólo nos veíamos al fin y al inicio de cada etapa; la noche no pudo ser ocasión de encuentro, pues en cuanto me metía a la cama, me embestía el sueño; asimismo me hubiera gustado mucho que llegáramos juntos a Santiago, tampoco pudo ser. Sin embargo, su sola presencia me alentó y los gestos con los que acompañó y respetó mi caminar me llenaron de gozo y de esperanza; me hizo comprender qué es la amistad verdadera y permanente. Rubén y yo, sin decirlo, hicimos crecer y consolidar nuestra amistad en una alianza apadrinada por Santiago y Francisco; nosotros entendemos.
Fuera de un guardia civil y uno que otro “peregrino patológico”, no encontré sino disponibilidad, sonrisas y cortesía en todos los que se cruzaron en mi Camino. Dos ángeles sin alas me mandó Dios. Uno que, sin previo aviso me tomó del brazo y me dijo: “Caballero, por ese camino va usted de regreso a Jerusalén, venga”, y me llevó a una flecha que había perdido de vista, “buen camino”, remató. Y el otro, un muchacho que a 12 kilómetros de Santiago, con una sonrisa espléndida, me ayudó a discernir y a tomar una de las mejores decisiones de mi vida. Tampoco olvidaré a Charo y a Conchis, que en Arco Iris y en Baamonde me dieron cátedra de ser hospitaleras de vocación, y a muchos, muchos otros, incluso un perrito, al que di unas cuantas caricias, como hace mi amigo Melo, y que me siguió por todo Santillana del Mar.
Pero además, hubo muchísima gente que caminó a mi lado a lo largo de esos casi quinientos kilómetros, Peregrinos invisibles que me acompañaron: mi familia, mis feligreses, mis amigos y amigas; fueron miles de pasos los que ellos dieron a mi lado y que no permitieron que me sintiera jamás solo. Cuántas veces me acompañó mentalmente la canción “To All the Girls I’ve Loved Before”, con qué alegría recibía de vez en cuando llamadas desde México, cuántos rostros amados recordé con gratitud, que me hicieron sentir persona plena.
No, en el Camino nunca se está solo.
Padre, ¿qué pensaba cuando iba por el Camino durante tantas horas de silencio y soledad?
Esa es una pregunta que me han hecho frecuentemente. Algunos amigos me han preguntado si me la pasaba orando y meditando todo el tiempo. Eso es imposible. En el camino pensaba absolutamente de todo, desde las cosas más triviales hasta las más profundas. Claro que había momentos de profunda oración y meditación, pero también pensaba en toda clase de tonterías; por momentos me venían cosas que tienen que ver con planes prácticos que tenía que realizar llegando; me venían también a la mente mi familia, los feligreses de mi Parroquia, el obispo y mis hermanos sacerdotes, mis amigos y amigas; pensaba también en los recuerdos de mi vida, en lo que he hecho y me falta hacer, en mi historia; también pensé mucho en mis tentaciones, curiosamente no tanto en las tentaciones carnales, sino en aquellas más sutiles que a veces ni siquiera me daba cuenta que lo fueran; fueron muchas horas en las que conviví con mis tentaciones, pero no de una manera aguerrida, sino más bien pacífica: tuve muchas horas para analizarlas, conocerlas en sus mecanismos sutiles, observar mis reacciones y descubrir ejemplos concretos en los que incurro frecuentemente; esta dimensión del camino no me la esperaba, pero me brindó una oportunidad valiosísima de dar un paso importante en mi libertad como individuo.
¿Cómo fue su llegada a Santiago?
Al inicio del camino es desalentador ver la señal: “Santiago 800 km.”; yo no hice tantos, se requiere más tiempo del que yo disponía, igual se contempla la meta a años luz; sin embargo, llegó el momento en que apareció un poste que decía: “Santiago 99.8 km.”; casi en ese momento me llamó Asun y le comenté lo que me faltaba. “José Luis, a partir de ahora los kilómetros se irán desgranando rápidamente”, me encantó la expresión. Efectivamente, cuando acordé faltaban ya sólo dos etapas para llegar, unos 45 kilómetros; Werner, Margit y yo habíamos convenido detener nuestra marcha a las 7 de la tarde para buscar albergue, caminábamos cada quién por nuestra cuenta; cuando llegó la hora, me detuve, después de haber caminado ya más de 30 km. ese día, distancia mayor que cualquiera de las etapas anteriores, sin embargo no me sentía tan agotado. Vi entonces un señalamiento: “Santiago 12 km.” y me vino la tentación de continuar hasta el final de una vez, me quité la mochila y las botas y me senté en el pasto para descansar y esperar a mis amigos austriacos. En ese momento apareció Joaquín, un muchacho que habíamos encontrado más temprano ese mismo día; el camino estaba solo pues los peregrinos del Camino Francés, con el que hace intersección el Camino del Norte en Arzúa, buscan llegar temprano a los albergues que pronto se llenan debido a la gran afluencia de peregrinos que transita ese Camino; con una sonrisa amplia, con alegría y desenfado me pregunta: “José Luis, ¿descansando?”, “sí, hombre… fíjate que estoy pensando seguir de frente en vez de buscar albergue por acá, ¿cómo ves?”. “Pues es lo que yo voy a hacer… total, el tiempo es mío, hay luz hasta las diez y evito llegar con la multitud del Camino Francés… quiero llegar solo y cansado, como he llegado el resto de las etapas y no fresco como lechuga”. “Pues le sigo entonces”. “Vale, buen Camino…”. “Buen Camino, nos vemos en Santiago”. Esperé a Werner y Marguit, les comenté, inmediatamente aceptaron el reto y empezamos a caminar, cada quien por su cuenta. Ahora estoy seguro que esa fue una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida y que Joaquín era un ángel sin alas.
Esos doce kilómetros fueron especialmente difíciles, pues antes de llegar a Santiago hay que hacer un ascenso de 6 kilómetros hasta la cúspide del Monte de Gozo, desde donde se divisa por primera vez la ciudad de Santiago y las torres de la Catedral, eran las 9 de la tarde cuando llegué, todavía con mucha luz. Según mi libro faltaba sólo un kilómetro y medio para llegar a Santiago, sin embargo todavía había que atravesar la ciudad, lo cual lleva una hora más. Llegué a la Catedral, en la plaza del Obradoiro, a las once de la noche, con un gran cansancio, después de haber caminado ese día unos 45 kilómetros, pero con un infinito gozo en el corazón, fue como me lo había sugerido Joaquín, llegar solo y cansado.
En verdad el dolor era intenso, tenía hinchadísimos las piernas y los pies, sólo podía dar pequeños pasos, el ruido de la ciudad me aturdía, se me hacía imposible llegar; sin embargo, al mismo tiempo, me sentía atraído por una gran fuerza: eran los últimos pasos de mi peregrinación, la meta estaba cerca. Descubrir en mi propia carne realidades tan contradictorias como el dolor intenso y el gozo intenso, vividos simultáneamente, ha sido sin duda una de las vivencias más interesantes, conmovedoras y sorprendentes de mi historia. Luego pensé que en similar situación se encontraría Jesús en la cruz, guardando las debidas proporciones, pues si bien su dolor era infinito, también lo era el gozo de haber cumplido la voluntad de su Padre. La contemplación de esa imponente catedral fue una experiencia más estremecedora de lo que imaginé. Minutos después llegaron Werner y Margit, nos abrazamos, bailamos, lloramos, pocas veces había gozado tanto. Gracias a Werner encontramos lugar para dormir, francamente no sé qué horas serían, probablemente las dos de la mañana. En la habitación no podía dormir, el dolor y la adrenalina de las emociones me lo impedían.
Al día siguiente había que cumplir los ritos, abracé la imagen del Apóstol, oré ante su tumba y participé en la Eucaristía del Peregrino a medio día. Es muy enriquecedor someterse a rituales, sobre todo cuando se tiene la conciencia que son seculares y que han representado para millones de Peregrinos una experiencia que hace crecer el espíritu, fue también mi caso: Un peregrino más, insertado en una corriente espiritual de extraordinaria importancia histórica, aprovechando las gracias de participar en una experiencia profundamente simbólica, que conecta con la fe apostólica y con la historia del mundo y particularmente de un país que tiene que ver tanto con el nuestro, mis expectativas fueron desbordadas.
Padre, a final de cuentas, ¿qué aprendió en el Camino?
Muchísimas cosas, ya he mencionado la mayoría.
Tantas horas de caminar con la sola compañía de mí mismo, me enseñaron a revalorar el silencio y a encontrarme de modo muy peculiar con Jesucristo, mi compañero de Camino; a nuestra generación le cuesta caminar en silencio, tememos al silencio; el Camino me recordó que lejos de ser el silencio algo de lo que tendríamos que huir, es más bien una necesaria atmósfera de interiorización y de vida espiritual; ¡qué importante es que aún en la cotidianeidad de nuestra vida procuremos momentos de silencio!, estoy seguro que el silencio buscado con constancia sería fuente de crecimiento y fortaleza interior.
El Camino también me condujo a la admiración de la naturaleza; tengo que confesar que a lo largo de mi vida la naturaleza había sido más bien una realidad periférica; siempre me he considerado más bien como gente de ciudad y me provocaba cierta pereza tener que involucrarme con actividades que tuvieran que ver con el campo, quienes me conocen lo saben; extrañamente de unos pocos años para acá me ha atraído la convivencia con la naturaleza, en el Camino acabé por reconciliarme con ella de modo definitivo. Quedé pasmado con la belleza de los Picos de Europa cuando visité los santuarios de Santo Toribio de Liévana y de Covadonga, así como la constante vista del Mar Cantábrico a mi izquierda, asimismo las rías, los bosques y la abundancia de agua. Es notable cómo el pueblo español cuida su naturaleza, no fueron pocos los ríos que vi totalmente cristalinos y llenos de especies.
El camino de Santiago fue también escuela que me enseñó a reconocer mis capacidades y límites. Sin duda el Camino ha sido la hazaña más grande que jamás pude haber soñado alcanzar; caminar casi 500 kilómetros es realmente, objetivamente, un logro digno de admiración; haberlo hecho yo, tan poco hábil para el deporte y las actividades físicas, ha significado en mi vida una inyección enorme de autoestima, me ha enseñado que puedo alcanzar grandes proyectos, que basta tener clara la meta y en la medida de lo posible la ruta a seguir, así como las motivaciones y la perseverancia del caminar diario, independientemente de las circunstancias adversas de la naturaleza y de los pesos que podamos llevar a nuestra espalda. También tuve un contacto directo con mis limitaciones, pues mientras otros peregrinos diariamente caminaban hasta cuarenta kilómetros, mi medida era alrededor de los 20; el dolor era cotidiano, me acostumbré a él, acababa cada etapa verdaderamente agotado, las subidas y las bajadas pronunciadas se me hacían especialmente extenuantes, al final tuve una compañera que desapareció de mi vida hasta unas semanas después de haber llegado a Matamoros: una buena ampolla en la planta de mi pie derecho. Haber tenido experiencia de mis limitaciones fue también altamente pedagógico: a los seres humanos nos hace falta saber de qué somos capaces y cuáles son nuestros límites.
Algo que los peregrinos aprendemos como experiencia común es a vivir con lo necesario; hombres y mujeres de nuestra generación nos acostumbramos a considerar necesarios e imprescindibles muchos objetos que vamos cargando y acumulando a lo largo de nuestra vida; no nos imaginamos vivir sin nuestras cosas. El Camino es escuela de austeridad. Se empieza por una cuestión práctica, pues a lo largo de los cientos de kilómetros recorridos vamos cargando con nuestras pertenencias, las cuales deben pesar lo menos posible. Sin embargo, poco a poco nos vamos acostumbrando a la escasez, aprendemos que en realidad se necesita poco para vivir, que en determinados momentos tenemos que deshacernos de cosas que no necesitamos. Caminar así, nos inserta en una larguísima tradición espiritual de una pobreza elegida que nos enseña que realmente, cuando nos vaciamos de cosas, cuando nos empobrecemos de lo material, el corazón se va llenando de lo que verdaderamente es importante, de riquezas de otro tipo, de tesoros escondidos y descubiertos que llevamos por la vida sin darnos cuenta. Entonces podemos comparar la relativa alegría que da la posesión de las cosas y la alegría profunda y verdadera que produce en el corazón el desapego de lo material y el enriquecimiento espiritual. Considero que esta es una enseñanza muy necesaria para la Iglesia y el mundo de hoy y que para mí representa ahora también cotidianamente una oportunidad de vida y un reto en el Camino cotidiano de la vida diaria.
¿Y ahora, Padre, qué sigue? ¿Volverá a hacer el Camino?
No lo sé, ojalá pueda algún día a hacer las etapas que no hice, me interesaría mucho hacer el Camino Primitivo; dice Hugo que el Camino crea adicción, no sé. Lo que sí sé es que recomiendo ampliamente a quien tenga oportunidad de hacerlo, que lo haga. He dado mi testimonio personal, pero cada experiencia es única; podrá seguramente haber puntos en común, pero lo que el Camino ofrece a quien lo camina es diferente en cada individuo. El reto para mí ahora es seguir siendo el resto de mi vida un Peregrino de Santiago.